lunes, 9 de junio de 2008

Dos mujeres y un destino

Hay tantos caracteres en un solo vagón de metro... Los hay ruidosos, charlatanes. Los hay con un tono excesivo de voz que acaban siendo todo un reclamo en un viaje corto. Los hay descarados que disfrutan atemorizando a los más tranquilos. Los hay exhibicionistas o con una música que molesta al resto. Los hay extraños y atípicos, estos últimos abundan mucho y son posilbilidades infinitas. Los hay lectores de convicción y apasionados pero también lectores que sólo sujetan un libro en las manos que no es más que parapeto a lo que realmente hacen, vigilan. Yo soy un ser muy silencioso cuando viajo en metro. A veces me molesta mi propia música en mis oídos, las lecturas en mis manos porque descubro que disfruto más observando vidas ajenas. Y pienso que podría tirarme horas y horas observando a la gente. Sí, soy toda una vougeur. Soy silenciosa aún cuando voy acompañada de S. ambas nos ensimismamos en la misma historia. Ayer volvía sola a casa y en el vagón en que me encontraba mis ojos se detuvieron, como siempre, en la vida del que se sienta enfrente. Era una chica joven. No era especialmente hermosa, ni mucho menos, pero me pareció especial. Su rostro desmaquillado dejaba entrever sus treinta y muchos años. Escuchaba a una anciana con la que iba, que dí debió de ser hermosa en su madurez, aunque no tardé en descubrir que eran desconocidas fuera de ese vagón. Y mantengo que no se conocían por el lenguaje corporal de la más joven. La anciana le contaba no sé qué cosas mientras ella, que la miraba con toda la ternura que una desconocida mira a una anciana afable, no dejaba de asentir con la cabeza. Me pareció curioso que respondiera con un gesto esperado a la conversación de la anciana. Quiero decir que si la mujer le hablaba de algo divertido, la más joven sonreía tiernamente, pero si le relataba alguna historia más grotesca, ella respondía llevándose la mano a la boca como espeluznada ante una noticia desagradable.
En cierta ocasión, la anciana calló y su mirada se ensimismó en un punto fijo. La joven, ante tal silencio se limitó a girar la cabeza y observar a aquella mujer sentada a su derecha, con una mezcla de extrañeza y de ternura. Como imaginando la vida que pudo llevar aquella inesperada acompañante. Me pareció especial aquella mirada. Yo por mi parte, tampoco podía dejar de mirar a aquella anciana, me recordaba tanto a mi abuela... Toda mujer mayor con flores blancas plantadas en su cabeza y un gesto afable me recuerda a ella y podría hasta llorar de emoción. Pero tampoco dejé en ese corto viaje de observar a la más joven. Se atusaba el pelo tímidamente, con la inseguridad en el gesto ante alguien que no conoce del todo.
Llegaba mi parada, Alonso Martínez, y un cruce de sentimientos contradictorios sitió mi mente. Por un lado no me hubiera bajado nunca para conocer el final de aquel encuentro pero por otro mi prisa por llegar a casa y besar a S. me izaba los pies hacia la puerta.
Mi mirada seguía el curso de aquella historia mientras mis pies se dirigían tercos a la puerta. Mi sopresa llegó cuando la más joven se levantó y la anciana le dijo: Vaya viaje que te he dado, eh? con todas estas historias... La respuesta de la joven, ya levantada y casi junto a mí, confirmó mi teoría de que efectivamente no se conocían. Dijo: Ha sido usted muy amable y ha conseguido que el viaje fuera más ameno. Se despidieron con una mirada no sé si nostálgica, pero con la triste convicción de que jamás, jamás volverían a encontrarse en ningún vagón de metro. Yo caminada justo detrás de aquella mujer y pensaba si en ese momento ella estaría recordando ese encuentro, si pasaría por su cabeza lo que pasaba por la mía, esa tristeza de saber que con toda seguridad jamás se volverían a encontrar. La incertidumbre. La historia terminó cuando los pasos de la muchacha se torcieron a la derecha y los míos a la izquierda. Y como un boomerang, pensé que yo tampoco volvería a cruzarme con ninguno de estos dos rostros.
El metro por todo esto, me parece un lugar de encuentros sorprendentes. Un encuentro con fecha de caducidad pero no por ello menos intenso. Una podría mantener conversaciones o miradas intensas con perfectos desconocidos y con toda la consciencia de que una vez llegado su destino sus pasos se dividirán y no volverán a confluir jamás. Con la convicción de que nunca volverá a ver aquel rostro. Y no entristecenos por ello. Me parece tan mágico.

7 comentarios:

Domadora de Elefantes dijo...

He sido testigo de tantas historias incompletas en el metro, y he vivido tantos encuentros fugaces y sorprendentes, que no puedo por menos que sentirme identificada con esta reflexión tuya. De hecho tengo varios relatos basados en las historias del metro, el tren y el autobús. Ya te mandaré alguno.

Lula May dijo...

Y el hecho de que sea así es precioso, Nuria. Tenemos la vida llena de vidas de cinco minutos de duración, o incluso menos, y hay que disfrutarlas cada una en su dimensión. De hecho a veces nos perdemos esas mini-dimensiones por querer alargarlas en el tiempo, por vivir allá donde nos vivimos todavía, por querer eternizarnos dos instantes más.

Una historia preciosa.
Beso enorme,
Lula.

Camille Stein dijo...

comparto contigo la magia de estos cruces... yo también soy observador, creo que de nacimiento, y esa sensación de encontrarse con rostros y gestos durante un breve y fugaz instante irrepetible aumenta esa magia... la capacidad de deducción y de imaginación se multiplica cuando sabemos único el momento del encuentro con el desconocido

un beso

Rafa dijo...

Qué verdadero es lo que cuentas, yo mismo he tenido la experiencia de un encuentro fugaz, he degustado el placer de un diálogo efímero, tan denso y corto como cuando uno huele una rosa en un jardín, o cuando con mucho calor te refrescas con el agua de una fuente que no volverá a ser la misma -panta rei-,pero qué placer deja. No nos hemos comprometido pero nos hemos comprendido, y siente uno el color y el calor de pertenecer a una especie que supera en ese instante el fuego y la guerra del egoísmo y del individualísmo, para sentirse por un "flahs": universal, Ser humano, con la condición de persona.
Como ves no dejo de filosofar.
Un abrazo.
Rafa

Hugo Izarra dijo...

Muchas veces quise escribir sobre ello. Me habría gustado haberlo hecho como tú.

PS. Por cierto, acabo de ver que me has rebautizado en tus enlaces.

alfaro dijo...

Vidas que se cruzan.

Candie dijo...

La vida tiene muchos momentos mágicos, duran poco tiempo y aprovecharlos es imperativo. La magia existe mientras nosotros estemos abiertos a ella, de otra manera la monotonía puede atraparnos y dejarnos sin esos felices momentos mágicos.
Saludos desde Mérida Yucatán México.