jueves, 19 de noviembre de 2009

Un pez telúrico

Ángel Guinda en la última presentación de El pez místico dijo entre otras cosas algo así como que era un libro de poesía útil, porque sirve al lector moralmente para vivir, estétitcamente para gozar y culturalmente para incrementar y afianzar su conocimiento... El otro día pude masticar realmente esta frase. Dijo también que si un verso, si un solo verso conseguía arrugar la piel de un lector, de uno solo, atraparle, entonces esa obra era totalmente válida, De nuevo pude por vez primera sentir de cerca todo esto que aquí expongo.

El otro día una compi y amiga del trabajo me contó una fantástica y hermosa historia. Era corta pero finalmente para mí, intensa. Una amiga suya, M. le contaba cómo un amigo suyo, C. se encontró un día un libro en el rastro de una ciudad que no es Madrid. En el suelo. A su anterior dueño le nacieron alas en las manos. Lo aferró para sí, como el que se aferra a esa tabla que salva en un naufragio. Estuvo leyéndolo casi convulsivamente. Inmerso en él, que llevaba junto a él una semana fue sitiando el espacio que él ocupaba en el mundo. Hasta aquí bien. Yo la escuchaba con atención. Me decía que C., en el momento de su lectura, estaba pasando una racha extraña, de esas en las que no sientes que tienes cuerpo y necesitas que te golpeen en el metro para descubrir con asombro que aún existe esa cobertura de piel y huesos que conforman eso, tu cuerpo. Que pueden pisarte y tu pie sentirlo, pincharte y sentir tu vena, abofetearte y de nuevo sentir el rostro que habías considerado hasta aquel momento invisible, roto, ausente. Que pueden tocarte el hombro y girar la cabeza corroborando tu existencia. Un de esas rachas en las que encontrarte un mero libro en el suelo es toda una señal que hay que seguir. En definitiva, alguien inmerso en una casi absoluta incomunicación y que sólo había consentido agarrarse a tierra gracias a ese dichoso libro, como si fuera una especie de vela de foque. Hasta aquí bien de nuevo, aunque la historia estaba despertando toda mi curiosidad.
Mi amiga continuó diciendo que ese libro en el que andaba buceando C. le estaba ayudando mucho, personalmente, humanamente, pero una noche lo perdió. Se le fue de su lado. Se le escapó de las manos. Perdió como su primer dueño el mismo libro, aquel acompañante que había decidido recorriera con él una misma senda bajo el agua. Yo abría los ojos sorprendida e intrigada, necesitaba saber cómo terminaba esa historia.

Mi compañera, tras relatarme tal historia me dijo lento: ¿A que no sabes de qué libro se trataba? Yo pensé que estábamos hablando de un gran escritor, uno de esos que te dejan meditabundo, uno de esos escriores que sabes que jamás llegarás a ser ni por asomo. Uno de esos escritores de cabecera que siempre tiene uno cerca para cuando apriete la sed. Uno de esos que tienen en mi caso nombre propio. Un Schopenhauer, un Holan, un Hölderlin, un Rilke. Una de esas ediciones antiguas que uno siempre lleva consigo en un bolsillo de su piel. Pero no, qué va, ella continuó diciendo: El libro es El pez místico, tu libro. ¿No es bonito? Que un ser que desconozco por completo perdiera el libro en el rastro, que otro ser de idénticas formas al primero lo rescatara de una baldosa del suelo. Que fuera su terapia en ese tiempo... Que ese segundo fuera amigo de la amiga de una amiga mía... Y yo pensando: con lo grande que es el mundo, y fíjate qué cosas ocurren. Tiene alas el pez. Me gusta pensar que pasa de una mano a otra de ese modo, tan inesperado, sin buscarlo, sin quererlo si quiera. Qué ganas de seguir para eso, para eso que decía Guinda, para que tan solo un verso, un único verso pueda evitar que la baldosa donde uno vive se hunda, su isla. Ahora me da por pensar en el tercero que lo encontró, el tercero que recogió ese testigo. Me da por pensar que el pez es eso, como un testigo que va de mano a mano en una carrera de fondo, la vida, eso sí, sin eternidad alguna pero va. Sencillamente va.

La soledad es un escándalo dijo una vez la certera Liddell. Esta frase es tan escandalosa como la propia soledad. La soledad que hay a veces en nuestra baldosa es un escándalo. ¡Qué razón tiene!
Gracias C. por poder hacer realidad en cierto sentido aquellas palabras de Guinda. Por haberlas sentido casi de cerca. Por todos los peces terapéuticos. Los de tierra. Los ahogados. Los salvados. Por compartir nuestras baldosas, por dejarnos bailar sobre la tuya y tú invadir el resto.

Por otro lado, Rebeca Yanke, nuestra querida u, se hizo el otro día con estas instantáneas tomadas en un instante en la Casa del Libro de Gran Vía.

Le agradezco por mi parte este par que subo hasta esta altura. Gracias mil porque no tenía ni una del librito allí. Hoy lo enseño aquí más satisfecha.

El pez místico (Olifante Ediciones 2009)

3 comentarios:

Yaiza Martínez dijo...

Que curioso, Nuria, las redes que lanzamos vuelven y vuelven. Es una historia emocionante. Un abrazo, Yaiza

Amaia dijo...

Me sumo a Yaiza, emocionante historia llena de ternura. Será cuestión de adquirirlo!

Marta Sanuy dijo...

gracias poeta