lunes, 23 de febrero de 2009

¿El pura sangre de Hamlet o Sevilla desarrollada?










¿Por dónde empezar? ¿Por el pura sangre de Hamlet del jueves noche con una Blanca Portillo a la cabeza o por el último viaje de mis pies que me llevaron a mí y a S. hasta Sevilla las últimas 48 horas?
¿Por dónde? Hamlet fue tan intenso que sería primordial hablar de aquella escenografía de agua, de aquella chica-Pandur. Pero Sevilla, nuestras últimas 48 horas en Sevilla quizá sí valgan relegar a un Hamlet que ya todos sabemos eterno. Y antecedo el paisaje del sur al danés por miedo a que se me escapen detalles que ahora mismo se descuelgan de la yema de mis dedos. Hamlet, pues, puede esperar ¿o quizá no? No lo sé. Quizá mate toda imagen de aquella noche Shakespeariana. Quién lo sabe. En fin, tras dormir tan sólo cuatro horas (el querido Hamlet fue tan largo como lo es él en estatura), me levanté el viernes hacia una Sevilla casi desconocida, con un dolor intenso de cabeza. Los extremos de mis sienes atornillaban mi cerebro estrangulando cualquier idea generada. Me levanté con un dolor tan intenso que tuve que inyectar en mi nariz un medicamento nasal. Directo a las venas. Sólo así conseguí matarlo.
De camino a Atocha fue calmándose ese canalla que tantas y tantas veces ya martillea cuando una menos lo espera. El viaje junto a S. fue magnífico. Viajar con S. siempre es magnífico. Nos regenera. Nos recompone. Nos descorcha. Sï, como cualquier viaje. Viajamos por error del AVE en Preferente así que la amplitud y la comodidad de los asientos fue apaciguando lenta pero inexorablemente mi cabeza llena de agujas ardiendo.













El resultado de ese inicio de viaje: 48 horas de las cuales dormimos 12 horas. 36 horas descubriendo la Sevilla más interior. Deambulamos por sus angostas calles. Yo siempre sin rumbo, porque siempre yo soy la que siempre se pierde o se tropieza con alguna farola recién plantada, pero con la cartógrafa S. a mi lado fue imposible perdernos. Aprovechamos por tanto el tiempo al máximo.

Visitamos el Barrio Santa Cruz, Triana nos enamoró profundamente. Comimos lo típico de esa ciudad a orillas siempre del agua. Alargamos las bromas que nos proponían los sevillanos. El tiempo fue tan amable como todo aquel con el que nos cruzábamos.

Ascendimos hasta la cima misma de la Giralda, sí, 34 rampas y unas últimas 10-14 escaleras para culminar la cima. Divisamos la ciudad desde su altura. Circulamos en semi círculos la hermosísima Plaza de España. Sentimos el flamenco en nuestras venas en un espectáculo sin precedentes. Nos encandilaron las amargas lágrimas de Petra von Kant, no quise decir, la Macarena, nos encandiló su amarillo-oro y su blanca-plata. Nos perdimos con plano y cartógrafa incluida en la enorme Catedral, donde me dijo S. que sólo en la nave central entraba perfectamente la hermosa Notre Dame.

Fuimos testigos mudos de los ensayos de cómo un gran grupo de sevillanos fornidos sostenían sobre sus hombres desnudos una enormel mole de cemento equivalente siempre al peso de un paso que en tan sólo un mes tendrán que pasear por esas calles. Y por si todo esto, en 36 horas fuera poco, disfrutamos de poesía en la Segunda Edición del Festival de Perfopoesía que se celebraba en esa ciudad.

Allí pude al fin poner rostro a amigos queridos pero desconocidos al fin y al cabo. Nada defraudó. La vuelta quizá. Más solas aunque siempre dos. Nos envolvió Sevilla y sus gentes y no exagero. Nada defraudó. Ni el paisaje, ni aquellos recién descubiertos rostros, cara a cara, ni el calor de ese sur al que yo quisiera emigrar...
Puse cara a mi querida A. (quise decir Ana Arcas) mano extremadamente sensible que esbozó lo que hoy es la cubierta de mi Geometría del vientre y diseñadora también del dios Ganesh de la foto. Puse cara a A. (quise decir, Antonio Villarán) ideólogo a mi modo de ver, creador de ideas, o de nubes, como él se tiene. Puse cara a mi queridísima y resplandeciente L. (quise decir Laura Rosal) que irradia con toda desfachatez tanta luz a su paso, que destella sin ella saberlo, aferrada siempre a su arma, su cámara, y su salvavidas, una botella de cocaloca que le ayudaba a mantenerse en pie. Puse cara así, a la culpable, bendita culpable, de mi furor por Johannsson.

Vi manos que fotografíaban, otras manos que dibujaban paneles imposibles hindúes encabezando el festival y cabezas pensantes que generaban ideas como si de una máquina de monedas se tratara. S. y yo, sin ser participantes en dicho Festival nos sentimos queridas, arropadas y cuidadas en esos habitáculos en los que asistimos a varios recitales o propuestas perfopoéticas. Trasnochamos en el afamado bar El perro andaluz, resurgido de unas cenizas y testigo de voces y propuestas, donde saludé a otra A. (quise decir Ana Pérez Cañamares).

Estuvimos con G. y P. amigos que arrastramos de hace tiempo (dentro de nada hará un año). Vimos la habitación transparente de donde G. (quise decir Gracia Iglesias) era rescatada gracias a la colaboración de los que por allí pasaban depositando montañas y montañas de libros y libros que harían las veces de escalera salvadora para tocar un poco más el cielo.

Disfruté sobre todo la cercanía de L. (quise decir Laura otra vez), siempre deambulando con su cámara y con unos minutos para S. y para mí. Es cierto que nos hubiera encantado disfrutar más a A. (quise decir Ana), y de A. (quise decir Antonio) pero estaban muy ocupados organizando eventos y la coindidencia con ellos se hizo más difícil.


Vi libros míos allí expuestos y lo que es áun mejor, vi algunos de ellos vendidos. Acabo de encontrar esta foto de alguno de esos libros. Me llevé a cambio de esa sorpresa la voz más desértica de Panero y S. se llevó para regalo mío el hambre y la ceguera de Arnau.

Escuchamos a David González recitar animosa y enfurecidamente, que siempre escribe desde el dolor más profundo. Puede que no llegue nunca leer esto, pero es lo mismo, él ya lo sabe, me acerqué al día siguiente para decirle que me había arrancado la lágrima que ardía en el precipicio de mis ojos. No recuerdo con qué poema lloré al fin, supongo que ese, ese poema y no otro fue tan sólo el detonante de estar escuchando su dolor y sus versos minutos antes. Literalmente me eché a llorar mientras lavaba con disimulo y casi arrepentida ese llanto infantil en forma de agua viva bajo mis pestañas. Ahora me pregunto por qué diantres nos enseñan desde pequeños que llorar es infantil, para mí es un lenguaje, un lenguaje necesario.
G. (quise decir Gracia Iglesias) fue recogiendo algunos poemas ya devencijados de David. Por supuesto a mí me interesaron, así que me ofreció su chistera y los desdoblé y volví a doblar juntando sus versos ancianos junto a otros más ancianos aún, perviviendo entre las páginas del libro recién comprado de Panero. Aquí os transcribo uno de David.

NADIE CON ESE NOMBRE

Este es mi hijo,

le decías a las camareras
de los chigres en los que parabas.

Este es mi hijo,

le decías a tus amigos y conocidos,

este es mi hijo,

y en algunas ocasiones añadías:

bueno, hijo mío no sé si lo es;
lo único que os puedo decir seguro
es que nació en casa.


Este es mi hijo.

Estabas orgulloso de mí,
ahjora lo sé, muy orgulloso,

pero nunca pronunciaste mi nombre de pila,

padre,

nunca lo pronunciaste.

Me llamo David.
David González.

Y por último, vimos al poeta maldito de los novísimos, Leopoldo María Panero, que me arrancó de todo menos risas.

Hoy ha sido un lunes lleno de recuerdos. El último día S. sacó su foto número 400.



*Las fotos por supuesto son todas de S. que además de cartógrafa cuando viaja, es fotógrafa (bueno excepto la del dios Ganesh y los libros).

5 comentarios:

Anónimo dijo...

bueno

Domadora de Elefantes dijo...

¡Qué de recuerdos!

emigrante dijo...

habría dado un brazo por estar en sevilla esa semana, pero londres es amante celosa y pasajera.

espero conocerte en persona el año que viene, n., de veras.

David González, poeta dijo...

Hola, Nuria, soy David. Te agradezco tus palabras cantidad y espero tener ocasión de hacer que en otra lectura esas lágrimas sean de risa y no de dolor. Y sobre todo me alegro mucho de que lo pasaras tan bien en Sevilla. Es una ciudad mágica y el barrio de Santa Cruz me parece maravilloso. Como el hecho de lo bien que encajan la catedral con la giralda, tal y como deberían encajar cristianos y musulmanes, aunque por desgracias no sea el caso. En fin, me enrollo, que sepas que aquí tienes un amigo y que si te animas a venirte por Gijón, con mucho gusto haré de guía para ti. Abrazo enorme, niña.

tournesols dijo...

Bonita, perdona la desaparición (ya sabes...), estoy sin saldo en el móvil y bastante incomunicada.
Te escribo un mail pronto.

Un beso enorme y espero que el ordenador resucite!

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