miércoles, 10 de junio de 2009

Pandemia del silencio

A tan sólo unos días de la presentación del pez en Madrid, el escepticismo se ha colado como el humo en mis huesos. Y aprovecho ese humo para vestir mi rascacielos como antaño lo hacía. Sin obligación. Sin esperar nada a cambio. Una terapia para la coronilla de mis dedos. La poesía es un arma cargada, simplemente, pero de soledad, no de futuro. Hemos traído el futuro a nuestro presente molesto. Lo anómalo en Madrid es no realizar algún evento literario. Lo extraño sería no firmar en una feria. Somos demasiados y poco buenos. A los buenos no se les escucha, sencillamente se los lee. En soledad. Nos falta silencio. Asolarnos. Nos falta emigrar a una ciudad pequeña, al campo. Nos falta libertad. Aquí somos esclavos de lo que decimos, de lo que hacemos. Nada es como era. Antes éramos emigrantes mudos. Hoy emigramos a gritos. En Madrid hay tanta oferta que una pierde el norte en el sur de sus zapatos. ¿Dónde está el límite? ¿Dónde la calidad en esta vorágine de palabras? ¿Acaso somos lobos? Tengo ganas de semi concluir con esta gira sin actores del pez para poder volver a escribir como siempre he hecho en este rascacielos. Escribir sobre lo que veo, lo que visito, lo que siento. Cada día son más las entradas que te explotan en la cara con citas a reuniones o recitales, incluyendo este jardín antaño florido con otras plantas. Si no estás en esos círculos no eres nada. Sin embargo, tengo tantas ganas de regarlo con otras letras que nada esperen ni a nadie.
Esta mañana he leído a Mayte, amiga y con la que he compartido alguna que otra lectura. La entiendo perfectamente. El dolor de la ausencia de los rostros más esperados. A veces pienso que ante este maremagmun de actividades la gente se despedaza por las calles y pareciera que nadie asiste a nada. Todos bombardeados. Bombardeados y tirados en las aceras con los estómagos llenos de cerveza que no de palabras. Yo no me puedo quejar, ya que a pesar de que no me guste nada la cerveza, la entrada del pez ha tenido buena aceptación, pero digo eso, que a tan sólo unos días de enseñar este cuerpo de pez al público de Madrid, mis manos advierten estas aguas estériles en las que nos movemos en la gran ciudad.
Esto antes no ocurría. Escribías y leías, ávidamente, desérticamente, como si fuera lo último que escribirías en vida o leyeras en vida. Hoy nada es como era. Las calles se han convertido en una pista de carreras. Siempre he escrito en soledad, siempre he leído en soledad. Entiendo la puesta en escena de un libro recién salido del horno; entiendo darle voz a un puñado de palabras mudas escritas a gritos con tus manos. Pero el resto a mí me cuesta. Y es normal, Mayte, es normal que te falten rostros. Hay tantas palabras y actos como líneas de metro en este Madrid subterráneo que sarcásticamente cada vez siento más quieto, más incoherente. Dice M. que es evidente que nada interesa demasiado. Yo creo que nada interesa porque todo interesa. Parece contradictorio pero creo que es así. Nuestros miedos o desespereanzas son como ese plato de lentejas, que siempre repetíamos en domingo y que arrastramos desde aquella infancia donde la muerte no existía. Yo no soy actriz ni represento a ningún actor, por lo tanto acepto humildemente que no me encuentre cómoda enviando mailings de mis próximas actividades para que esa gente bombardeada aglutine su carne en la puerta de una libería. A pesar de eso, me obligo a seguir haciéndolo. Estoy orgullosa de este pez y llevaré sus aguas allá donde haya desierto, aunque vaya repleta de ese miedo a la muerte y a la soledad del que habla M. El mundo obliga. Empuja. Hoy día un poeta no ha de ser sólo un poeta, ha de ser actor, rapsoda, gestor, performer, representante de sí mismo, administrator, apoderado y apoderante, socialmente relacionado, en fin, todo eso que yo no soy ni de lejos. No somos nada de eso. Sólo escribimos lo que vemos. Yo quiero seguir haicéndolo. Seguir escribiendo y probar suerte. Sólo probar suerte. Pero insisto, a tan sólo unos días de la presentación del pez confieso unos miedos nuevos, tan parecidos a los de M. Eso sí, esta vez llevaré mi pez con orgullo aunque tenga de única oyente a mi S. Gracias M. por abrirnos un poco los ojos, o mejor dicho, cerrárnoslos.

4 comentarios:

Jose Zúñiga dijo...

Como escritor (y, de otra manera, pero también como cantautor) , no puedo más que suscribir lo que dices. Como sigamos así nos vamos a perder.

Ejem... Recuerda que nos debemos un trueque. Eso sí es bonito.

Mayte Sánchez Sempere dijo...

Bueno, yo voy a seguir empeñada en disfrutar de la poesía... pero si, tienes razón, nos falta un poco de silencio, de paz, de poner los ojos en los libros y dejar que los poemas nos acaricien solo con su voz interior. Me gustan los recitales, me gusta escuchar poesía... pero esto a veces parece un mercado donde todo el mundo grita a la vez y terminas por no distinguir la carne del pescado ni consigues recordar qué fruta te gustaba.

Nos van a venir bien las vacaciones :)

Un beso grande, nos vemos pronto.

amor y libertad dijo...

estoy de acuerdo en casi todo, la parte de representante de mí mismo también me da pereza, se supone que lo nuestro es escribir, no vendernos luego

y soy el primero que fallo en presencia y el primero que se duele cuando no vienen, pero eso es ser humano, vamos tirando

un beso

lamari dijo...

Me parece acertada tu posición.
Sí, es verdad todo. Pero las reglas del juego son las que son. Si nos situamos en la alternativa, resulta que al final, no es tan trabajoso hacer de performance, feriante, vendedor o gestor. De la misma forma que es un coñazo pero hay que hacer, la cena, las tareas de la casa, ir a la compra, pelearse con el del banco...
Creo que pensar que un artista no tiene por qué hacer determinadas cosas, porque no están relacionadas con su arte, es como pensar que tampoco tiene por qué hacer la cena, las tareas de la casa....
A veces sólo hay que pensar en pequeño para entender las cosas grandes.
La alternativa es hacer todo en silencio...
Y el mundo quedaría privado de nuestras voces, de nuestra mirada única.