domingo, 27 de abril de 2008

Mi paraíso incierto

Me encantan los parques. Son nuestros pulmones con alas. Ese trozo de cielo que salva, un cielo que es blasfemia mirarlo pero salva. Son nuestros árboles en la raya del horizonte, nuestro cerebro que gesticula ideas. Son nuestros jardines dormidos, nuestros muros sin límites, libres y alados pensamientos, y a los que en época de verano le sudan las paredes. Parques infinitos llenos de tierra en el que una se puede imaginar un camino aun cuando no existe. Son el confesionario sin muros donde hacernos confidencias mientras la tierra se va creando bajo nuestra andadura y donde las flores se alargan en el borde del camino cuando las acariciamos a nuestro paso con palabras, a veces con timbre triste y otras al contrario... Donde una puede asomarse a la techumbre del cielo. Y si éstos tienen estanques, ellos serían nuestros jardines particulares de agua, aquellos que nos predisponen a que los sueños suban por nuestras piernas y la melancolía baje por nuestros brazos hasta que podamos cerrar el puño para atraparla. Bajo ese reducto de agua crecen nuestros secretos dormidos, nuestras habitaciones particulares donde las nubes que hay en nuestras cabezas se disputan las copas de los árboles que fuimos hace tiempo… donde espíritus y recuerdos habitan en los muros de éste, nuestros propio cuerpo. Son los límites glaucos de nuestra nada donde tomamos conciencia de lo pintado a nuestro alrededor. El mejor lienzo del que memorizar colores. Me encantan los parques. Tan llenos de luz, de pisadas silenciosas, de alegría, de gritos de niños, de olor a tierra, a paja. Quedarse ahí, sencillamente echada, abandonada, hasta que envejezca el sol a los ojos y la brisa, de pronto, se haga incómoda en la piel primera.
Allá donde el sonido del pájaro de la duda se esconde roto por el silencio, y donde todos los árboles se vuelven dioses, donde todo es fugaz y se disuelve, como se disuelven nuestras manos, esas lentas que tanto duelen al perder sus pétalos ahogados en el agua viva de la rutina. Allá donde no hay nunca más luz que la de nuestras venas y las raíces de nuestro color se vuelvan noches en días…
Me encantan los parques. En ellos el calor se apoya bajo nuestras encías. Se puede medir el suelo desnudo bajo tu mandíbula, jugar con las sombras en esa misma pista hasta que el sol caiga abandonado, ser vena para que antes de que todo esto ocurra, ser el color de su debilidad del día hecha circulación… En ellos no hay ni un solo árbol igual a otro. Y la lluvia, de darse, no será más que un milagro que baja por la coraza de nuestros cuerpos.
Ya sé que en ellos la fórmula mágica para profundizar en la región extraña que son nuestros sentimientos, pero alivian nuestras penas, nuestras pérdidas. Es su olor caliente, confortable, tibio, como el trozo de tierra que es bajo el sol.
Los parques recomponen el color de nuestras hojas. Son nuestro ecuador, nuestro periplo.
Me encantan los parques porque en la cintura de ese paisaje, todo, abolutamente todo es posible. Porque en ellos sólo somos eso, un cuerpo, un lugar, un espacio echado al sol.

*la foto es de internet. Retiro. Madrid

4 comentarios:

Hugo Izarra dijo...

Tú nunca dejas de hacer poesía.

Nuria dijo...

Sigo escuchando tu Hallelujah, que en cierto sentido, también lo es, poesía, quiero decir.

Bel dijo...

Muy cerca de mi casa, en una pequeña colina, hay un parque precioso. No lo veo desde mi ventana, pero intuyo el camino que lleva a la entrada. Me ha pasado la mañana luchando entre el trabajo pendiente y la escapada al parque. Finalmente no he hecho ni una cosa ni otra. Momentos ya idos para siempre, irrecuperables.

Eva Vazquez dijo...

pero que cosas mas bonitas escribes
ay la leche que chulo
Saludo