domingo, 19 de abril de 2009

Experimentando vacas

Esta Semana Santa, S. -cuántas S, cuántas curvas- y yo fuimos a pasar unos días a Horcajuelo de la Sierra. Fue una experiencia maravillosa, aunque a 800 metros nos topamos con una carreterilla cubierta con un palmo de nieve. El coche decidió que no continuaba por esos lares blancos y después de varias intentonas tuvimos que poner las fundas de las cadenas. En fin, ya están estrenadas. No volvió a nevar y el sol de la tarde desarmó el peso de aquella nieve que nos impedía acercarnos al pueblo. Tan sólo un día separaba esta ermita de la otra, que es la misma.

Horcajuelo es un pueblo hermosísimo lleno de vacas desperdigadas. Desde aquí incito vivamente a descubrirlo. Retratamos vacas que buscábamos ansiosas para mis Tablas de carnicero. Aquí se entiende porqué las vacas tienen en la mirada la misma paz que los ojos del buey. Desde que estoy inmersa en este extraño trabajo que me lleva de cabeza, sólo quiero alejarme de la ciudad para adentrarme en los campos. En la ciudad estamos nosotros, las otras vacas, aquellas de las que también hablo, pero necesito conocer los orígenes. Ver enormes vacas. Desenterrar su futuro inmediato mirándolas a los ojos y contároslo a todos. Entonces S., comprensiva, se extiende hacia el mundo de afuera en busca de retratos de manadas vivas para documentar mi mano, aunque también propone -a instancia mía- y para saciar mi empeño en relatar su correlativo de muerte, visitar una carnicería. Dice que cuando vayamos a Valencia, podemos visitar el matadero y entrar en las cámaras del frío, allá donde estas vivas que adoro pierden su última baba. Hay que contarlo todo, no sólo lo bueno. Y a veces es tan necesario grabártelo en la memoria... La sangre se hace necesaria para comprender dónde hemos desembocado. Sí. Hay que testificar. Hay que testificarlo todo. Ya lo decía Gelman, el contador ha de trazar una columna del "debe" y otra del "haber" , correspondiendo en este caso el debe a la colina y el haber al matadero.

Visitamos el Museo Etnológico del pueblo y mientras yo incitaba a S., para que retratara los enseres e instrumentos necesarios para la matanza, para el despiece, ella se perdía en el horno, la amasadora de pan y la cocina de una casa típica de Horcajuelo. Aprendo tanto del arte de S. y viceversa... Es un hermoso trueque su mundo con el mío.

Adoro los pueblos y cuando más deshabitados mejor que mejor. ¡Quiero ser de campo! ¡Quiero ser campo! Huir de la urbe que enturbia el cielo. Retratar enormes excrementos de vaca. En la urbe son de perros con dueños descuidados. Quiero saludar al lugareño que se excursiona a las 7 de la mañana y te cuenta que de joven fue un marinero que recorrió el mundo entero en busca del pescado fresco que traía hasta este punto del planeta sin mar pero, ya veis, con marineros. Poder mirar el cielo más limpio. La tierra verde siempre viva. Quiero vivir en un campo. Morir en él. Me da igual dónde, a diferencia de S. orgullosa de su tierra, yo no siento pertenecer a ninguna pero por eso pertenezco a todas. Quiero el frío del campo en invierno y el sol allá arriba castigando la tierra en verano.

Esta foto la sacó S. Es un excremento artístico de una vaca seguro que también artística. Parecían dos monjes. Es extraña, pero ¡se las ve tan acompañadas!

*fotos de S.

4 comentarios:

tournesols dijo...

N., de los impares sólo me gusta el 5. He decidido. Y la "i", ¿no te gusta la "i"?

Azulina.

(¡el 24, el 24!)

*

emigrante dijo...

morir en un campo es algo áspero. la yedra habita lenta y surge una diáspora de las miradas.

lo sé, porque yo morí allí, así.

tournesols dijo...

(s. bonito, tengo miedo)

Nuria dijo...

¿debemos preocuparnos querida L*? o es sólo una mera percepción?
-que no es poco, por cierto-

me encanta la i, ¿cómo no me iba a gustar...?

s. encantada de verte p-i-sar esta h-i-erba verde