miércoles, 11 de marzo de 2009

El siglo

¿Hace un siglo de aquello? ¿Hace un siglo de aquel atentado que sorprendió nuestra sorpresa? ¿De aquella mañana roja que inundó nuestros cerebros? ¿Hace un siglo de aquello? ¿Hace un siglo de aquella metralla explotando en la cara de todos nosotros? ¿Realmente fue hace un siglo? ¿Fue hace un siglo de aquella imagen que abrasó mis pupilas? ¿De aquella mujer anónima tranquila que yacía perfectamente sentada en un asiento de vagón, con un libro calcinado cogido amorososamente por su mano derecha mientras su izquierda, llena también de inesperadas brasas, sujetaba su barbilla recién amenecida, mientras ingenua y confiada se servía del reposa de la ventana? ¿Hace un siglo de los ojos de aquella mujer, también abrasados pero tan quietos que pareciera que ya nada sintieran, eterna mirada a través de una ventana? Para mí no, ni para nadie. No. Para mí fue ayer, es decir, hoy. Esa decir, mañana. Arrastramos días de imágenes, vidas rotas de seres exactamente igual a mí.

Siglo mío, bestia mía.
¿Quién podría contemplar tus pupilas
y juntar con su sangre
las vértebras de dos siglos?
La edificadora sangre mana
de la garganta de la tierra
y sólo el parásito tiembla
en el umbral de los nuevos días.

Cada animal debe arrastrar,
en vida, su espina dorsal.
Y una ola juega
con la columna invisible.
Como el tierno cartílago de un niño,
el siglo de la infancia de la tierra
de nuevo sacrificó, como a un cordero,
la plenitud de la vida.

Para liberar al siglo,
para comenzar un nuevo mundo,
hace falta unir con una flauta
los desiguales días de la rodilla.
Este siglo agita la ola
de la tristeza de las personas
y entre la hierba anida la víbora,
medida de este siglo de oro.

Aún brotarán del verdor los embriones
y crecerán los tallos,
pero tu espina está rota,
¡Mi bello y doloroso siglo!
Y con una sonrisa sin sentido
mirarás atrás, dulce y cruel,
como bestia en un tiempo flexible,
para contemplar la huella de tus garras.

El siglo - Ossip Mandelstam, 1922


Krishnamurti se ha mantenido años en mí. He tenido muchas mudanzas (de casas, no de ideas) pero le he llevado a todas las cabeceras de mis camas. Aún hoy, de vez en cuando, necesito tocar sus libros. Conozco exactamente dónde están situados siempre en mis estanterías, incluso en las recién mudadas. Iría con los ojos cerrados y después de haber sido mi cuerpo vapuleado y girado a oscuras. Hoy le necesitaré.

1 comentario:

Raúl Ferreiro dijo...

Te devuelvo la visita, con mucho gusto. Ya veo que hemos coincidido en cuanto a los vídeos de Krishnamurti. Es muy interesante lo que dice.

Saludos, hasta pronto