sábado, 1 de agosto de 2009

El gato excursionista

Ya casi no recordaba el sueño de hoy. No, no ha sido un sueño. Fue real. Ahora lo recuerdo. Mi memoria se ha roto en estas horas. Eran las 5 de la mañana. Me levanté junto a S. para prepararle el desayuno y darnos compañía y alimento para soportar la soledad de nuestras respectivas mañanas. Hacía calor. Abrí los ventanales del jardín ligeramente, muy ligeramente, tanto que por el hilo de la rendija que dejé y que daba al mundo no entraba el cuerpo de un gato. Hubiera tenido que ser humo para colarse. Me despisté unos minutos en el ordenador maquetando un librito que no tardaré en terminar. Cuando me di cuenta de la soledad maciza de la casa, cuando se paró el ruido en la casa, cuando sólo mi aire respiraba en ese espacio, solo enconces me percaté de la escapada del gato P. hacia otro mundo, más verde, más habitado, más ameno, pero sobre todo, más peligroso. P. se había ido a relacionarse a oscuras y con alevosía o puede que con curiosidad y sin consciencia con seres idénticos a él en líneas que no en maneras. La noche era densa, sólo una farola brillaba justo en mi trozo de jardín. El resto, horizontalmente negro, se manifestaba con todo su peligro ante mis ojos. No dudé. Y vestida con lo que dormí, un vestido cómodo a modo de camisón y con la cremallera a medio bajar desobedeciendo la línea de mi columna vertebral, salí tras él. Primero lo hice sin arma alguna. El jardín es muy largo, está acotado con verjas altísimas pero hay todo un bosque de árboles y hojas secas a su orilla. A medida que caminaba con prisa en unas sandalias de playa, la oscuridad iba entrando en mis venas. Volví. Volví con el nombre de P. en los labios. No contestó. Cogí entonces una linterna (que casi no encontré por la excitación de esas mismas venas y volví a lo oscuro. Barrí el jardín con el haz de luz que iba pariendo mi linterna pero no vi nada. El miedo no existía a lo negro. El miedo a haber perdido a P. dominaba mi mente. Por un momento pensé qué diantres hacía yo, sola, a oscuras, a las 5 de la mañana pisando un jardín sin saber qué había bajo aquellas sandalias, qué vida ascendería por mis piernas. No, el miedo no existía.. La preocupación por el gato ausente me infló de un valor que ni ahora mismo reconozco. Barrí el jardín de ida por el camino más transitable, cuando llegué a su extremo, otros gatos parecieron asustarse y huir por otras rendijas que llevaban a su vez a otro estrato, la calle. La calle. Pensé en P. en la calle. Me puse nerviosa, así que volví pero esta vez atravesando ese bosque de árboles, de flores altas y salvajes y completamente a oscuras. Apartando la maleza seca con mis manos ciegas. De repente mi linterna se fijó en dos bolas de luz, brillantes, redondas, allá abajo, a lo lejos, entre más maleza, si cabe. Si no era un gato sería un humano. Pero había vida tras esas lumbres. Enfoqué el aparato de luz y vi agazapado la mezcla de colores blanco y canela de mi P. temeroso. Le llamé. Amorosamente. Pero ante la oscuridad que se cernía, el gato se asustó y salió corriendo todo el camino hasta los ventanales de mi jardín. Allí esperó hasta que llegué yo, asustada, a abrirle de nuevo la rendija por la que se había escapado minutos antes. Le hubiera reñido pero le vi tan asustado..., me bufó cuando intenté acercarme pero acabé alzándolo a la altura de mis ojos, lo abracé y lo besé para que viera que todo había sido un susto. Volvimos a casa.
Ahora, al recordarlo, al ver ese mismo jardín de día, floreado, verde y lleno de viento que saca las voces de las hojas, no me parece el mismo que me mostraba esta misma noche su cara más oculta.

6 comentarios:

Nutria dijo...

Conforme iba leyendo estaba viendo en mi mente todo lo que has escrito, parecía tan real... era como si lo estuviese viviendo en ese mismo instante. Me ha enganchado desde principio a fin esperando a saber lo que finalmente sudecería. Me ha encantado, precioso relato de verdad. Un besote guapa.

tournesols dijo...

artista, me escapo ahora, pero te veo y te abrazo en nada.

muá*

Domadora de Elefantes dijo...

Ay, tu gordito aventurero. Si supieras las aventuras de mi pequeña J. Un día de diciembre, a las 8 de la mañana, me quedé "atrapada" en el jardín de casa, sin llaves para entrar ni para abrir la verja de salida. EStaba en bata y zapatillas porque había salido, como tú, detrás de la gata. Hoy, como sabes, ya la dejo campar a sus anchas.

Nuria dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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