lunes, 14 de julio de 2008

Amistad y gastronomía

Hoy he comenzado mi primer día de trabajo. Y aunque no considero esta ventana como trabajo alguno, aprovecho mi inicio laboral con la poca verborrea que aún me queda para ponerme al día con este Rascacielos. En el trabajo bien, con los más y los menos en los que los dejé hace ya tres semanas. Me han echado de menos, me han echado de más. Unos me dicen que estoy muy guapa (quemada por el sol), lo cual equilibra a aquellos otros que callan, por lo que nada excepto el vino y el cava se me sube a la cabeza, o quizá todo. En fin, que ese todo sigue igual de bien, igual de menos bien. Ese todo sigue sencillamente igual. La misma disposición en el trabajo aunque en agosto amplían nuestro rincón que cada día se ciñe más a nuestras caderas, estrechando nuestras mentes, nuestras ideas.
S. hoy marchó a Valencia. Me reencontraré con ella el viernes junto a G. y P. dos de nuestros ya grandes amigos para ver por última vez el mar en este verano raro. Hoy lo hablaba por teléfono con otra amiga del trabajo que me preguntaba dónde anduve. Lo interesante de unas vacaciones no es el lugar adonde llevemos nuestros cuerpos. A veces la sociedad te obliga a salir de viaje lejos, muy lejos para desconectar de un mundo que arrastramos con el único fin de sacudirte el invierno de la piel y disfrazarlo de una tez que no durará pero perdurará en tu mente. Eso sí, si no lo haces te tachan de qué sé yo, desde aburrida hasta mezquina, pero la verdad es que nada tiene que ver ni con el dinero ni con la manera de ver la vida. Creo que nos equivocamos, ya que la verdadera esencia de unas buenas vacaciones es estar con aquellos que más quieres, el lugar de destino es secundario, porque el destino está inmerso en nuestros cuerpos, los cuales son vehículos y han sido tan libres en estas tres semanas que hemos recorrido casi sin quererlo ciudades del norte más otras tantas del sur, a veces en casas de amigos otras de familiares, pero siempre junto a quien más quieres. Hemos estado con nuestras tres familias. Estuvimos con mi familia, con la familia de S. y hemos tenido tiempo de disfrutar hasta el infinito de nuestra tercera familia, que no son más que nuestros amigos más recientes pero también más antiguos, aquellos que crees que conoces desde toda la vida, donde sientes que hay consanguineidad además de afinidad. Hemos echado en falta a otros tantos pero este último par de días ha sido concéntrico.
Y este epílogo de vacaciones tuvo su culminación así, en este fin de semana. Nos fuimos de viaje a tan sólo 50 km de Madrid, porque cada vez que se sale de casa se sale de viaje, y eso sí, esta vez junto a todas esas personas que antes mencionaba, esa otra familia elegida por uno mismo, los amigos.

Ha habido buena conversación, buena compañía, y siempre en torno a platos elaborados con cariño, emulando sabiamente la cocina griega. Ha habido panes caseros hechos con todo el amor del mundo, vinos traídos en la espalda de un coche y cava para brindar siempre por la buena compañía bajo un sol de domingo radiante cuyos rayos mantenían unidos a todos los comensales.


Ha sido un finde lleno de naturalidad y de postres que endulzaban la parte más alta de nuestras gargantas, enamorándolas. Ha habido también animales que seguían su curso en el borde de los caminos, otros que convivían con todos nosotros. Ha habido también agua que, encerrada entre los muros de una cuidada piscina ha sido la hectárea de juegos de todos los que allí nos citábamos. Ha habido música recién hecha como aquel pan que mencionaba, donde sonaron violines, palitos de campo con un sonido hermosamente hueco, tambores rotundos, flautas afinadas y tantos instrumentos como manos teníamos.

El domingo fue aún más concéntrico si cabe, pues se sumaron otros tantos ya queridos. Han existido encuentros fortuitos, afinidades, niños maravillosamente ingenuos y puros, que son nuestro futuro más inmediato y que yo me empeño en insistir en cuidar con todas nuestras manos.
El enclave, de nombre mágico, fue perfecto y homenajeo con estas fotos al cocinero y a la que algo tuvo que ver con ese postre que no son sino P. y S. y por supuesto a todos los que por allí pasamos.

jueves, 10 de julio de 2008

Sin palabras

Ya estoy en casa y me acerco a este Rascacielos y aún no sé qué decirle. Necesitaba el calor de estas vacaciones pero también descubro que ese mismo calor ha derretido mis manos. Necesito tiempo para volver a disparar palabras, o esperar al invierno, o a la lluvia, o esperar a que se descuelguen desde la parte más alta de mis dedos, donde supongo que se me han congelado. Debo de ser lenta en este inicio de ejercicio. Lo contrario me sería imposible. Poco a poco, dedo a dedo. Y en la otra casa que es mi cuerpo todo bien, con S. como siempre. Sólo me falta volver, como siempre, para volver a disparar palabras, una y otra vez, y revestir de nuevo esta pequeña ventana.
* foto de internet que me parece se ajusta bastante a cómo se sienten mis palabras, al filo del gatillo.

miércoles, 2 de julio de 2008

El mismo vestido

Hace una semana entraba finalmente el verano en nuestras venas azules de frío. Aquel viernes fue mi último día en el trabajo. Me esperan tres semanas de vacaciones, bueno ya casi dos, y también de incertidumbre que coinciden como siempre con los días de S. Y hablo de incertidumbres porque este año no hemos preparado ninguna escapada aunque ya hemos hecho una...
Antes de conocer lo de las obras, de las cuales aún no se sabe nada, estuvimos en una agencia en busca de una Praga romántica pero en fin, tendremos que esperar a otro año. Así que hoy, último día de nuevo en Madrid, de la que me ausento de nuevo otros cuatro días, descubro desnudo este Rascacielos y antes de que vuelva a permanecer así de quieto, me aventuro a decirle algo para no olvidarme. Tengo pánico a no saber qué decirle, a no volver a escribir ni aquí ni en ningún otro lado. Es un miedo que me llega cuando mis dedos descansan y se alejan de la vorágine de las letras. Pero a la vez es como mi mal sueño, un destino funesto que no quisiera que llegara nunca, por eso, algunas veces, las menos, me obligo a escribir cualquier cháchara para que no se duerman estos temerosos dedos. ¿Qué más da de qué se hable? Tengo que ejercitarlos como el niño ejercita su mente con sus cuadernos de ejercicios de verano. Para que cuando llegue el invierno no le sea tan duro volver a la rutina y mi rutina es escribir.

En fin, que he aprovechado estos días aquí para organizar poemas que tengo sin clasificar y que nadan desperdigados por el escritorio de mi pantalla. He retomado mi mundo de poesía, me he iniciado en vestir de lujo un par de cuentos que tengo aunque creo que nunca los sentiré concluidos. Hemos estado en Valencia disfrutando de familias y sobrinos. Hemos nadado y buceado junto a esos dos pececillos pequeños. Hemos tomado mate para recordar a nuestros amigos viajeros, ahora mismo lo estamos tomando... ahora mismo los recordamos.

Ayer estuvimos de nuevo en el Retiro, nos vestimos con bikinis, comimos allí, descansamos en la sombra, tomamos el sol, criticamos y descubrimos a maleantes que veíamos llegar, a los mirones también, mojamos nuestros pies en ese inmenso estanque lleno de peces inmensos, dimos de comer a los pájaros de nuestros preparados... Más tarde estuvimos en el Corte Inglés y me emperré con dos vestiditos muy bonitos, para equilibrar este mismo vestido del Rascacielos, y que por supuesto S. se adelantó a regalarme sin dilación para mi siguiente cumpleaños de agosto. Siempre me adelanta los regalos.

*la foto es de S. y el pie también (no es del mismo día pero sí es bajo el mismo cielo del Retiro)

miércoles, 25 de junio de 2008

Diálogo de mujeres

DOS mujeres de edad distinta en un mismo lecho
Con la muerte regia de boca en boca
La una con voz suave
Decía que sin la muerte la vida no existiría
La otra temerosa, de esa boca amiga recelaba
De repente se hizo un silencio
Y la muerte le dijo al miedo
-Te toca mover ficha-
Amanecieron abrazadas bajo un cielo rojo
El pecho de la más joven
Escrutaba las sabias curvas de la espalda compañera
Parecían enormes fetos durmientes
En algún añejo y materno vientre
El miedo se colgó por detrás de sus ojos

viernes, 20 de junio de 2008

La ecuación maya

Qué destino nefando se esconde después de una conversación con mi compañero de trabajo D., todo un historiador que no hay mañana con el que no aprenda algo. Ayer hablábamos de la civilización maya. De su profecía del 2012 que algunos interpretan como un fin de mundo. Sé que son una realidad las catástrofes a las que estamos desembocando la raza humana, probablemente por un efecto dominó, pero todo lo añadido a ello y de mano del hombre, me parece algo sensacionalista por lo que soy totalmente escéptica en esto, de hecho desconocía lo que me decía D. de esa profecía, pero hubo una curiosidad, que también compartí con él y que es quizá algo más frívola: casualmente el otro día S. y yo descubrimos cómo multiplicaban los mayas. Si lo ejercitas de manera más o menos continuada puedes conseguir ser un especialista y quedar a tus amigos K.O ante el evento. En cuanto lo probamos y vimos que el resultado siempre era el correcto, S. y yo nos mirábamos atónitas como dos decubridoras que acaban de crear algo nuevo, algo que como véis, es algo que hacían ya hace millones de años. De hecho D. no daba crédito a mis palabras acompañadas de imágenes de líneas cruzadas mientras observaba asombrado que el resultado mío coincidía con el de su calculadora. Hicimos tres o cuatro pruebas. El resultado por supuesto siempre era el correcto. Es muy sencillo de comprender y se puede hasta entender más gráficamente por qué es una x la que marca el signo de la multiplicación. Distingue centenas, decenas y unidades cruzándolas con las demás. Es gráfica su matemática. En ella, el punto siempre es uno. Probadlo cuanto queráis, siempre sale. Probablemente este video haya dado la vuelta al mundo pero S. y yo acabamos como quien dice de decubrirlo.



He probado una y otra vez en el autobús que esto se cumple. Siempre se cumple. La parte más funesta a la que me llevó esta ecuación fue la profecía del calendario maya del que me hablaba D., que dice que en diciembre de 2012 se producirá un gran cambio de era, que algunos se empeñan en llamar un fin de mundo. Y pienso: si esta multiplicación maya se cumple ya desde hace siglos, y yo puedo comprobarlo, por qué habría de estar exenta de credibilidad esta profecía? De hecho todas estas imágenes de más abajo ya suceden hoy día. Los pesimistas hablan de un fin de mundo, los optimistas del final de una era que dará a otra donde los valores del humano se replantearán. Yo, de quedarme con algo, prefiero quedarme con esto último, con este gran cambio universal.



Con todo esto en la mente, no tardé mucho en seguir indagando en profecías, en mayas, en catástrofes humanas, hasta que desemboqué atónita en otra información que me aturdió, ya que nada sería comparable a la erupción de un súper volcán activo, como es el caso del volcán que está bajo el Parque Yellowstone, también comentado la otra mañana con D. La fuerza de la erupción en forma de caldera en Yellowstone equivaldría a 1.000 bombas de Hiroshima cada segundo, y las cenizas y el gas emanado alcanzarían la atmósfera en segundos, provocando un invierno volcánico mundial.
No son temas nada alentadores para mantener a las 7 de la mañana. Tendré que hablar seriamente con D. Le propondré posponer este tipo de conversaciones para más tarde, para mucho más tarde.

A esas horas necesito alimentarme de palabras más alentadoras.

jueves, 19 de junio de 2008

De Madrid a Buenos Aires

Estos son Y. y G. Hace tan sólo dos años llenos de días y de noches que conocemos a Y. Hace algo menos que conocemos a G. Pero esa despedida anunciada que ayer se materializaba era de alguien a quien conoces de toda la vida. Debió de ser la magia del mate. Beber de una misma bombilla une mucho. Hoy nos hemos levantado de agua. De agua con sabor a hierro. A hierro forjado. Amargas como el mate. Hoy nos hemos levantado como siempre, pero quizá con la sensación de una soledad más maciza en esta urbe. Hoy nos hemos descolgado de la cama con una especie de orfandad pero también con más brazos, con más piernas. A las 14.30 h S. venía a buscarme al trabajo, íbamos hacia casa de Y. y G. para despojarles de un último peso que querían dejar en nuestras manos, una televisión, una estantería con la que poder holgar aquellos libros nuestros que mal descansaban horizontales sobre otros verticales, y que hacían del estante una casa superpoblada, un rodillo de amasar prometido de Y. a S. un trozo de mármol donde jugar atemperando chocolate, un plato precioso de cerámica hecho por Y. con todo cariño y cuatro cosas más que llevamos a casa para volver un poco más tarde. En cuanto Y. le dio a S. el plato de cerámica, ésta se volvió a desarmar echa lágrimas Volvimos a las 17 h. Me pareció gracioso. S. y yo a punto de hacer una mudanza y a la vez llenando aún más, si cabe, nuestra pequeña casa. Después de cargar un par de coches, ambos rojos, nos encaminamos en corto viaje hasta Barajas. Unos minutos antes me dispuse a hablar con el matrimonio dueño de su casa aquí en Madrid, vecinos nuestros, para proponer que nos adoptaran en ese mes de desalojo. G. ya había hablado con ellos así que su disposición a ayudarnos en honor a esa amistad fue casi total. Sólo falta concretar fechas y cuestiones más burocráticas. Ya veis, la solución a nuestros problemas llegó del sacrificio de ver marchar a estos amigos echando la vista atrás.

El avión salía a las 22.05 pero llegamos al aeropuerto a las 17 h. Después de esperar un poco para facturar 180 kg que tuvimos que replantear pues se pasaban con creces de lo obligatorio, nos alivió desprendernos del peso. En cuanto vi las siete maletas que llevaban un pasado de cuatro años en España, y que si lo pensáis es hasta poco, pensé en la teoría del desapego del tan leído hindú Krhisnamurti, que defendía que debemos marchar por la vida sin peso, sin apego a nada. Una vez livianos paseamos por Barajas sin alejarnos demasiado y descansamos en torno a unos refrescos y rodeados de buena conversación. A las 20.30 h llegaba F. otro amigo argentino con el que hemos compartido alguna cena especial, todo un vividor que vive al día y que cualquier despedida la ve como un adiós temporal. La despedida en sí no fue tan dura como la planteábamos en nuestras cabezas. El haber convivido con ellos durante casi 5 horas en el aeropuerto amortiguó nuestra pena. Cuando nos abrazamos con eternos brazos, Y. juntó la mano de S. a la mía y dijo: Que esto no lo separe nadie.

En cuanto llegamos a casa quisimos curar el mate que Y. y G. nos regalaron. Ahora descansa esa hierba en un poco de agua tibia para curar esa mágica calabaza. Será un verano lleno de mates con olores que nos traerán de golpe un recuerdo. Unas risas. Un acento.

A estas horas aún estarán allí arriba, en un inmenso pájaro surcando otros cielos. Un pacífico que espero pacifique sus ansias. Llegarán a las 10 h aunque en Buenos Aires sean casi las 5 h de la madrugada. Se fueron de un verano que justo hoy empieza con un calor esperado y van hacia un invierno frío y húmedo de aquellas tierras. S. y yo les deseamos lo mejor que les esté esperando allí.
De camino al trabajo, el autobús pasa delante de lo que fue su casa, será inevitable echar la mirada hacia allí cuando pase. Y pensé que la vida, gracias a Dios, sigue su curso y veo las mismas caras en el autobús, sentadas siempre en los mismos asientos, como si fueran dibujos perpetuos. Esta mañana parecía que todo seguía igual pero cuando miré al cielo inundado de sol pensé en que quizá ese pájaro estaría en ese momento atravesando esa bola de fuego. Pienso también que no es conveniente escuchar a la Callas después del día de ayer.

martes, 17 de junio de 2008

La lógica de los puntos de apoyo

Esta mañana llegaba al trabajo y al bajar del autobús una mujer se abalanzaba sobre mí pero con la única dirección de un suelo húmedo de rocío. Que mis manos no hayan tenido la rapidez para amortiguar su golpe aún ahora me enfada. Me he lanzado a levantar sus añicos de esa tierra dura con esa prisa que no tuve antes pero multplicada por mil. Después de corroborar que no le faltaba ningún hueso y que no descendía líquido rojo de ningún lado de su cuerpo me he encaminado hacia el trabajo bastante aturdida.
Los minutos siguientes una sola idea rondaba mi cabeza. ¿Por qué los humanos están exentos de esa cualidad que tienen el resto de la mayoría de los animales? Me refiero a que somos los únicos o casi los únicos con el apoyo de dos patas sobre esta gravedad terráquea. El resto caminan seguros con cuatro patas equilibrando su peso. A nosotros en cambio, un leve viento nos tira al suelo. Es más, nacemos con esa predisposición, apoyamos nuestro cuerpo aún de arcilla sobre cuatro puntos de apoyo. Escondemos los genitales al mundo para no ponerlos en peligro. Y sin embargo, evolucionamos -o involucionamos- a medida que maduramos, y si lo piensan, todo para teminar en una vetusta postura que nos recuerda aquella antigua naturaleza inical.
Si una pata está en peligro, o se avalanza en el fango, aún quedarían tres para ayudarla. Si esta mujer hubiera tenido cuatro patas, probablemente no hubiera necesitado mis dos manos, que debieran haber sido patas. Pero está claro que todo existe por algo, porque si yo no hubiera tenido dos manos para auxiliarla, sino dos patas, además de no haber podido ayudarla, jamás se me hubiera pasado por la cabeza este pensamiento.
Y pienso en la lógica, que valida una proposición pero siempre de la veracidad de la conclusión a la que se llega. Es decir, que si una de las premisas es falsa, la conclusión de esa proposición válida también será falsa.
“Los mamíferos son animales de cuatro patas. Los hombres son mamíferos. Por lo tanto, los hombres son animales de cuatro patas”. Premisa válida que conduce a una conclusión falsa. Esto me lleva a pensar que todo depende de la argumentación no del contenido.
Otra consecuencia de pensar en esa comparación inicial me llevó de golpe a lo ya comentado. Por qué los humanos llevamos los genitales descubiertos -desencadentante evidentemente de ir a dos patas- a diferencia del resto de los mamíferos que los llevan resguardados, guarecidos y escondidos entre sus cuatro columnas. Qué perfección...
Me viene a la cabeza Rebelión en la Granja, donde un grupo de animales expulsan a todos los humanos y crean su propio gobierno con sus propios mandamientos, acabando por supuesto en una brutal tiranía.
El viejo cerdo Mayor, antes de morir explicó a todos los animales su visión e hizo unas modificaciones de los Siete Mandamientos:
Todo lo que camine en dos piernas es un enemigo.
Todo lo que camine sobre cuatro patas o tenga alas es amigo.
Los animales no deben usar ropa.
Ningún animal debe dormir en una cama con sábanas.
Ningún animal beberá alcohol en exceso.
Ningún animal matará a otro animal sin causa.
Todos los animales son iguales (pero algunos animales son más iguales que otros).

domingo, 15 de junio de 2008

Una tarde de sandalias

Ayer fue un día perfecto. Fue una tarde de sandalias. Una tarde sin chaquetas. En definitiva, una tarde de carne. Una tarde rodeada de personas de carne y hueso. De libros de carne y verso. S. llegó del trabajo a la una y cuarto. No tardamos en comer, tampoco tardé en instarla para que se echara un poco antes de lanzarnos a un mundo lleno de sol. A las cuatro y media salíamos en busca de ese sol que no defraudó nuestros pies desnudos en todo el día. Íbamos llenas de dirección hacia el Retiro. De nuevo la feria del libro. Lo único que diferenciaba ese día del resto era que estrenábamos sandalias, y no porque fueran nuevas sino porque fue el primer día que nos aventurábamos a llevar nuestros pies descubiertos. Nuestros pies eran los nuevos y nos llevaron con vivaces ojos a recorrer la feria de arriba abajo y de abajo arriba.

Nada más llegar ya un título sobresalía con carácter entre tantos más. Mundar. Mi adorado y ya conocido y escuchado Juan Gelman. Sin más mis manos y mis pies desnudos me llevaron a raptar a cambio de unas monedas aquel libro que parecía encerrar tanta vida y tanto mundo en ese infinito creado por Gelman. Mundar, me repetí mirando a S. y explicándola que era un neologismo creado por él y que proveía del ir y venir del Mundo. Mundar. A los pocos minutos ese libro ya venía conmigo viajando en una bolsa. Una bolsa a la que se asomaban palabras recién inventadas, infinitivos imposibles escondidos en mi bolsa, adjetivos nunca vistos, incoherentes verbos magistralmente dibujados y que debieran incluir sin más en el Diccionario de la vida, vocablos todos que en su boca parecían viables...

¿QUÉ SE SABE?
Del poema nada. Llega, tiembla
y raspa un fósforo apagado.
¿Se le ve algo? Nada. Tiende una
mano para aferrar
las olitas de tiempo que pasan
por la voz de un jilguero. ¿Qué
agarró? Nada. La
ave se fue a lo no sonado
en un cuarto que gira sin
recordación ni espérames.
Hay muchos nombres en la lluvia.
¿Qué sabe el poema? Nada.


Caminamos y nos fuimos haciendo con títulos hasta que se hicieron las siete, momento en que Juan José Millás firmaba en la caseta 209. Yo adoro a Millás, S. adora al valenciano que hay en Millás. Así que le plantamos tres libros suyos para que los rubricara. El primero, El Mundo, un regalo del hermano de S. a su padre que nos dejó para leer y que S. le devolverá con unas letras que rezaban: A E. con un abrazo de Juanjo Millás. Esto del abrazo yo lo achaqué a la camaradería de ser valencianista. Los dos restantes, No mires debajo de la cama y El desorden de tu nombre, los firmó uniendo mi nombre al de S. Lo curioso que es que en cuanto se lo dimos le dijimos: estos son para Nuria y para S. conjuntamente. Él sencillamente nos miró, nos escrutó durante un par de segundos y debió de sentir algún tipo de elctricidad. Al momento con un bolígrafo que a mí me pareció mágimente silencioso escribió la siguiente ecuación: A Nuria y a S. con mis mejores deseos de futuro. Juanjo Millás. Mis ojos siguieron la trayectoria de la tinta de su rotulador mudo y me pareció maravillosa la lentitud y el silencio con el que hacía discurrir la enorme y larga "j" de Juanjo, me quedé hipnotizada. Ni un solo ruido en ese deslizar. Ni una sola prisa. Con el tiempo justo con "j". Por supuesto, nos encantaron sus palabras, eran como una especie de profecía, sencillamente porque confiaba en nuestro futuro, lo que dio más vida aún si cabe a una historia.

El resto de la tarde, por supuesto, transcurrió entre risas en la 178, últimamente parece nuestra casa, siempre acaba una desembocando allí cuando más cansada se encuentra, como ese último baño que más disfrutas en un mar o una piscina justo antes de envolver tu cuerpo definitivamente en una gran toalla. Ese baño que suplicabas a tu madre de niña: el último baño mamá, te lo prometo, déjame darme un último baño mamá, por favor, aún hay sol y el color de la tarde es el más hermoso del día. Ese que te dejaba el mejor sabor de boca. El que más disfrutabas y más recordarías. Quizá para distenderse entre risas con amigos importantes, para equilibrar la tarde gracias a un Mono Lolo que tomaba vida de la mano de María Espejo -magnífica ilustradora que da vida a las letras de Gracia Iglesias -autora y amiga que inunda de color al mundo- convirtiéndose en una religión nueva para todo niño que allí se acercara.

Ya marchábamos cuando aparecieron G. madre e I. recién conocida pero ya querida antiguamente. Por supuesto pospusimos la marcha porque he descubierto que a mí me encanta estar con G. madre y descubrí maravillada, que no sorprendida, que también con I. que nos mostró orgullosa a sus princesas C. y A. Y lo hago público para que sepa el mundo el rastro que deja en mí y en S. el olor de esta raza de dos generaciones. El olfato se afina y te guía inconsciente hacia aquellas personas a las que quieres acercarte, atrayéndolas en un destino que te es sencillamente favorable como un viento a favor. Me pregunto si las ramas de mis arterias y las de S. se aferran como una hiedra a los miembros de esta nueva casta dependiente de un solo apellido ante la orfandad inminente de nuestros queridos amigos Y. y su marido G. o realmente hay magia en esta sangre. Quizá la pócima se componga de ambos ingredientes (qué por cierto tiene un alto porcentaje de letras iniciales que se le van sumando...)
En fin, que como colofón a un día espléndido que calentó nuestras almas, a las nueve y aún sin pasar por casa, cenábamos con Y. y G. Hablamos de nuestra infancia, de nuestras travesuras de niños, de amores adolescentes, de amores maduros, de trabajo, de la vida, de viajes, de cuándo iremos a Argentina. Nunca hablamos de cuándo volverían a España. Les enseñamos nuestras reliquias echas libros. Le mostramos las rúbricas de Millás, nuestras sandalias… Éramos felices aunque los cuatro teníamos en la mirada un pena extraña que nos recordaba lo que se avecinaba.
Y lo que prometía ser un día perfecto, finalmente lo fue, por el sol, por nuestras nuevas sandalias que no hicieron herida, por la compañía constante, por la carne de aquellas personas queridas con las que tropezamos, por S., porque entró de golpe el verano aunque aún no sé si definitivamente, por las bolsas cargadas de libros y firmas que a veces asomaban para no olvidarlos... por los libros de poesía de Gelman, los narrativos de Millás y los mundos infantiles de Iglesias y Espejo. Hoy miro al cielo y todo parece volver a la última normalidad donde la lluvia se empeña en amenazar nuestros pies desnudos.

*madre mía, no quiero obligar a nadie a terminar de leer todo esto, es inmensamente largo. Leed la dosis que aguantéis.