
De Francis Bacon me interesa esta etapa. La de las manos entablilladas. La de las masas de carne, informes. La de la sangre. Yo sigo encerrada en los símbolos que quiero creer. Todo parece alimentar a mis Tablas de carnicero. Ahora llega Bacon. Lo más salvaje de Bacon. En espacios limitados de un marco donde concentra el horror humano y la angustia. Donde la palabra crucifixión es sinónimo de carnicería. Donde la esperanda de vida futura no existe. Donde el suicidio de su amado cambia su rumbo. Sí. Le interesan a mis manos el Bacon de las imágenes emborradas. Aquellos cuerpos de masa informe que se emborronan, se esparcen por el suelo, deshaciéndose de pieles, nuestras coberturas más superficiales, dejando entrever el alma, lo profundo. Lo oscuro. De Bacon me interesa la sangre. Pero no esa otra sangre de bacon cuando la fríes. La sangre de dentro, más del alma. De Bacon. Me interesar la mesa de carnicero en la que se ha convertido su paleta. Inesperadamente. La de los cardenales horripilantes. La de las cortinas del fondo descendiendo como si fueran mantos de lluvia. Otro manto. Me interesa su animalidad, concebida para él como pura vulnerabilidad del hombre. Me interesa su coleccionismo de fotografías donde el horror de una guerra ha dejado huella en las retinas de sus dedos. Su fuerza dramática. Sus habitantes abandonados a la suerte de un hexágono, antesala siempre de una muerte. Su implacabilidad. Sus caras deformadas y sus pieles deshaciéndose como si estuvieran lanzadas al fuego del infierno. Desparradas desde una silla o un retrete. Deshechas.
Para mí Bacon es emientemente el hombre pero también es eminentemente su soledad. La muerte más brutal, como una patada en la quijada. Un mundo fracturado. Distorsionado, sí, pero tan tan simbólico.

Ya de Picasso dijo: “Picasso me muestra que hay todo un territorio que, en cierto modo, no ha sido explorado, de formas orgánicas relativas a la forma humana que la distorsionan por completo”....
De Bacon me interesa el de los pinceles como salvajes bisturís. El de los seres mitad hombres mitad animales. El de su musa, su verdadero amor, George Dyer. El que representaba toda una forma de vida que lindaba entre la locura y la desesperanza. El de una relación tormentosa llena de violencia verbal y delirio que terminaría trágicamente con el suicidio de Dyer en 1971. El de la muerte más violenta. El de la vulnerabilidad humana como eje central de su vida. El de la muerte, la otra muerte, la propia, su gran violencia, lo encontró en Madrid en 1992, preparando una de sus exposiciones. Tenía 82 años. En entrevistas decía cosas como éstas: «Si se piensa que mis obras son violentas es que no se ha pensado previamente en la vida», o «Nunca consigo ser tan violento como lo que me rodea».
Los críticos asocian a Bacon con la brutalidad y con una sensualidad monstruosa y lacerante. Han dicho de él: «Su pintura es violenta, nadie lo discute, pero también está teñida de desvalimiento, nostalgia y desamparo» o «Sus cuadros muestran un interior atormentado, pero viviendo era un hombre optimista que gustaba disfrutar del día a día».
Un inciso: Cuando su padre se enteró de que era homosexual le maltrató de palabra. A los 17 años le envió a Berlín con un tío que se dedicaba a críar caballos. Un buen día el tío le violó. «Ahí comenzaron todas su pesadillas». Un Bacon que «lo que toca lo destruye, igual que el hombre del siglo XX», escribió el filósofo francés Gilles Deleuze. Bacon rechazó todos los honores. Sólo quería observar a sus semejantes y pintarlos. «Cuando pinto me siento un ser humano», decía.
¡Qué de alimento para mis Tablas de carnicero. Mi propia carnicería. El mundo.


