miércoles, 26 de agosto de 2009

Los periplos de L*

Hace unas semanas estuvo en Madrid, y últimamente, cada vez que se deja caer esta libélula por estas tierras sin alas, viene a vernos, y a S. y a mí nos encanta que venga a Madrid, por eso, porque nos vemos. Ella es muy joven, pero cuando despliega sus manos me doy cuenta de que éstas no lo son, sus manos, quiero decir. Sus manos ya tienen una edad pues edad es experiencia y experiencia demuestran fotos como ésta. Es pues un lujo ver trabajar a Laura Rosal bien de cerca, pues incluso cuando se vacaciona y se descorcha en cada viaje, siempre va con su arma colgada del cuello. La idea de esta imagen del espejo salió de su cabeza reflejada, que a la vez reflejaba esa misma idea en el espejo. Cuando bajó al baño del restaurante Ginger "importante nombre ahora", y ante su tardanza, me aventuré a decir en la mesa, "seguro que está sacando fotos"...
Ella no deshace maletas, viaja por el mundo sin pisar la tierra dejando todo un haz de luz a su paso y dejando que la risa fácil le alce la mirada. Todo lo dice su cámara. Todo lo narrable que hace la mano izquierda lo cuenta la derecha con un detonante disparo. Lo innenarrable se lo guarda como el que pliega alas, en silencio.

No sé dónde estará ahora mismo, bueno, sí lo sé, pero ¿qué más da? ¿qué más da el destino? lo importante para ella es el camino que hasta allí llega. Y eso, eso también es experiencia. Un saludo a su madre Laura, de la que me habla y sin la cual, nada de esto podríamos ver ni disfrutar y por su puesto a su querida hermana, cuyo nombre también siempre se le escapa.

3 comentarios:

emigrante dijo...

*

Domadora de Elefantes dijo...

¡Pero cómo llegamos a reírnos!
Oye, por cierto, ¡comparte esas fotos, canalla!

tournesols dijo...

gracias gracias gracias gracias gracias gracias gracias gracias gracuas gracias gracias gracias
gracias gracias gracias gracias
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gracias gracias gracias gracias



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(parís me ha dejado trastornada -aún más- te escribo en cuanto me humanice)