martes, 8 de abril de 2008

Hermandad enfrentada

A mí me encanta volar. Orgánica y mentalmente. He experimentado mil veces ambos viajes. Soy de viento, y de lluvia, aunque digan que soy de fuego. A mí me encanta volar. Porque sólo así no sientes el peso de ese mismo cielo, que cuando adquiere altura, te quiebra, te arquea desde arriba. Me gusta volar, con alas, sin ellas, con gafas, sin gafas ni zapatos. Desnuda de ojos. Me gusta hacerlo con esos que imaginan. Porque no sientes tampoco a su querida hermana, la Tierra, siempre enfrentada y cubierta de sangre que nace y sube por tus tobillos desvirtuándote venas. Mientras, la lluvia del cielo la va lavando. Por todo eso soy de viento, de agua. Ni siquiera estos dos hermanos son espejo donde reflejarse, son tan diferentes como la densidad que hay en ese agua, como la densidad que hay en esa sangre. Cuando uno vuela se acerca más a esa techumbre y los pies adquieren la autonomía para la que debieron ser creados. A mí me gusta volar, no sentir nada bajo los talones, ni nada sobre las cabezas, sólo aire. No tocarte, Tierra, para poder así contradecirte -aunque sólo sea por esta vez-. Para que no creas que siempre y por una traviesa ley grávida, todo cuerpo que no te pisa cae a ti desde su altura. Y así, permanecer, etérea, nivelando rivalidades entre Cielo y Tierra, hermanándolos. A mí me gusta volar, sí, pero a la vez me asustan tanto los aviones... Qué contradicción, pensaréis. Bueno, más que los aviones, me asustan los latidos con rostro y ojos que va engullendo ese ave convertido en titán -como aquella legendaria ballena engulló a su Jonás-, a medida que sus dimunitos cuerpos la van embarcando.
S. ahora mismo está surcando el cielo. Camino de París acorta distancias en un vuelo. París es hermosísima, sí, pero yo hoy sólo le pido a ese pájaro inmenso, que en su vuelo corte con el filo de sus alas, veloces, a esas descencientes de luto, sus nubes negras hoy amanecidas. Aquellas infantiles con las que jugábamos a dibujar dinosaurios. Y espero que con el corte se abra el cielo a todo paso, más abierto, que se abra azul, más azul que todo el azul del mundo, y sea ensenada, bahía de pájaros, nido. Hoy sólo puedo mirar al cielo, y esta mirada me durará hasta que el pájaro llegue a tierra. Por eso, en momentos así, tan de espera, me predispongo hacia ti, Tierra. Porque el cielo, sin mí, me aterra.

7 comentarios:

rafaela dijo...

Nuria: me ha encantado tu post y me identifico en el contenido y en la frase que lo resume "A mí me gusta volar, sí, pero a la vez me asustan tanto los aviones... "

un abrazo

lamari dijo...

porque volar en un avión no es volar... sino un acto muchísimo más vulgar.

Nuria Ruiz de Viñaspre dijo...

Rafaela
Encantada y gracias por tu visita. Haré lo propio, esto es, visitarte.

Lamari
Qué audaz... Tienes toda la razón, y me encanta que la tengas porque estoy deacuerdo...

Rafa dijo...

Nuria no te he revelado que cuando me reencarne lo haré, por lo menos me esfórzaré en hacerlo de aguila, para poder subir a las nubes, y ver si allí está aquel corderito, o aquel caballito de mar que cuando se juntan las nubes en la Mancha, y estamos tumbados en la era, nos distraen con su baile y nos serenan el alma, haciéndonos volar, dejando un rato nuestro pesado cuerpo sobre la parva del heno.
Magnifico tu spot.
Me inclino y te saludo con sombrerazo.

alfaro dijo...

Qué post más..., es genial, sobre todo el primer párrafo explicando la relación ser de aire y volar y el viento..., es precios y la frase final... "el cielo sin mí, me aterra", como resumiendo todo el temor anterior...
Qué bien está, Nuria, me gusta mucho.

Domadora de Elefantes dijo...

He llegado algo tarde y todos te han dicho ya lo mismo que yo siento: magníficas palabras, hermosa descripción y hermosa foto. Volar en avión no es volar del todo.
No temas por las nubes negras, porque cuando se rompe el techo de ese crespón oscuro el cielo resplandece más azul y limpio sobre un mar blanco que cubre la tierra. Quienes están allí arriba no pueden vernos, pero contemplan blancura donde nosotros vemos plomo.

Cuando no puedo volar me lanzo al agua. Nadar es un buen sucedáneo para experimentar la ingravidez.

Verás cómo S. vuelve pronto.

PIER BIONNIVELLS dijo...

No necesitamos alas para sentirnos libres..Solo debemos querer y soñar en conseguir estas libertades.. sigue volando..quizás algún dia mi viento te lleve a mi casa ..
un post precioso.
saludos.