viernes, 14 de marzo de 2008

Ójala fueramos niños

Ojalá fuéramos niños, niños pequeños de incólumes almas. Siempre tendríamos tiempo de ser mayores, y pensar en los recuerdos cuando el dolor ampute… Ojalá pudiéramos acercarnos a aquellos caminos antiguos sin límites. Campos infinitos llenos de tierra en el que uno se podía imaginar el camino aun cuando no existía. Ojalá volviéremos a ser aquellos niños en aquellos parques donde se secaba con el viento la lluvia que desde el pasado hoy traen nuestros ojos. Allí donde nos confesábamos mientras la tierra se iba creando a cada andadura nuestra, y donde las flores se alargaban en el borde del camino. Yo podría mientras tanto, ir buscando palabras, palabras en las que pudieran columpiarse, aquellas queridas nuestras que tanto consolaban. Podría construir una torre a base de esas palabras redondas, sin ángulos ni aristas, como si fuera un lego, palabras planas que sujeten todos los pequeños cuerpos y planeen. Podría dibujarles una ráfaga de viento que deje suspendido el maldito dolor en el espacio. Llevar en el hombro un hatillo de sus sueños. Escribirles desde las alturas, desde el porvenir. Sí, la vida cuando uno deja de ser niño es morirse un poco a cada instante, pero lo bonito es que entre un instante y otro hay un mar de dudas, de sentimientos, de deseos, de vida en definitiva, que va conformando nuestro yo más íntimo. A veces pienso que lloramos a los muertos como si ellos sintieran la muerte, pero los muertos están en paz. La muerte es la intimidad que camina hacia atrás derramando nuestras lágrimas, es apariencia, es como esos colores que centellean en nuestros ojos cuando hemos mirado mucho tiempo al sol. Ojalá fuéramos niños pequeños, siempre tendríamos tiempo de cometer locuras al borde del camino, un camino donde la muerte no existía y ser el resto pura condescendencia. Me gustaría tanto tanto escribir algo así, dirigido con una exclusividad latente a ese particular público, a aquellos "locos bajitos", como decía Aute… Poblaríamos el vientre del mundo nuevo con sus latidos. La emoción volvería a mis venas. Siempre me acuerdo de ellos cuando se acerca algún viaje al trocito de tierra de S., hay rostros de niños muy queridos que una añora y que me traen a la memoria esas ganas mías tan antiguas ya, esa otra directriz de las palabras que a veces necesitaría escribir. Qué novedad habría en mí, escribiría como si fuera un extraño rito... para otro oído...
*foto de internet

3 comentarios:

tournesols dijo...

Siempre he tenido un miedo innato a crecer.
Prrrr.


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Nuria Ruiz de Viñaspre dijo...

Todo es apariencia. Si no, fíjate en el Principito, una historia totalmente filofósica y que, concebida como un un libro infantil, trata aspectos tan profundos como el sentido de la vida, la amistad, el amor, y sobre todo, la estupidez de la humanidad y la facilidad para olvidar cuando crecemos, y todo en un diálogo encantador entre un aviador y él, tan lleno de frases lapidarias... Qué desmemoria y q qué contradicción verdad?? Qué nostalgia
Encantada de saludarte de nuevo

Nuria Ruiz de Viñaspre dijo...

cambio la imagen incluso, y me decanto por este niño grande