Nunca recuerdo cómo se inicia el poema. Por más que lo intento no recuerdo. ¿Una sola palabra, quizá? ¿Una idea fantástica? ¿Qué elemento de mi cerebro es el disparadero para escribir un sólo poema? Lo confieso. Nunca lo recuerdo. Sólo sé que una vez me determino y me sitúo en el mismo centro de ese primer poema, los siguientes nacidos van saliendo fácilmente, sin traumas, sin tenazas en mis ideas que arranquen esa frase que le sigue a otra. No hay más instrumento que ese primer poema. A veces me quedo quieta unos días, sí, pero no tardan en volver a querer ser nacidos. Más tarde, mucho más tarde, un silencio sepulcral que asusta sitia mi útero más estéril. Estéril fiesta a la que asisto como espectadora hasta el siguiente ciclo. Tres, cuatro, cinco años a lo sumo, periodo donde voy guardando en la memoria absolutamente todo aquello sobre lo que escribiría mientras mis manos, ancianas y cansadas, hibernan. Así que en ese periodo desvío mis dedos hacia otros estados pero siempre, siempre en el mismo país.
Pero a pesar de estas manos cíclicas mías, me siento tan bien cuando deciden nacer en el sentido en el que yo quiero que nazcan…, que sólo quiero seguir y seguir mientras voy presentándolos en sociedad. Y buceo en ello con la misma tenacidad que el que siente que hace la última cosa en vida, porque sé que después, algo después, llega el silencio.
Sí, sí, ya lo sé. Puede que todos ellos tengan una muerte segura, ya que todo lo que nace, muere. Puede por tanto, que estas manos mías, como cíclicas que son les den muerte al darles vida, pero me basta pensar que han nacido y les he consentido ver la cara a la muerte. Nacer, imprescindible infinitivo para poder verle la cara a la Muerte.
Ayer fuimos a ver en La Noche en Blanco el último espectáculo de aquélla que nunca nos deja indiferentes, o por lo menos a mí nunca me deja indiferente. Anfaegtelse, de Angélica Liddell.
En cuanto he llegado a casa he buscado sin ojos pero con manos el libro Temor y temblor de Kierkegaard. Tarea muy difícil pues hay muchos en esta gran estantería y colocados arbitrariamente ante una mudanza que hoy ya tiene un mes. En fin, que mis manos, diestras ellas cuando quieren y con un ojo en cada punta del dedo, han encontrado en un minuto este libro. Lo he abierto y he descubierto que está mancillado ya desde antes, perpetuamente subrayado. Tras hojear por encima, de nuevo mis manos no han tardado ni otro minuto en descubrir lo que andaban buscando. Anfaegtelse. Confieso que aún estoy emocionada por la rapidez de mis manos. Y no sólo por su rapidez sino porque justo en esas páginas donde tratan de este concepto estaba ya antiguamente subrayado y reseñado, veo con gusto, que para la posteridad, la posteridad de hoy. Transcribo aquí y de primera mano lo que para Kierkegaard significa este vocablo.
"Kierkegaard llama Anfaegtelse a ese estado en que el hombre se encuentra en el umbral de lo divino; es una especie de horror religioso , de duda o inquietud relilgiosa, de ansiedad o de crisis espiritual ante el misterio de lo absurdo"
Maravillosamente cierto ¿no? Costumbre de filósofos incluso hoy en día, fue dar a ciertas palabras un significado que trascendía el usual. Quiero decir que esta palabra significa etimológicamente inquietud, angustia, tentación, ataque, etc. pero que Kierkegaard aportó muy acertadamente a mi entender, esa interpretación filosófica.
El filósofo sigue admitiendo en el libro, y vuelvo a transcribir, que “cada vez que el individuo, después de haber ingresado en lo general, siente una inclinación a afirmarse como el Particular, cae en una Anfaegtelse de la que únicamente podrá salir si, arrepentido, se abandona como Particular en lo general”. Anfaegtelse en este contexto significa duda o inquietud religiosa. ¡Qué paradoja la fe, pienso para mí.
Supongo que este es el estado de inquietud que Kierkegaard encerró en la palabra Anfaegtelse, insisto, palabra que sin traducción al castellano, logra precisar este estado corporal donde el recurso a la palabra simplemente no está. Su pánico teológico, el de todos nosotros. Tiene razón Kierkegaard cuando sentencia que el dolor puede hacer perder la razón al ser humano... ¡Qué libro éste tan necesario!
“Cuando amamos entramos en guerra, es decir, entramos en Anfaegtelse. Cada uno de nosotros será grande dependiendo de aquel con quien batalló”. Los guerreros antiguos luchaban en silencio, con la espada en una mano y secándose las lágrimas con la otra. Eso les hacía nobles. Lancelot camina, y sólo le vemos la espalda, es la posición más vulnerable, la más propicia para ser vencido” Estas citas de Temor y temblor de Kierkegaard, fueron el disparadero al espectáculo de Angelica Lidell que estalló mis ojos. Para mí una de las figuras más valiosas en el mundo teatral.
Pero a pesar de que Anfaegtelse en danés signifique peligro o angustia, la maravillosamente trasgresora Angélica Liddell sigue defendiendo que Bach en alemán significa río.
ANFAEGTELSE se repite en la pantalla durante esta pieza de vídeo-instalación, angustia en danés nos aclaran, angustia sin recompensa, angustia engañada, angustia sin salvación clama el intenso video en silencio. A Abraham -de nuevo Temor y Temblor, una vez descendido al infierno se le perdona, se le recompensa, no tiene que culminar el sacrificio. ¿Acaso nosotros sí? El sacrificio produciría Anfaegtelse.
Una pieza pequeña pero intensísima proposición la de Angélica. Intensa es la palabra que mejor define a esta mujer. Intensamente cruda. Te descuartiza por dentro. Todo se revuelve en las duras paredes de tu estómago. Los rostros se vuelven extraños ante su mar de carbón. La síntesis de su manera de trabajar vídeo y escena. Síntesis de una moral, la de esta artista, que se cree engañada, tirada, caída, ultrajada, violada de alma y así nos hace sentir a nosotros ante esta sociedad. Su manera de interpretar al mundo cubre todas las esferas religiosas, las sociales, las individuales. Cubre a Kierkegaard. Cubre a Bach. Cubre a David. A un padre. A una madre. Cubre una Nana. Pero es tan necesario siempre buscar un culpable, aunque sea uno mismo, aunque seamos nosotros. El peso de la culpa en uno mismo y la añoranza que quiere ser esperanza de una justicia imposible después de tanta historia, después de tanto tiempo.
Y es que Liddell no quiere que nadie se vaya indifernte después de acabar su propuuesta tan rotunda. Y desde mi punto de vista, desde el punto de vista de mis ojos, lo consigue con creces. Salí empapada de su crítica dura al mundo, a la sociedad del dolor, a la vida al fin y al cabo, como si fuera una carrera de obstáculos de humanos con dorsal, sus columnas. Un juego con miles de reglas bajo el que se esconde una terrible crueldad. Qué violencia visceral, su sexo descarnado y unos textos paridos de su sangrientas manos no dejan de exaltarme exagerada pero maravillosamente, y todo lo que incluso ahora mismo me obliga a reflexionar. Me provocaron sus textos, sus silencios, sus gritos.
Liddell es una actriz inmensa, sin duda para mí lo es. Inmensa. Miseria humana que no nos da ningún respiro. Sus momentos me oxigenaron. Todo era simbólico y a la vez real. Performances agotadoras para la actriz, sin duda.
Salí con la idea perpetua en la mente de que sí, que somos así, como nos define. Somos seres violentos, desde luego, pero sólo somos conscientes de ello cuando Liddell nos pregunta en sus performances.
Como decía Schopenhauer, "No podemos aspirar a ser felices. Sólo podemos aspirar a ser héroes".
Sigo con Temor y Temblor de Kierkegaard en las manos
Ayer fue un día perfecto. Después de una jornada de trabajo donde el jefe reunía a primera hora -como todos los años por estas fechas- a su equipo, después de escuchar sus explicaciones sobre la curva de Gauss, de compras y ventas de libros, libros que sacamos en un tiempo record, después de atender a un jefe que conoce cómo se mueve el mercado de los libros, la competencia, de sacarnos de nuestro trabajo más físico -montar libros de principio a fin- para llevarnos de viaje a ese otro mundo empresarial, competitvo, un mundo donde una entiende por qué algo es así y no de otra manera, después de abrirnos la mente a base de informacón totalmente justificada, hicimos un pequeño ágape -también como todos los años tras el ya legendario discurso-. Cuando llegué a casa S. estaba preparando arroz negro, yo estaba a punto de reventar pero el arroz que preparó estaba tan delicioso que no podía dejar de decírselo a cada bocado de calamar que llevaba a mi boca. El día siguió transcurriendo por ese camino de perfección. Cambiamos de planes, íbamos a acercarnos a comprar algo de ropa de invierno, pero sólo pensar en sacar el coche y la hora en la que nos pusimos en marcha, hizo que nos decidiéramos a quedarnos en Madrid. El viernes pasado yo perdí una chaquetita color mostaza a la que tenía mucho cariño. No he dejado de dar la lata a S. sobre este pequeño desastre físico así que me propuso acercarnos a por otra. De camino al metro volvimos a cambiar de planes. Me acompañaría a la Asociación de Escritores a hacerme socia, por el centro también podría buscar la chaqueta perdida, así que firmé con gusto este planteamiento de día junto a mi S. Una vez en la asociación y tras charlar con la mujer que allí estaba me di cuenta de que hace siglos ya fui socia pero en fin, por alguna razón -seguro que económica- dejé de serlo. A eso de las 7 de la tarde caminábamos hacia la Gran Vía y allí es tan difícil no encontrar lo buscado, que gracias a los grandes ojos de S. en cuanto entramos en la tienda vio en lo alto, tan alto que el dependiente tuvo que coger una escalera, la ya famosa chaqueta. Parece una chiquillada pero S. se convirtió en mi heroína, yo soy tan rápida cuando entro a las tiendas y más si voy sola que jamás se hubieran fijado mis ojos en un tono mostaza allá arriba, tan lejos. Después de darle mil gracias me recordó que un día escribí una entrada sobre un libro de Vladimir Holan , días antes. Y el día que fuimos al Café-Librería Buena Vida recordé que podría preguntar sobre ese título, pero no lo tenían. S. entonces, con la boca pequeña de quien no ha ganado una batalla, me confesó en voz baja, muy cerca del oído que tras leer aquella entrada que escribí buscó dónde encontrarlo. Se tropezó con el título en la Casa del Libro. Iba a regalármelo pòr mi cumpleaños pero es tan difícil que yo no acompañe a S. a algún sitio y viceversa... que prefirió esperar el momento perfecto de un despiste mío para acercarse sola. No pudo ser, pero su confesión me confirmó mi maravillosa sorpresa. Yo la miré maravillada y emocionada y le dije que aunque no pudo ser sólo el hecho de que esa idea entrara entre sus ideas me emocionó hasta tal punto que casi consigue que me echara a llorar. De repente Holan se volvió a convertir en lo perdido pero más ansiado, como aquella chaquetita color mostaza. En fin que ayer a última hora me llevó a la Casa del Libro y tras preguntar por Holan me dirigí directa a la H de Holan en las estanterías que eran barriga de los libros de poesía. Lo encontró S. como siempre, encontró mi maravilloso Una noche con Hamlet y no sólo eso sino que junto a él respiraba un Dolor de este autor del silencio. Por supuesto nos llevamos los dos libros. Ayer era 12 de septiembre, me hubiera parecido hasta simbólico encontrar estos libros cuatro días después, día en que nació el poeta. Ahora descansan muy cerca de mí. Juntos. Y descubro que en lugar de devorar esa Noche con Hamlet, antes de devorar su cráneo miro y remiro su cubierta, y sólocon ver el nombre de Holan junto a ese título ansiado desde siempre hace que me sonría como el que ha ganado una batalla. De vuelta a casa iba como una chiquilla con zapatos nuevos, chaqueta nueva color mostaza y un par de libros hermosísimos uno de los cuales en algún momento de mi vida me formó un poco más para llegar a ser lo que hoy soy. Y como soy una agradecida exacerbada, millones de gracias mi querida S.
Aviso a todos los elefantes: Hoy he cambiado de música. Ryuichi Sakamoto. Me lo trajo a mi ocupada memoria El vals de los elefantes en su baile de ayer, después de casi un mes deselefantada. Recupero de golpe la música de mi querido y casi olvidado Sakamoto y con todo ello recupero ese vals.
Me gusta su nombre. Me gustan las palabras con que Estel define este premio que a su vez hace que recaiga en este Rascacielos: El premio al esfuerzo personal se otorga principalmente a blogs sin ánimo de lucro que contribuyen activamente al fenómeno de la comunicación a través de la blogosfera. Fenómeno de la comunicación. Me detengo ahí. Es hermoso que en este siglo definamos la comunicación, algo tan ancestral ya, como un fenómeno, si quieren, menos típico. Y digo ancestral porque incluso antes de saber que una palabra se sucedía en otra, de saber que a una frase le siga otra y otra y otra más, ya existía la comunicación. Me parece curioso también el momento en el que menciona esta página, justo ahora, que refuerzo mis manos después de meses de silencio, un silencio a voces en el Rascacielos pero que enmudecía mis manos en ese otro campo más poético. Hoy renuevo mis manos. Leo también los parámetros de recibir un premio bloguero. Este es el cuarto creo en esta andadura de mi ventana al mundo. La primera vez nombré a cinco blogs interesantes por una u otra cosa. Las tres siguientes la pereza me conquistó y sencillamente me quedé quieta. Esta vez volveré a nombrar a otros recién descubiertos o más antiguos pero que nunca decepcionan. Necesarios.
A Pura Salceda por sus frases-respuesta lapidarias. Por su infabilidad.
Otro a compartir entre Lauren Mendinueta y Antonio Sarabia, que compartirán con gusto, por su exhaustividad en la información. Su profundidad y su poesía, siempre, siempre exhaustiva.
A Laura Giordani la quiero nombrar silenciosamente por su poesía constante. Porque entre sus letras siempre rezuma el aroma de Pizarnik. Por su frase de cabecera que deberíamos grabarnos a sangre en la memoria.
A Viktor, siempre a Víktor, nombramiento que repetiría una y mil veces
Hacía mucho que no escribía ni un solo verso. Por otro lado nunca he dejado de hacerlo. Hace mucho que escribo, sí, pero a la vez hace tanto de todo… en verso. Escribo, claro que escribo, no dejo de hacerlo, pero un poema, para escribir un buen poema se necesita... ya no sé qué se necesita. La vida está llena de secuencias. Es una sucesión –unas veces ordenada y otras desordenada– de acontecimientos impulsados por una acción-base. Hoy más que nunca vivimos en un mundo de consecuencias, de correspondencias –a veces desastrosas, es cierto, lo vemos a diario en televisión– pero bueno, todo lo que ocurre es impulsado por otro “todo”. Podría escribir sobre tantas y tantas secuencias, y sin embargo, he permanecido en silencio con mis manos rencorosas, mis manos estaban tan mudas ante las barbaries que antaño denunciaban. Esperaré, me dije. Decidí esperar. Esperé. Y mientras tanto, escribí. Ay, esta artesanía poética, lugar donde todo sucede. Cada día son más breves mis poemas: pequeños fuegos para quien anduvo perdida en lo extraño, y sin embargo hoy no me cuesta tanto escribir… Ahora todo me parece tan simbólico para vestir a mis peces... Todo se sucede. Todo acontecimiento se sucede. Todo sirve.
Esta escena pertenece a la película Lluvia Negra de S. Imamura, con música de Takemitsu. Es uno de mis tantos peces místicos. La película es estremecedora. Quedaros hasta el final de esta escena por favor, aunque sólo sea por la música. Aunque sólo sea por la escena.
La familia Shizuma está viviendo en Hiroshima cuando se produce el bombardeo atómico. Yasuko logra sobrevivir a la explosión y consigue escapar de las ruinas radiactivas. Cinco años después, Yasuko está viviendo con sus tíos y su abuela en un pueblo que acoge a muchos de los afectados por la bomba. Sus parientes parecen estar más preocupados por casar a Yasuko, que, a pesar de su buena apariencia, ya ha empezado a enfermar a causa de la radiación. La película es necesario, tremendamente cruda y catastróficamente aterradora. * Filmaffinity.
El año pasado se publicó en español el libro Lluvia negra, del escritor japonés Masuji Ibuse.
La lluvia negra son las partículas radiactivas que hicieron imposible la vida para millones de personas como consecuencia de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Luvia negra. Una capa de ceniza blanca cubriiendo el epicentro de las pieles de las personas. Y sin embargo, había tanta vida aún en aquel río.
El otro día S. y yo paseamos por Mdrid. Íbamos con la dirección terca hacia un café-librería que está cerquita de Ópera. Se llama La Buena Vida, en Vergara 10 (http://labuenavidaweb.wordpress.com). Es un lugar magnífico, de esos que a una le cuesta salir. Lo descubrimos este agosto desde una ventana de autobús. No había semáforos por lo que nos dio tiempo tan sólo a leer el rótulo de la puerta que rezaba La Buena Vida. De no haber sido porque debajo se intuía la frase Café de los Libros, quizá hubiera pasado más desapercibido. Pero eso nos determinó. Al momento comentamos en el autobús que no tardaríamos en descubrir aquel nuevo lugar. El domingo fue el día. Finalmente nos acercamos. Estuvimos hojeando libros y libros cerca de una hora. Profundizando en aquellos estantes recién descubiertos, nos iniciamos y nos introducimos en los mundos más infantiles perfectamente ilustrados. Nos emociona su novedad. Mi relación con ellos nació a partir de dos cuentos que a día de hoy están ilustrando mi hermana, uno y un amigo el otro. No llegarán a buen puerto, pues desconozco los hilos que mueven ese mundo. Pero me emociona más que antes entrar en una librería e ir directa a la literatura infantil, después de haber arrasado la poesía, claro. Compartimos nombres importantes para mí y viceversa. A veces lo comentamos. La de nombres nuevos que se han colado entre mis ideas gracias a S. y de nuevo viceversa. Cultiva en mí su pasión por la gastronomía y por el comic, y hay tanta poesía en ambas... Yo le cultivo mi pasión sencillamente por la literatura. Me muestra con emoción tochos de libros de gastronomía o de chocolate. Yo le respondo con otro de lomo más fino y probablemente de poesía. El domingo, en aquel café, cada vez que veía un nombre extraño e impronunciable en las estanterías de poesía, me decía. Nuria, mira, seguro que lo conoces. Yo me reía y le contestaba, ¿qué pasa, que piensas que conozco a todos los que tienen un nombre impronunciable?
Un primero siempre lleva a un segundo, o lo que es lo mismo, al uno siempre le sigue un dos, o en esa matemática confío. Hoy escribí mi primer poema de un último trabajo fabricado en mi memoria quieta. Un dolor en el ojo izquierdo persigue incansable a mi ojo derecho desde ayer noche. Sólo espero que no le de alcance, se quedarían ciegos. Todo ello tambalea mis ideas, nada quietas por ahora, las circunda, pero hoy he escrito mi primer poema desde hace meses y siguiendo la ecuación de más arriba, espero que éste me lleve a un segundo. En cuanto llegue S. le daré a leer todo lo que haya escrito hasta ese momento futuro, ya que a un momento pasado siempre le sigue su acompañante futuro. Hoy me siento un poco más libre que ayer.
"El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno"George Sand.
Es tan engañoso agosto... Sus días últimos son un golpe. Y este año más que nunca. Me pregunto si hubiera deseado nacer en septiembre. Septiembre es inicio de algo. Agosto cierra el círculo. Epiloga. Recapitula. Resume.
Estoy a menos de un mes del otoño, lírico vocablo. Abro la puerta del jardín para que entre el viento y a estas horas quizá tempranas para un sábado, he visto cómo se despereza mi otoño. He visto cómo bosteza su nuca a punto de despuntarme con su viento. He sentido incluso que podría llevarme su viento si no me resistiera a la tierra. Aspiré y en el olfato he sentido su olor, es inminenta su futuro. Otoño. Otoño se acerca implacable. Sí, sí, pensaréis que aún es pronto pero no por eso dejará de ser. Hoy lo he visto. Lo he tocado en el aire. Lo he tocado con mis pies desnudos. He pisado algunas hojas muertas de los árboles. Antiguamente verdes como la esmeralda mañana amanecerán doradas, pisadas, húmedas, frías. Primeras hojas desfallecidas sobre este anterior camino de estío. El viento hoy las hace bailar aún, pero yacerán tan tercas a su merced...
Llegan los días acortados que vapulearán el ánimo. Mudarán nuestras actividades más veraniegas, allá donde el sol calentaba nuestras almas. La noche caerá como un manto a eso de las 5 de la tarde. Las amistades recién horneadas en un verano antiguo se dormitarán hasta el siguiente. El trabajo se estira mientras las horas se acortan. Se encogerán nuestros cuerpos como en un oscuro ovillo para no dejar pasar el frío ni a nadie, sólo a los de casa. Mudarán nuestros cuerpos. Mudará su vestimenta. Ocuparemos más espacio aún si cabe en este trozo de mundo aquí abajo. Los días se irán lentamente acortando, y el sol dejará de calentar. El frío se apoyará en todas las encías nuestras. Allí, entre dientes. Mientras, el calor del pan, la sangre y el vino poco a poco irá desvaneciéndose. El aire es ahora raíz pero no tardará en volverse más espeso...
Unos tienen el valor de mirar hacia atrás. Yo me acobardo cuando miro hacia delante. La vida es repetición. Gracias a Dios. Volver a pisar charcos de agua en el centro de una ciudad y el olor a lluvia como hoy. Todo tiene su parte positiva para que exista su hermana negativa.
De repente me viene a la cabeza una maravillosa melodía de Fauré, está basada en el magnífico y certero poema Canto de Otoño de Baudelaire (Las flores del mal). A medida que leo este poema, puedo escuchar su tonada. La escuché hace tanto tanto tiempo... tanto como leí a Baudelaire, qué juventud extrema la mía. Ahora la recuerdo amorosamente. Y ahora también, la recupero de golpe en mi memoria. Sobrellevaré mejor este otoño con la voz de Felicity Lott. Ay, el youtube, mi nueva religión, en cierto sentido.
* quiero publicar esta canción de baudelaire bien cerquita de la canción anterior Après un rève, una melodía también muy muy importante para mí y de aquella misma época antigua en que las descubrí. La nostalgia parece un denominador común en ambas. Será el otoño.
Soprano: Felicity Lott
CHANT L'AUTOMNE
Ch. Baudelaire
I
Bientôt nous plongerons dans les froides ténèbres;
Adieu, vive clarté de nos étés trop courts!
J'entends déjà tomber avec des chocs funèbres
Le bois retentissant sur le pavé des cours.
Tout l'hiver va rentrer dans mon être: colère,
Haine, frissons, horreur, labeur dur et forcé,
Et, comme le soleil dans son enfer polaire,
Mon coeur ne sera plus qu'un bloc rouge et glacé.
J'écoute en frémissant chaque bûche qui tombe
L'échafaud qu'on bâtit n'a pas d'écho plus sourd.
Mon esprit est pareil à la tour qui succombe
Sous les coups du bélier infatigable et lourd.
II me semble, bercé par ce choc monotone,
Qu'on cloue en grande hâte un cercueil quelque part.
Pour qui? — C'était hier l'été; voici l'automne!
Ce bruit mystérieux sonne comme un départ.
II
J'aime de vos longs yeux la lumière verdâtre,
Douce beauté, mais tout aujourd'hui m'est amer,
Et rien, ni votre amour, ni le boudoir, ni l'âtre,
Ne me vaut le soleil rayonnant sur la mer.
Et pourtant aimez-moi, tendre coeur! soyez mère,
Même pour un ingrat, même pour un méchant;
Amante ou soeur, soyez la douceur éphémère
D'un glorieux automne ou d'un soleil couchant.
Courte tâche! La tombe attend; elle est avide!
Ah! laissez-moi, mon front posé sur vos genoux,
Goûter, en regrettant l'été blanc et torride,
De l'arrière-saison le rayon jaune et doux!
CANTO DE OTOÑO (traducción)
I
Pronto nos hundiremos en las frías tinieblas;
¡Adiós, viva claridad de nuestros veranos tan cortos!
Ya escucho caer con choques fúnebres
La madera que suena sobre el pavimento de los patios.
Todo el invierno va a entrar en mi ser: ira,
Odio, estremecimientos, horror, labor dura y forzada,
Y, como el sol en su infierno polar,
Mi corazón no será más que un bloque rojo y helado.
Escucho estremecido cada tronco que cae;
El patíbulo que están construyendo no tiene eco más sordo.
Mi espíritu es semejante a la torre que sucumbe
Bajo los golpes del ariete incansable y pesado.
Me parece, mecido por este choque monótono,
Que clavan apresuradamente un ataúd en alguna parte.
¿Para quién? –Ayer era verano; ¡he aquí el otoño!
Ese ruido misterioso suena como una partida.
II
Amo la luz verdosa de tus grandes ojos,
dulce belleza, más hoy todo es amargo,
y nada, ni tu amor, ni tu cuarto, ni la chimenea,
valen hoy para mí lo que el sol que resplandece en el mar.
Y, sin embargo, ¡ámame, tierno corazón!, sé madre
hasta para un ingrato, hasta para un malvado;
amante o hermana, sé la dulzura efímera
de un otoño glorioso o de un sol que se pone.
¡Breve tarea! La tumba espera; ¡está ávida!
¡Ah, déjame que, con mí frente puesta en tus rodillas,
guste, añorando el verano blanco y tórrido,
el rojo amarillo y dulce del final del otoño!