viernes, 6 de febrero de 2009

Réquiem por una bici

A los 15 años una no contaba ni mucho menos con dinero para cubrir sus "vicios". Si acaso una propina repartida entre mis dos hermanas y yo que sólo daba para unos cuantos cromos y en días de fiesta el inicio de cualquier otro álbum. Por aquel entonces yo ya me había iniciado profundamente en la música clásica. No sé de qué sangre me viene, si es que tiene que venir de alguna sangre, pero lo cierto es que a esa edad y tras otros tantos de adolescendia, previa a esa juventud dentada que conocemos todos, me solía encerrar en mi habitación para escuchar con unos cascos enormes cosidos a una gran cadena, Radio clásica y escribir y escribir tonterías que aún hoy conservo en algún cuaderno desvencijado. Mi colección era escueta dada mi pronta edad, claro pero allí conocí años antes músicas de Mozart, Wagner, los románticos Schumann y Schubert... Ún día acompañé a una amiga al supermercado de El Corte Inglés. Tras hacer las obligaciones y cargar con la bolsa de mi amiga nos encaminamos a la sección de música clásica. M., que así se llamaba se perdía entre otros estantes más modernos. Yo, bueno, la parte mala de mí, aprovechó aquella soledad y se inmiscuyó entre músicas de Mozart. Entonces una cinta de cassette con un dibujo espléndido en la portada me llamaba sacando la peor parte que hay en mí. El Réquiem de Mozart, rezaba la cassette. Sin pensarlo, mi mano, bueno, mi peor mano, la atrevida, lo cogió con una rapidez voraz y lo deslizó en el bolso de mi chaqueta mientras M., ajena a aquella villanía se acercó a mí para que nos fúéramos. De camino a la puerta de salida, una mujer -¿por qué tuvo que ser una mujer?- se dirigió a mí y me dijo que tenía que acompañarla. Yo no le pregunté por qué razón, porque la conocía bien. Mi mano izquierda, la buena sabía lo que había hecho la derecha. Los ojos abiertos y enormes de M., atónita, fueron testigo de cómo mis pasos sin mediar palabra seguían los de aquella mujer. En fin, una anécdota que cuento y que dio lugar a la siguiente, algó mucho más trágica. No mucho más tarde me emperré con la Tetralogía de Wagner: El Anillo de los Nibelungos. Por aquel entonces recuerdo que eran 30.000 pesetas. ¡Dios mío! de dónde sacaría yo 30.000 pesetas. Me puse a ahorrar como una loca. Todas mis propinas destinadas a una hucha que parecía que nunca alcanzaría esa cifra. Pero ese día llegó. Llegó y Mayo estaba despuntando las flores más hermosas. COnté el dinero y me dije: Voy a comprar mi tetralogía. Mi idea inicial. El origen de mi sacrificio. Pero Mayo mayeaba y el sol despuntado deslumbraba mis pestañas, así que mi parte mala, me dijo: ¿Para qué quieres tanta música en Mayo? mira qué días hermosos hay ahí afuera, esperándote. Entonces, subida en los lomos de una bici hermosa imaginaria, cambié el rumbo del manillar de mis ideas. Relegué a mi querido Wagner a otro año y me decidí por una bicicleta de paseo para que ese sol prometido siguiera dorando mi cuerpo. Eso hice. Me compré con el dinero una bici. Una bici que dibujé al momento en mi cabeza. No la quería estrenar aún. Esperaba a que llegara el Día de la bici, que también era por Mayo, para salir con ella y con aquella misma amiga, M. a un encuentro de bicis. Aquella mañana llegó también, y el sarcasmo de la vida, no sé si como pago a aquel acto vil que cometí antaño con Mozart, hizo los conjuros necesarios para que cuando fuera a cogerla a dar aquella larga vuelta, ella no estuviera. Me la habían robado. Quizá si hubiera pagado las 3.000 pesetas que costaba aquel Réquiem no me hubieran robado aquella bici de 30.000 pesetas. Un cero de más y cómo cambia el cuento. EN fin, un Requiem que me costó 30.000 pesetas. Y entre medias, Wagner, siempre Wagner.


Y digo todo esto porque entre Johannsson y Johannsson escucho las primeras partes de los Nibelungos.

1 comentario:

Domadora de Elefantes dijo...

Me gusta mucho la forma en la que has contado esta historia. ¿Pudiste quedarte con el cassette de Mozart? imagino que no, dado que te pescaron "in fraganti". Esa parte no me la habías contado, pero te hace más humana. Gracias por compartirlo aquí.