sábado, 21 de enero de 2012

cripticismo orteganiano

a mediados de diciembre estuve escuchando a maría antonia ortega en la biblioteca histórica de la complutense. era un recital conjunto y la diversidad de voces fue todo un acierto.

voces. voces. digo voces y digo maría antonia. digo maría antonia y digo voces místicas. y digo cripticismo. como aquel que descuidó su vida por destapar las incógnitas ontológicas desde tiempo inmemoriable. porque ella es un ser crípticamente claro. un claro en el bosque más oscuro. porque es el propio bosque. el venado que atraviesa ese bosque. porque tiene la delicadeza y la elegancia de un cervatillo que se pasea por su propio bosque y el desaforo y la irracionalidad que hay en la velocidad del lobo cuando caza ese mismo cervatillo en su propio boscaje. ella en su mismidad es día y es noche, bosque-ciervo-lobo, es el pasado y el futuro hecho presente, sombría y clara clarividente. es la maga de las palabras, de las dichas y las no dichas que rondan su cabeza siempre. como si fueran hormigas que hormiguean sus sienes. siempre a punto de nacer. es un mirlo blanco. porque son blancos los mirlos, no? o es que no existen los mirlos blancos? quizá sea porque son negros aún llamándose blancos... porque toda ella es sinónimo de rareza (de extra-ordinario, más allá de lo ordinario) y de ser un ser de cualidades igualmente extraordinarias y una inmensa calidad humano-poética. porque hasta la vorágine de ese bosque se calma cuando se charlea con ella.

ha pasado más de un mes, pero recuerdo aún cómo me fui volviendo de su voz poética. volví aplastada. como ese cervatillo recién cazado, menos muerto, pero gratamente aplastada.

aquí dejo unos poemas antiguos

el espía de dios de El Espía de Dios Dios

no habita en lo alto, sino en lo profundo, y su revelación dura lo que un libro que se escribe en una noche. Y en su familia, familia de Dios, por lo menos hay siempre un loco y un poeta. Aquel que con él se ve en secreto, quienquiera que pueda reconocer al Invisible, a los demás infunde miedo, a los demás hombres. Pues tiene ojos de puta que se sienta en la barra del bar sola, y más hambre que una buscota. Pues hace los mismos gestos que un mudo hablando con otro mudo. Y está acosado por sus acreedores como ciervo que saltando de un tejado a otro es perseguido hasta un alero por una rehala de podencos sueltos entre cúpulas, chimeneas y letreros luminosos porque sobre esta ciudad no solamente hay constelaciones, sino también extrañas cacerías. Así es el que ve a Dios. Porque el que Dios mira es aquel que verdaderamente se ha quedado solo.  

el loco (de descenso al cielo)

Y tú que te habías educado entre nosotros más de una vez fuiste uno de los nuestros. Jugabas con nuestro equipo, cuando el balón brillaba entre nuestros pies como un pequeño planeta que unas veces giraba alrededor de la tierra y otras alrededor del sol. Nos escondíamos dentro del mismo armario, y creíamos oír cómo en la oscuridad animales salvajes saltaban de percha en percha. Por qué te fuiste apartando. Tan ocultas razones te alejaban que ni siquiera la curiosidad de un niño hubiera bastado para desvelar todos los misterios de tu vida. Nos prohibían pasar cerca de ti. Y tu casa estaba edificada sobre el promontorio, y era tan distante como un palacio. Probaban tus comidas, vigilaban tus visitas, cuando no tenías que sacrificar el amor por alguna siniestra razón de estado. Y decían que debía ir alguien siempre detrás de ti porque si no podías dejar el vaso al borde del precipicio. Tú bien podrías haber sido un príncipe; pues en esto consistía tu peculiar rareza, en que alguien te había sentado en el trono de un país cuyo monarca no tuviera otra cosa mejor que hacer que pasar todas las tardes con la mirada absorta apoyando sus brazos sobre los codos del sillón. ¡Oh loco mío, pues así te llaman todos! ¡Tu demencia te dio una condición más alta! Digno rey sin cetro ni tierra, sin súbditos, ni siquiera con exilio, espera que venga tu consorte a sentarse junto a ti, coronada de frescas flores. Y así pasará el tiempo. Unas veces como pueblo que da la espalda a su rey, y otras como rey que da la espalda a su reino. El lenguaje es el sueño más hermoso del hombre, pero también el más inalcanzable. Hablar es soñar. Pues la palabra pájaro, ¿acaso no vuela más alto que el pájaro? Y la palabra manzana, ¿no brilla más que el fruto? Y las rosas amarillas, ¿no florecen al mismo tiempo en mis labios que en mi jardín?

de La pobreza dorada