miércoles, 11 de agosto de 2010

casa quemada

su casa era su coche. y en la casa confluían cocina-habitación-salita. el baño a las afueras. una planta baja exterior con seis ventanas y vistas a la calle de este madrid sin mar. a una de sus aceras ennegrecidas. también tenían vistas a un enorme jardín. un parque a las afueras en el que los niños a media tarde columpiaban sus cuerpos mientras sus madres les instaban a tomar la merienda.
su casa, es decir, su coche, estaba construida a las orillas de un barrio, no lejos de otra casa, otra planta baja exterior. físicamente era móvil porque tenía ruedas, pero habían aquilatado los cimientos de aquellos enormes radios a la acera y ni el viento hubiera podido levantarla. una sola llave abría todas sus puertas- casa con más de dos puertas mala es de guardar- y esta casa tenía tantas puertas como ventanas, esto es, seis. y esa misma llave las cerraba todas. no tenían ni luz ni agua. la luz era natural y el agua también, esto es, la lluvia era su agua. tampoco tenían televisión pero bueno, tenían buenas vistas. no parecía que recibieran muchas visitas ni tampoco tenían ninguna alfombra a la entrada con un rótulo que rezara “bienvenidos a la república independiente de tu casa”. allí tenían todos sus enseres, todo aquello que necesitamos para vivir. lo imprescindible. lo realmente imprescindible. ropa y comida. si pasabas por su puerta muy temprano podías ver cómo se iban desperezando y salían a la calle para estirar las piernas. se vestían también en la calle debido al poco espacio de su cocina-habitación-salita. su calle era su habitación. se aseaban también a las afueras. todo excepto dormir y guarecerse del frío y quizás hacer el amor, lo hacían en la calle. si pasabas por su puerta al anochecer podías ver a veces cómo llegaban a su casa o incluso los pillabas durmiendo tras una jornada más dura de lo normal. tenían aspecto de ser felices o infelices, ¿qué más da? de haber tenido problema con las drogas o de no tener problemas ¿qué más da? pero su casa, que era su coche, parecía ser lo único que tenían. eran un hombre y una mujer. la mujer era alta y delgada, quizá demasiado, y un día mirándola pensamos que pudieran irle bien algunas ropas nuestras. así hicimos limpieza en casa.
hace un mes hicimos limpieza en casa. esa otra planta baja exterior. colocamos en una bolsa grande ropa casi sin usar-casi usada pero limpia y pensamos dejarla en la puerta de aquella casa, quise decir, coche aparcado a la otra orilla.
pero ayer pasamos por su casa, quise decir, su coche. de lejos vimos que la ventana principal, es decir, la luna (qué poético, si lo piensan…) estaba rajada. la luna estaba completamente partida, como si hubiera entrado el eclipse en aquella casa. la oscuridad. nos acercamos más y sencillamente nos espeluznamos. no olía a ceniza pero todo su interior estaba incendiado. todo su interior y lo que ese ulterior guardaba estaba color ceniza. no olía a ceniza, insisto, pero parecía haber ardido recientemente. todas sus puertas estaban abiertas, ventanas sin lunas. buscamos hasta sus enjutos cuerpos en aquella cocina-habitación-salita y no los encontramos por suerte. eso sí, ahí, quemados, desvencijados y solos, enseñando impúdicos los esqueletos, estaban los muelles de aquellos sofás-camas donde descansaban cada noche. sus reposacabezas parecían deshacerse ante un inminente soplo de viento. zapatos que sólo conservaban las puntas de hierro asomaban en aquel océano de cenizas. un cepillo de dientes que nunca volvería a cepillar ningún afilado diente descansaba sucio en el fondo. todo estaba negro. buceamos con ojos aquella estancia y no entendimos por qué, sencillamente no entendimos por qué.
supusimos que la construcción de aquella casa, el apuntalamiento de los cimientos de aquella casa con ruedas en aquella orilla molestó a algún des-almado vecino, inquilino de su propia casa, de su comodidad y sencillamente prendió fuego a aquello que le molestaba, aquella casa. como el que destruye un edificio porque no quiero tenerlo enfrente y construye el suyo propio en esos mismos cimientos. aquella casa quemada, lo único que parecía tener esta pareja. me pregunto dónde vivirán ahora.

hay dos clases de pirómanos. los que incendian bosquen y luego están los que incendian casas con el alma de sus inquilinos dentro.

les dedico este poema antiguo del pez místico

la casa está ardiendo
la casa en ruinas está ardiendo
no arde sólo la brasa en este suelo de barro
donde vive uno en su mundo comunista
o en ese otro opulento mundo a las afueras
más aletargado de tristeza
la casa está ardiendo
la casa en ruinas está ardiendo
arden los muebles de esta pecera sin agua
las sábanas de agua arden
las paredes de las calles sudan
arden cocinas y arterias
que desdeñan peces incendiados
la casa está ardiendo
la casa en ruinas está ardiendo
¡qué desorden social!
¡era tan imprescindible vigilar el fuego!

3 comentarios:

Albert Lázaro-Tinaut dijo...

Nuria: he notado que "piedad" es una palabra que usas con frecuencia, aunque aún te he leído poco. No hay piedad sin sensibilidad, sin respeto al sufrimiento (de tus peces, de tus vacas...). Aunque quizá no lo hayas pretendido, hay mucha piedad en este relato... y sensibilidad a puñados. Me ha gustado.
Abrazos.

Domadora de Elefantes dijo...

Me alegra leerte de regreso. Me alegran tus relatos del Moncayo y saber que después de andar por el mundo repartiendo tu poesía, como siempre, has vuelto con Puk y con S. a tu refugio de Madrid. No te escribí antes porque he andado (también como siempre) con la cabeza en mil cosas. Pero este relato me ha conmovido. ¿Dónde estará hoy esa pareja?

A ver si hablamos.
Un beso.

nuria dijo...

la piedad puede con todo. sería un arma perfecta Albert. me alegra que te guste aunque hubiera preferido que no existiera, no existiendo así el incendio de aquella casa.

gracia hoy sin falta te llamo. a ver cuándo nos vemos. a veces resulta bien triste que algo que bien podría ser un relato trascienda a la realidad de los días.... pero éste, desafortunadamente ha sido ese caso... existió esa casa existió ese coche y existió su incendio....