viernes, 14 de agosto de 2009

El loco restaurante de Rose Bourbon

Ayer fue mi cumple-años. Este imperativo que nos obliga a cumplir años me recordó ayer la cita ineludible. Y siguiendo con ese vicio de concebir redondo lo perfecto, ayer, a eso de las 17 de la tarde cumplí con esa cifra "redonda". Cuarenta años. Espero que se cumpla esa ecuación maniática de perfecto = redondo. Aunque menos redondo es decir que he vivido 14.600 días. 350.400 horas. 21.024.000 minutos desde aquella tarde que me caí al mundo. Luego pienso: de todo esto he mantenido dormido a mi cuerpo unas 11.680 horas. Todo es matemática. Es física. Todo está atado por coordenadas. Y durante todos estos minutos ha caminado el tiempo con mi esqueleto. Newton visualizó el tiempo como una flecha que volaba hacia su meta; Einstein, como ese río que avanza contundente y a la vez alejado y sinuoso... Pero al final, pensamos que el reloj no es ni una balsa ni un salvavidas. El pasado viene con nosotros, como una red barriendo peces hacia un centro. Y si el tiempo es río, ¿encontraremos todos la muerte en el agua? Ahora mismo estoy respirando tiempo pero también la decadencia que el tiempo deja. A veces pienso que literalmente, la sensación cotidiana que tenemos del paso del tiempo es una ilusión de nuestras mentes, un tiempo intangible. A pesar de todo, me felicito.

En fin, que hoy me pregunto tras ese arrebato del tiempo ¿lo mejor de ayer? Pues los pasteles de S. que llevé al trabajo y la loca loca loca noche en este Madrid loco en el también Loco Restaurante de la señora Rose Bourbon. Lo encontró el olfato e S. e hice reserva hará más de dos semanas. Nos llamó mucho la atención por la "diferencia". De acuerdo que no es algo nuevo, ya hay muchos restaurantes en Madrid que proponen ofertas de lo más variopinto, pero insisto, éste es todo una sorpresa que lleva abierta escasamente cinco meses (Carrera de San Jerónimo 5).

Nada más entrar ya uno de los porteros, simpatiquísimo, amenizó nuestra entrada con bromas inteligentes. En ese momento miré a S. y supe que íbamos a disfrutar de lo lindo. Nos sentaron dos camareros-actores (Jaimito y Eva) perfectamente caracterizados y que ya nos ganaron cuando nos dirigían a la mesa discutiendo como niños y diciendo: "Las siento yo", "no, las siento yo". "Las siento yo", "No no, las siento yo...". Eran graciosísimos.

La cena en sí fue estupenda. Comimos una tortilla en salsa, ensalada griega, costillas a la barbacoa y wok de verduras. Casi cuando comenzaba el espectáculo trajeron el postre. Nos sirvieron un tiramisú que sólo el dibujo que formaba en el plato encandiló a S. Más tarde nos invitaron a una copa en plena actuación. Yo hacía tiempo que ya había perdido los papeles, no se cumplen 40 todos los días...

EL espectáculo indirectamente comienza en cuanto entras al restaurante. Entre los múltiples personajes que te amenizan la velada destacó a nuestros ojos una mexicana linda llamada Astri (Astrigente) -según nos dijo, y decorada de manera muy creativa, sospecho que elaborado todos por sus manos. Iba de mesa en mesa buscando desesperadamente la pareja de un calcetín. De su vestido y del resto de su cuerpo colgaban mil calcetines de mil formas diferentes, pero había perdido uno y entre lamentos por los rincones. A mí este personaje me encandiló. S. cámara en mano se lío a hacer fotos, así que luego se ofreció a que nos sacaran una a las tres. Los huesos de las costillas ya estaban disecados en el plato cuando dijo poniendo un trocito de pan encima que sacara una foto al plato, a esa naturaleza muerta que ella había montado con esmero y que señalaba con el dedo enguantado. Acabamos hablando de libros bestseller ilustrados con las fotos de S. y que nos retirarían a todos. Era graciosísima y luego nos deleitó con otro número en el que cantaba al calcetín perdido con una sorprendente coreografía. Se despidió en esa primera vez diciendo: Me gusta esta mesa, es muy artística. Más tarde le comenté a S. -¿pues sí se acerca, no? hemos terminado hablando de gastronomía y naturalezas muertas y libros y prólogos.... vaya, nuestras pequeñas facetas diarias...

La segunda coreografía de Astri me gustó aún más que la primera. En esta ocasión atendía al nombre de "Cucharita". Iba vestida de los 70 con unas gafas "Lolita" gigantes y en su vestido en lugar de calcetines ideales, se suspendían miles de cucharitas de helado de todos los colores. Magnífica

Rose Bourbon entre tanto iba de mesa en mesa abrazando, charlando y amenizando el aire de cada estancia. Toda una show woman. No tardó en subir al escenario y hacer un monólogo en el que iba hablando de todas las mesas que estábamos. Después de muchas risas, comenzó su espectáculo musical, a veces eran canciones interpretadas por ella en las que animaba vivamente a todos a bailar y a aplaudir, y otras play back modificando a su antojo la letra. S. y yo ya estábamos bien metidas en danza. Rose se ganó a todas las mesas. Sin duda.

Otro personaje que nos caló fue Jaimito, que con su atuendo de niño tonto sorprendió a todos, a todos, cuando subió su voz al escenario y cantó la copla Y sin embargo te quiero... madre mía qué voz escondía el muchacho... y cómo bailaba, otra coreografía bien trabajada. Luego estaba la "Gótica", también nos gustó mucho ¿cómo olvidarla? su actitud de decir con la mirada: ¡pero os estáis viendo! ¡me dais pena! estaba muy bien conseguido. Actitud que subía incluso al escenario obligada a bailar...

Una noche diferente, fantástica, nos reímos como nunca y hasta acabé bailando en el escenario instada por Jaimito como despedida. Estas fotos lo demuestran...


Hay que ir, de hecho volveremos, solas o acompañadas
*fotos de S.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Un Tito a medias

Si Tito Andrónico hubiera tenido seis actos, William Shakespeare hubiera arremetido contra los espectadores de las primeras filas, y los habría matado con certeros tormentos atroces. Efectivamente, excepto Lucio, no queda vivo en escena ni un solo personaje. Antes de que se alce el telón del primer acto ya han muerto veintidós hijos de Tito. Y a partir de aquí, la sangre corre sin tregua, hasta la matanza general del quinto acto. En esta tragedia hay treinta y cinco cadáveres, sin contar a los soldados, los siervos y los personajes secundarios. Al menos diez grandes asesinatos son cometidos frente a los espectadores. Añadid la violación, el canibalismo y la tortura y la novela negra americana parecerá una inofensiva historia idílica comparada a este drama clásico del Renacimiento. Palabras del crítico Jan Kott en su estudio Shakespeare nuestro contemporáneo, (Varsovia, 1961)...

Pienso que sí, que estoy de acuerdo con esta premisa, pero también pienso que estas palabras hacen clara referencia a la obra de Shakespeare. Pienso también que esto es lo que puede ocurrir en toda propuesta arriesgada: El dicho popular de Arde Roma no se cumplió ayer. No hubo fuegos fatuos, si acaso algún destello. Es cierto que debe de ser muy complicado aceptar un encargo de Shakespeare, y sobrevivir al intento, y más aún aceptar este trato con las más jóvenes manos de un Shakespeare brutalmente enérgico que plantea una guerra sangrienta de familias. El lado más grotesco y oscuro del ser humano. Sin duda, una de sus tragedias más macabras. Ayer estuve viendo Tito Andrónico, un montaje que finalmente no consiguió esa perfección que aún no sé por qué, es concebida redonda en nuestro cerebro, como redonda era la mesa de la escenografía. Un escenario circular que giraba cada vez a más revoluciones a medida que la misma revolución iba poseyendo las almas humanas. Esa misma mesa que apuntaba con invisibles flechas el destino fatal de cada uno de sus comensales. Una tabla redonda como aquella otra legendaria donde se reunían caballeros y espadas para buscar el Grial, aunque en este caso una pena que el Grial permaneciera oculto sorteando el aire exterior.
He leído que esta adaptación prometía litros de sangre y violencia y en fin, exceptuando la actuación de algunos actores contados confieso que esperaban más mis ávidos ojos. No hablo de litros de sangre cubriendo aquel suelo escénico, ni de miembros amputados desparramados allí mismo... Otro tipo de planteamientos algo desajustados, desajustaron mi cerebro y apagaron el fuego escénico que por otro lado, no llegó a encenderse. ¿Zombi? ¿Ebrio? ¿Realmente anciano? ¿Enfermo? ¿O clérigo practicante? Todos partimos de la base de la vetusta edad de Tito, no sólo por su caracterización. Gratuito por ello tanto empeño del personaje en hacer ver al público su vejez extrema una y otra vez. ¿Porqué tanto derroche en hacernos entender esto? Estamos hablando de teatro y de igual forma que no hubo sangre física ni manos reales amputadas ni lenguas cercenadas, de esa misma manera Tito debió dirigir su energía en un campo más interpretativo, no consintiendo dejarse encerrar en ese tono único y quejumbroso que le hacía pensar a una en una línea recta que informa de encefalograma plano, muerte cerebral. En más de una ocasión comenté a S. que el tono de su voz parecía a veces sacado de una orden sacerdotal.
Posteriormente la propuesta de Lima creció con creces "valga la redundancia" en el banquete final. Esta segunda parte dinamizó y despertó ligeramente los sentidos de espectadores como yo. Me quedo con ese ciclón sobrevolando aquella redonda tabla ensangrentada. Me quedo en sus destellos...

A pesar de todo, disfruté en general de la obra. Me gustó, contradictoriamente a lo expuesto. Su escenografía sencilla y giratoria que hacía recordar cómo pueden girar los dos lados de la vida: interpretaciones redondas como el personaje del traidor Moro (Fernando Cayo ), el magnetismo del propio Saturnino el múltiple, que con su aparición a veces neroniana y a veces circense consiguió dar un toque grotesto al fantástico texto, y por supuesto la potente fuerza de la vengativa y no por ello dolorida goda Tamora (Nathalie Poza, que me refrescó la fuerza de también shakesperiana Blanca Portillo poniendo sangre a Hamlet)... el antropófago banquete final... todo ello fue al final como el bálsamo de aceite que se monta al agua líquida y que con tanta facilidad se escapa de la memoria. Consentiré que el aceite flote en mi memoria.


Gracias a G. y P. por sus regalos-.

martes, 4 de agosto de 2009

trama de cuchillas

¿llegaremos a comer hígado de vaca?
sí, sí, lo sé, dicen que es el órgano interno más grande
y que puede llegar a pesar varios kilos
dicen también que en cada cien gramos de hígado de res
hay cuatro gramos de carbohidratos



con una luna de cuchilla corva
como una luna guillotina suspendida en aire
tramaron el corte limpio en la oscura tarde
ya lo hacía antaño el cirujano
y como el carnicero -más mugriento- poda la carne en la jornada
con ese acunado láser de cuchillo
separaron limpiamente la carne de nuestro hueso
para sazonar lo uno y degradar el resto
en esta tundra de hambrientas bocas
pero recuerda, tú eres lo que comes
por eso, por eso la osificación
será siempre nuestra herida elocuente

sábado, 1 de agosto de 2009

El gato excursionista

Ya casi no recordaba el sueño de hoy. No, no ha sido un sueño. Fue real. Ahora lo recuerdo. Mi memoria se ha roto en estas horas. Eran las 5 de la mañana. Me levanté junto a S. para prepararle el desayuno y darnos compañía y alimento para soportar la soledad de nuestras respectivas mañanas. Hacía calor. Abrí los ventanales del jardín ligeramente, muy ligeramente, tanto que por el hilo de la rendija que dejé y que daba al mundo no entraba el cuerpo de un gato. Hubiera tenido que ser humo para colarse. Me despisté unos minutos en el ordenador maquetando un librito que no tardaré en terminar. Cuando me di cuenta de la soledad maciza de la casa, cuando se paró el ruido en la casa, cuando sólo mi aire respiraba en ese espacio, solo enconces me percaté de la escapada del gato P. hacia otro mundo, más verde, más habitado, más ameno, pero sobre todo, más peligroso. P. se había ido a relacionarse a oscuras y con alevosía o puede que con curiosidad y sin consciencia con seres idénticos a él en líneas que no en maneras. La noche era densa, sólo una farola brillaba justo en mi trozo de jardín. El resto, horizontalmente negro, se manifestaba con todo su peligro ante mis ojos. No dudé. Y vestida con lo que dormí, un vestido cómodo a modo de camisón y con la cremallera a medio bajar desobedeciendo la línea de mi columna vertebral, salí tras él. Primero lo hice sin arma alguna. El jardín es muy largo, está acotado con verjas altísimas pero hay todo un bosque de árboles y hojas secas a su orilla. A medida que caminaba con prisa en unas sandalias de playa, la oscuridad iba entrando en mis venas. Volví. Volví con el nombre de P. en los labios. No contestó. Cogí entonces una linterna (que casi no encontré por la excitación de esas mismas venas y volví a lo oscuro. Barrí el jardín con el haz de luz que iba pariendo mi linterna pero no vi nada. El miedo no existía a lo negro. El miedo a haber perdido a P. dominaba mi mente. Por un momento pensé qué diantres hacía yo, sola, a oscuras, a las 5 de la mañana pisando un jardín sin saber qué había bajo aquellas sandalias, qué vida ascendería por mis piernas. No, el miedo no existía.. La preocupación por el gato ausente me infló de un valor que ni ahora mismo reconozco. Barrí el jardín de ida por el camino más transitable, cuando llegué a su extremo, otros gatos parecieron asustarse y huir por otras rendijas que llevaban a su vez a otro estrato, la calle. La calle. Pensé en P. en la calle. Me puse nerviosa, así que volví pero esta vez atravesando ese bosque de árboles, de flores altas y salvajes y completamente a oscuras. Apartando la maleza seca con mis manos ciegas. De repente mi linterna se fijó en dos bolas de luz, brillantes, redondas, allá abajo, a lo lejos, entre más maleza, si cabe. Si no era un gato sería un humano. Pero había vida tras esas lumbres. Enfoqué el aparato de luz y vi agazapado la mezcla de colores blanco y canela de mi P. temeroso. Le llamé. Amorosamente. Pero ante la oscuridad que se cernía, el gato se asustó y salió corriendo todo el camino hasta los ventanales de mi jardín. Allí esperó hasta que llegué yo, asustada, a abrirle de nuevo la rendija por la que se había escapado minutos antes. Le hubiera reñido pero le vi tan asustado..., me bufó cuando intenté acercarme pero acabé alzándolo a la altura de mis ojos, lo abracé y lo besé para que viera que todo había sido un susto. Volvimos a casa.
Ahora, al recordarlo, al ver ese mismo jardín de día, floreado, verde y lleno de viento que saca las voces de las hojas, no me parece el mismo que me mostraba esta misma noche su cara más oculta.

jueves, 30 de julio de 2009

Ludovico Einaudi

Se llama Ludovico Einaudi y confieso que me encanta descubrir músicos nuevos. Su nuevo trabajo, Una mattina, ha sido todo un descubrimiento. En la misma línea de Richter, o Johannsson si acaso, por lo menos a mi caprichoso y longitudinal oído, lo descubrí gracias a G. y P. este pasado fin de semana. Sonaba de fondo en un ambiente cálido y lleno de paz, una casa en las afueras.
No pude resistirme a saber más de él en cuanto llegamos a casa. Después de escucharle no he podido evitar descubrir esas influencias, encontrando similitudes estilísticas de este piano contemporáneo de Einaudi con Philip Glass, las notas dulces pero amargas de Johannsson, la vena folclórica de Yann Tiersen... el elogio de la evolución de Ölafur Arnalds o incluso Mertens. Y al fondo, la luz de siempre, de donde parece que nace todo: Arvo Pärt.

Monday



Primavera



Nació en Turín (23 de noviembre 1955) y es un compositor y pianista moderno que destaca por el desarrollo de frases melodiosas en sus composiciones para piano. Leo que representa uno de los grandes éxitos de la música clásica contemporánea de los últimos años.


He leído también que compuso parte de la banda sonora de Desayuno con diamantes junto al mítico Henry Mancini.

“En general no me gustan las definiciones, pero ‘Minimalista’ es un término que significa elegancia y sinceridad, por lo tanto prefiero ser llamado minimalista a cualquier otra cosa”. -Ludovico Einaudi -

lunes, 20 de julio de 2009

La profesora de literatura

Ésta soy yo de pequeñita. Hoy me he encontrado estas fotos casi olvidadas en el ordenador y me parece increíble que dentro de un mes cumpla 40 años. El caso es que ahora, al mirarlas, me vienen a la memoria las clases de lenguaje cuando yo era esa niña aún años más tarde. Las odiaba. Las detestaba porque la profesora, cuando me sacaba al encerado a leer una redacción, me obligaba a colocarme de pie delante de ella, y ella era gigante. Justo detrás de mi enjuto cuerpo, sus ojos, implacables, persiguiendo bien despiertos cualquier palabra mal leída por mí o sencillamente comida por la prisa que a veces nos mete el miedo. Y luego sus manos, atrevidas, enormes, inabarcables, colocándome una diminuta pero endurecida horquilla oxidada en el poco flequillo terso que se suicidaba desde mi frente y me escondía los ojos ridiculizándome con el gesto delante de la clase. Yo detestaba hacer redacciones por varias razones. Teníamos que hablar de nosotros mismos, de si nuestros juegos eran colectivos (eran raros los juegos individuales como leer o escuchar música en soledad, teníamos que expandirnos, que relacionarnos). En fin, que yo detestaba sobre todo tener que salir no mucho más tarde al encerado y destapar mis juegos porque eran demasiado individuales. Y todo ello subida en una tarima inalcanzable y leerlas a esa altura vertiginosa con una mezcla extraña en la sangre de miedo y vergüenza y pudor. La profesora se llamaba Higinia. ¡Qué nombre más extraño y a la vez qué intenso! eso sí, adoraba a mi hermana pequeña, M. porque sí, ella era de niña sencillamente adorable, era muy buena estudiante, obediente y recatada, equilibrada. Higinia no era mala persona si era capaz de adorar a algo o alguien. Tampoco era mala profesora, probablemente aquel gesto de su mano apartando con ironía y burla mi flequillo delante de aquella clase, probablemente aquel gesto obsceno y atrevido a mis ojos no era tan importante como yo lo imaginaba en mi cabeza aún de arcilla. O puede que sí, que fuera una mala persona que se regodeaba de ridiculizar a una niña de tan sólo diez años. Recuerdo hoy todo esto al ver esta foto. En fin, que a pesar de esa aberracción y ese miedo a hacer redacciones, recuerdo todo esto con cariño porque ¿quién me hubiera dicho a mí que hacer redacciones o escribir y escribir sin descanso se iba a convertir en el juego más importante de mi vida. En cualquier caso, mando un saludo cibernético a Higinia. Hoy me alegro más que nunca haberla tenido como profesora. Porque sin el lenguaje y la literatura sencillamente me sentiría talada. Porque antaño me avergonzaba y me intimidaba hablar fugazmente de mí misma y hoy no caigo en ese reparo pasado y soy clara como una página en blanco aunque a veces me desclare. Quizá fue ella la que despertó ese hormigueo que quemaba mis manos temblorosas. Quizá consideró en su imaginación que yo "apuntaba maneras" y con esa dureza particular tan suya, y tan antigua ya, clavó sus venenosos incisivos de serpiente en las venas de mis muñecas yertas... Quizá sí, quizá no. Quizá mi yo más inconsciente soñaba de pequeña con escribir y hacer redacciones y leerlas en alto y dejar caer mi cabello o apartarlo pero con mi mano, sólo con mi mano.

La primera tarea del poeta es desanclar en nosotros una materia que quiere soñar.
Gaston Bachelard

sábado, 18 de julio de 2009

Pipilotti Ris

Elisabeth Charlotte Rist nació en 1962 en Grabs, Sankt Gallen, Suiza. Desde su infancia siempre ha sido llamada Pipilotti. El nombre hace referencia a la novela Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren (wiki) y sus coloridos y musicales trabajos transmiten una sensación de felicidad y sencillez.

Sip my ocean es para mí una de las piezas más contundentes. Estridente y casi siniestra consigue introducirte con sus colores de agua en su particular mundo.




Ever is Over All muestra a cámara lenta a una joven que aplasta una flor tropical en los cristales de coches aparcados. Una policía se acerca y la saluda. El clip ha sido comprado por el MOMA de Nueva York. Yo tuve la suerte de verla en el Reina SOfía hace ya tiempo aunque no se me va de la cabeza.



En mi búsqueda de la nueva humanidad voy corriendo al bosque y grito de alegría. Los pájaros me ayudan a cantar. Pipilotti Ris

viernes, 17 de julio de 2009

Voces distantes

Ayer fui sin mi testigo S. a la lectura del Oeste Celeste, finalmente me acompañó una amiga y una vez entrada en lío aparecieron más amigos. Disfruté muchísimo con el juego de palabras de Bolo, a Sergio empiezo a adorarle porque es abrazable como las nubes, pero no como las nubes de Bolo, sino como esas a las que te lanzarías desde un avión a muchísima altura por eso, porque sabes que acogen. Eché mucho de menos a S. pero fue una gran velada, sin duda. Hoy tengo los párpados a punto del descenso pero me fui satisfecha de lo leído y lo escuchado. Lectura dispar y diversa, de voces distantes pero que complementaban, los poetas que allí leíamos éramos tan diferentes como la noche lo es del día. Nos acompañaron en cada momento las cuerdas de la mujer que sostenía Chicoria entre sus manos, su guitarra, un artista lleno de dedos. Angela y Sol, dos poetisas que amenizaron la velada con otro tipo de música, más de voz, una propuesta rítmica y gratamente trabajada y Alfonso cuya obra me gustó mucho y que para sorpresa mía, me felicitó por un artículo escrito por mí sobre el Anfaegtelse de Angélica Liddell hace algúun tiempo en este Rascacielos. Yo leí extractos de El pez místico y en la última vuelta algo de Tablas de carnicero. Las Tablas empujan y empujan, en cada lectura lo siento así. No faltaron personas que me felicitaran por mi trabajo y aunque soy el ser más humilde comentarios como los de ayer siempre animan.
Gracias a todos y sobre todo a los organizadores. Gracias a Oeste Celeste, el lugar más azul que todo el azul del mundo.