sábado, 7 de febrero de 2009

La carne de Bacon (nunca mejor dicho)

De Francis Bacon me interesa esta etapa. La de las manos entablilladas. La de las masas de carne, informes. La de la sangre. Yo sigo encerrada en los símbolos que quiero creer. Todo parece alimentar a mis Tablas de carnicero. Ahora llega Bacon. Lo más salvaje de Bacon. En espacios limitados de un marco donde concentra el horror humano y la angustia. Donde la palabra crucifixión es sinónimo de carnicería. Donde la esperanda de vida futura no existe. Donde el suicidio de su amado cambia su rumbo. Sí. Le interesan a mis manos el Bacon de las imágenes emborradas. Aquellos cuerpos de masa informe que se emborronan, se esparcen por el suelo, deshaciéndose de pieles, nuestras coberturas más superficiales, dejando entrever el alma, lo profundo. Lo oscuro.
De Bacon me interesa la sangre. Pero no esa otra sangre de bacon cuando la fríes. La sangre de dentro, más del alma. De Bacon. Me interesar la mesa de carnicero en la que se ha convertido su paleta. Inesperadamente. La de los cardenales horripilantes. La de las cortinas del fondo descendiendo como si fueran mantos de lluvia. Otro manto. Me interesa su animalidad, concebida para él como pura vulnerabilidad del hombre. Me interesa su coleccionismo de fotografías donde el horror de una guerra ha dejado huella en las retinas de sus dedos. Su fuerza dramática. Sus habitantes abandonados a la suerte de un hexágono, antesala siempre de una muerte. Su implacabilidad. Sus caras deformadas y sus pieles deshaciéndose como si estuvieran lanzadas al fuego del infierno. Desparradas desde una silla o un retrete. Deshechas.

Para mí Bacon es emientemente el hombre pero también es eminentemente su soledad. La muerte más brutal, como una patada en la quijada. Un mundo fracturado. Distorsionado, sí, pero tan tan simbólico.


Ya de Picasso dijo: “Picasso me muestra que hay todo un territorio que, en cierto modo, no ha sido explorado, de formas orgánicas relativas a la forma humana que la distorsionan por completo”....



De Bacon me interesa el de los pinceles como salvajes bisturís. El de los seres mitad hombres mitad animales. El de su musa, su verdadero amor, George Dyer. El que representaba toda una forma de vida que lindaba entre la locura y la desesperanza. El de una relación tormentosa llena de violencia verbal y delirio que terminaría trágicamente con el suicidio de Dyer en 1971. El de la muerte más violenta. El de la vulnerabilidad humana como eje central de su vida. El de la muerte, la otra muerte, la propia, su gran violencia, lo encontró en Madrid en 1992, preparando una de sus exposiciones. Tenía 82 años.

En entrevistas decía cosas como éstas: «Si se piensa que mis obras son violentas es que no se ha pensado previamente en la vida», o «Nunca consigo ser tan violento como lo que me rodea».

Los críticos asocian a Bacon con la brutalidad y con una sensualidad monstruosa y lacerante. Han dicho de él: «Su pintura es violenta, nadie lo discute, pero también está teñida de desvalimiento, nostalgia y desamparo» o «Sus cuadros muestran un interior atormentado, pero viviendo era un hombre optimista que gustaba disfrutar del día a día».

Un inciso: Cuando su padre se enteró de que era homosexual le maltrató de palabra. A los 17 años le envió a Berlín con un tío que se dedicaba a críar caballos. Un buen día el tío le violó. «Ahí comenzaron todas su pesadillas». Un Bacon que «lo que toca lo destruye, igual que el hombre del siglo XX», escribió el filósofo francés Gilles Deleuze. Bacon rechazó todos los honores. Sólo quería observar a sus semejantes y pintarlos. «Cuando pinto me siento un ser humano», decía.

¡Qué de alimento para mis Tablas de carnicero. Mi propia carnicería. El mundo.

7 comentarios:

Viktor Gómez dijo...

Touché!

Querida Nuria:

me quedo atrapado entre tu sintáxis desnucada y el dolor insufrible de Bacon.

creo que hay que volver
a los grandes autores
dejando un tiempo abierto,
casi un olvido, casi.
dar la oportunidad al color
de la masacre y al temblor
de la mirada a interrogarnos
años después. que lo que dice
y lo que somos, dialoguen
o en su mudez, nuestro rostro
y sus lienzos bailen
pero sin música: qué eso
es el infierno.

sensual rojo inglés
por las ingles del violado
-ya no río: apozado zagal
derramándose en cristales
y astillas- presagian
en las orillas una marea
putefracta de mariposas y
ramas, de violines rotos,
de irrecuperables porcelanas
huérfanas...


Un beso,

Víktor

emigrante dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
emigrante dijo...

yo me he quedado sin palabras al leerte, igual que cuando en el Tate me paro en un salón que hay dedicado exclusivamente a él. entonces, lo que me rodea se hace carne que se pudre, carne que sangra, y me cuesta discernir el punto que separa mi carne de la del resto.

pero es que yo siempre fui muy dramático, já.

Nuria dijo...

dar oportunidad al color
de la masacre... te adoro Viktor

y a ti también querido ya emigrante que te dejas caer de vez en cuando en este país más verde, el tuyo, por consentir que no puedas discernir tu carne del resto, por tu dramatismo...

tournesols dijo...

Querida Nuria:

después de la masacre examinatoria universitaria me alegra volver y sonreír al comprobar lo mucho que te ha calado Johannsson, lo bien que concordáis s. (todas las s!) y tú, tu aparición en las Afinidades... ¡y lo poco que queda para el Festival!

Un *

Nuria dijo...

Pues no sabes Laura hasta qué punto entró en mí Johannsson. Gracias de nuevo. Sí, ya queda menos para S. de Sevilla. Por cierto sacarás unos minutos para que S. (mi S.) y yo te conozcamos en ese S. de Sevilla?. ¿Y este otro S. emigrará a esa tierra o parte ya de ella? Ganas tb de conocer a Ana (la del Arca de Noé).
Besos y Johannssons

Domadora de Elefantes dijo...

Me gusta Bacon, aunque confieso que me da algo miedo tu obsesión con los descuartizamientos, no te estarás conviertiendo en una psicóptata ¿verdad?
Sigo aquí, aunque no me manifieste.
Besos.