Ahora que esta larga semana ha llegado a su fin, ahora que un sol radiante nos vigila desde allá arriba, sólo ahora que esa lluvia es pasado, me atrevo a hablar de ella, a encararla pero desde ese pasado que no volverá. Antes lo hubiera temido por si ella, caprichosa, volviera a sorprenderme de nuevo. Esta ha sido una semana rara, rara como este tiempo ajeno a junio, donde ya el sol debiera de haber aparecido calentando nuestros cuerpos, como nos calentará estos días. La noticia de una desaparición un martes raro. La noticia de otra la mañana siguiente pero acontecida también aquella tarde roja de martes, y miles y miles más que no conocemos. La emoción de S. un miércoles ante la partida de Y. su compañera de trabajo y amiga de golpe nuestra... Su ausencia un jueves noche para hacer esto que aquí digo, despedirla. La noticia de el movimiento de nuestros cuerpos y nuestras pertenencias ante una inminente obra en casa, donde aún nada toma forma, y algo más que seguro me dejo en este tintero, convirtieron a la semana en algo extraño que hizo me detuviera en el camino. Aquella tarde de miércoles S. llegó a casa echa lágrimas. Y cuando S. llantea, yo llanteo asaltada por su pandemia. En cuanto cerró la puerta tras de sí y con el único cuadro de mi imagen de frente, y el resto del mundo tras esa puerta, se quedó quieta con los brazos caídos, bajó también los párpados y se lanzó a mis brazos, materializándose todo este lenguaje corporal en un manojo de lágrimas y nervios. Hace meses que conocemos la noticia de un viaje sin retorno de su compañera y amiga de trabajo, marchan a su tierra, la extensísima Argentina, junto a su marido G. ¿Cómo volveremos a encontrarla en un país tan inmenso? Era ya un hecho su marcha, pero el tiempo que lo acerca todo, acercó demasiado esta marcha. En Madrid eran y añun son amigos, de esos que no ves mucho pero sabes que, sencillamente siempre están, qué sarcasmo pensaréis, dos argentinos en el grande Madrid. Es cierto que en este tiempo se han ido sumando a la escuadra de nuestra mente rostros nuevos, amigos intensos de corazón que queremos rellenen esos huecos. Me pregunto si la vida te da en la justa medida en la que te quita. Quiero decir, que si esos amigos que considero ya del alma tan recientes aparecieron como un preámbulo a la marcha de aquellos más antiguos, para no dejarnos desamparadas en esta tierra que aún tan húmeda está en este mes. En fin, que el miércoles fue el último día de Y. en el trabajo, y en la despedida´-aún la veremos hoy incluso más días antes de partir- las emociones se antepusieron a la coraza que todos queremos llevar dentro para que no hiera el resto. S. lleva siempre bien colocada esta coraza pero ese día sencillamente se le cayó al suelo. Por otro lado, es maravilloso dejar que vean tus ojos humedecidos ante la caída de esa máscara de hierro. La convierten a una en un ser eminentemente de carne.
Hoy pasaremos un día de sol en el Retiro. Tengo ganas de ir al Retiro con S. Tengo ganas de tumbarme al sol y de tomar mate -si se tercia- junto a nuestros queridos Y. y G.
Este poema de Benedetti puede que no venga al caso, aunque en cierto sentido creo que si. Para la coraza de S.
Corazón coraza
Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.
sábado, 14 de junio de 2008
jueves, 12 de junio de 2008
La excusa de Lauren Mendinueta
Ayer, dos horas después de que una enorme tormenta ahuyentara a los gatos que se acercan al jardín para entablar diálogos con P., y de calmar unas inesperadas pero emotivas lágrimas de S., salimos de viaje. Nos alejamos tan sólo unos cuantos kilómetros por esta urbe mojada y cuya humedad trepaba por nuestros tobillos, aún guarecidos por el frío. Estuvimos en una lectura en Los Diablos Azules, magnífico rincón en la calle Apodaca, que tantos recuerdos me trae ya por el bar que se sitúa enfrente, El Bandido doblemente armado. Ya sabéis que no soy mucho de ir a estos encuentros aunque siempre que me acerco acabo por reinventarme a mí misma y negando lo que siempre he defendido, el silencio. Así que son estas veces las que le digo a S. que tire de mí, que me obligue a acompañarla. Que se invente una inexcusable razón por la que ella sí quiere ir y sólo así me arrastre. Sin excusa para mí. Sin derecho a réplica. Por supuesto, nada decepciona de estos eventos.
Pero esta vez la excusa fue la poeta colombiana Lauren Mendinueta. Estuvimos y disfrutamos de una lectura de su último libro, La vocación suspendida. A ella la conocí gracias a estos mundos virtuales que no ponen límites kilométricos. Tengo en la mano y ya en la memoria esta regalada Vocación suspendida y me gustó tanto que a veces tengo que retomarlo a pesar de haberlo ya devorado. En definitiva, una reunión de amigos recién conocidos en torno a una redonda mesa de tertulia, donde se colaron nombres como Darío Jaramillo, que curiosamente presentaba otro acto en el Bandido, Antonio Sarabia o Jose Manuel Fajardo, estos últimos en la misma mesa, y que junto a José Ovejero presentan mañana su libro Primeras noticias de Noela Duarte. Fue una tarde deliciosamente entrañable.
Quiero mencionar algunos poemas que leyó Lauren ayer, muchos preferidos míos. Pertenecen a este libro, cuyo título te invita a seguir y a seguir.
ASÍ PASAN LOS AÑOS
Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.
IGNORADA POR MÍ
La Muerte me despoja del cuero.
En vida, L y su cuerpo son sinónimos;
en muerte, una cosa soy yo y otra mi cuerpo.
Dirán: "Ése es el cuerpo de L",
como si el cuero, que una vez fui yo misma,
y no algo que me representaba o me pertenecía,
de repente careciera de importancia.
Cuando esto ocurra, ¿que podré ofrecer?
la memoria de mi propia care y con ella
la evocación de un alma arrastrádose a la nada.
POÉTICA
Que mis poemas sean ligeros
como hojas vivas
que dibujan formas tenues
sobre muros deslucidos,
es un deseo estúpido,
así lo siento.
Espero más bien,
que sean tan sólidos
como el puente de mis pies
en los sombríos caminos de la tierra
*Hablando de excusas, no quiero que suene a esto pero lamenté muchísimo no haberme podido acercar a una cita inexcusable y prometida. Óscar Aguado firmaba su libro en Amargord el sábado pasado. Mi querido Óscar, tuve que salir de viaje y aún no me he disculpado.
Pero esta vez la excusa fue la poeta colombiana Lauren Mendinueta. Estuvimos y disfrutamos de una lectura de su último libro, La vocación suspendida. A ella la conocí gracias a estos mundos virtuales que no ponen límites kilométricos. Tengo en la mano y ya en la memoria esta regalada Vocación suspendida y me gustó tanto que a veces tengo que retomarlo a pesar de haberlo ya devorado. En definitiva, una reunión de amigos recién conocidos en torno a una redonda mesa de tertulia, donde se colaron nombres como Darío Jaramillo, que curiosamente presentaba otro acto en el Bandido, Antonio Sarabia o Jose Manuel Fajardo, estos últimos en la misma mesa, y que junto a José Ovejero presentan mañana su libro Primeras noticias de Noela Duarte. Fue una tarde deliciosamente entrañable.Quiero mencionar algunos poemas que leyó Lauren ayer, muchos preferidos míos. Pertenecen a este libro, cuyo título te invita a seguir y a seguir.
ASÍ PASAN LOS AÑOS
Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.
IGNORADA POR MÍ
La Muerte me despoja del cuero.
En vida, L y su cuerpo son sinónimos;
en muerte, una cosa soy yo y otra mi cuerpo.
Dirán: "Ése es el cuerpo de L",
como si el cuero, que una vez fui yo misma,
y no algo que me representaba o me pertenecía,
de repente careciera de importancia.
Cuando esto ocurra, ¿que podré ofrecer?
la memoria de mi propia care y con ella
la evocación de un alma arrastrádose a la nada.
POÉTICA
Que mis poemas sean ligeros
como hojas vivas
que dibujan formas tenues
sobre muros deslucidos,
es un deseo estúpido,
así lo siento.
Espero más bien,
que sean tan sólidos
como el puente de mis pies
en los sombríos caminos de la tierra
*Hablando de excusas, no quiero que suene a esto pero lamenté muchísimo no haberme podido acercar a una cita inexcusable y prometida. Óscar Aguado firmaba su libro en Amargord el sábado pasado. Mi querido Óscar, tuve que salir de viaje y aún no me he disculpado.
miércoles, 11 de junio de 2008
When I am laid in Earth
¿Y qué ocurre con los muertos?
Yacen sin zapatos en sus barcas de piedra
Son más parecidos a la tierra
De lo que se pareciera el mar si se detuviera
Rehúsan ser bendecidos
Garganta, ojo y nudillo
Anne Sexton
When I am laid in Earth de la ópera Dido y Aeneas, y compuesta Henry Purcell es una historia basada en la Eneida de Virgilio. Uno de los fragmentos más hermosos es El lamento de Dido (Thy hand, Belinda) cuya profundidad estremece el ánimo. Es un aria para soprano, un aria de escalofriante sufrimiento, pero a la vez desbordada con la delicadeza del vidrio a punto de resquebrajarse, como Dido en ese instante que se lamenta...
Soprano: Jessy Norman, la insuperable e inigualable. Maravillosa.
Me quedo en ella.
Thy hand, Belinda, darkness shades me.
On thy bosom let me rest.
More I would, but death invades me.
Death is now a welcome guest.
When I am laid in earth, may my wrongs create
No trouble in thy breast.
Remember me, but ah! forget my fate.
Tu mano, Belinda
Me devuelven las sombras
Déjame descansar en tu pecho
Mas no lo quisiera
Pero me invade la Muerte
Cuando yazca en tierra
que mis errores no causen
Inquietud en tu pecho
Recuérdame
Pero, ay, olvida mi destino
La muerte es la intimidad que camina hacia atrás derramando nuestras lágrimas, es apariencia, es como esos colores que centellean en nuestros ojos cuando hemos mirado mucho tiempo al sol...
Para G. y P. en este día de lluvia, con todo nuestro cariño.
Yacen sin zapatos en sus barcas de piedra
Son más parecidos a la tierra
De lo que se pareciera el mar si se detuviera
Rehúsan ser bendecidos
Garganta, ojo y nudillo
Anne Sexton
When I am laid in Earth de la ópera Dido y Aeneas, y compuesta Henry Purcell es una historia basada en la Eneida de Virgilio. Uno de los fragmentos más hermosos es El lamento de Dido (Thy hand, Belinda) cuya profundidad estremece el ánimo. Es un aria para soprano, un aria de escalofriante sufrimiento, pero a la vez desbordada con la delicadeza del vidrio a punto de resquebrajarse, como Dido en ese instante que se lamenta...
Soprano: Jessy Norman, la insuperable e inigualable. Maravillosa.
Me quedo en ella.
Thy hand, Belinda, darkness shades me.
On thy bosom let me rest.
More I would, but death invades me.
Death is now a welcome guest.
When I am laid in earth, may my wrongs create
No trouble in thy breast.
Remember me, but ah! forget my fate.
Tu mano, Belinda
Me devuelven las sombras
Déjame descansar en tu pecho
Mas no lo quisiera
Pero me invade la Muerte
Cuando yazca en tierra
que mis errores no causen
Inquietud en tu pecho
Recuérdame
Pero, ay, olvida mi destino
La muerte es la intimidad que camina hacia atrás derramando nuestras lágrimas, es apariencia, es como esos colores que centellean en nuestros ojos cuando hemos mirado mucho tiempo al sol...
Para G. y P. en este día de lluvia, con todo nuestro cariño.
martes, 10 de junio de 2008
Sandalias contra zapatos
Hoy llego a este Rascacielos sin manos, me lanzo de cabeza desde su azotea y lo hago con manos más cansadas, o más ajadas, con más años en sus palmas, con un mapa ya pisado, ya conquistado. Hoy le llego entristecida, desilusionada, gris. A pesar de la belleza que acabo de leer de mi ya querido R. condensando en cuatro frases lo importante que es el amor, defendiendo que las personas afines se conocen mucho antes de encontrarse físicamente. Mi disgusto viene de otra mano. No es un disgusto que mate o que quite un poco más de vida, es ínfimo comparado con las guerras en las que batalla el mundo. Pero es mi pequeña batalla diaria. El día de ayer en A. fue algo decepcionante. Además de tener mucha más responsabilidad, el trabajo se agolpa sobre una sola mesa, la mía, y la pila de libros impresos en papeles enormes entierra mis manos alcanzándome las orejas preguntándose si darán abasto esta campaña. Junto a ello, que es lo que me gusta hacer, en la práctica tengo que hacer mil gestiones para que al fin salga un dichoso libro, con lo tranquila que vivo yo haciendo y deshaciendo libros, con lo silenciosa que me gusta ser en el trabajo. Ahora mi corazón se llena de ruido y desilusión y no me veo por ningún lado recompensada, -y no hablo económicamente, sino personalmente-. Y que no se entienda erróneamente. Yo amo mi trabajo, y eso hoy en día es un boleto en la cartera premiado, aunque nunca se llegue a cobrar. En fin, a toda esa mañana rara de ayer le siguió su consecuente tarde. Una tarde sorprendente en la que antes de que llegara S. a las 6, mi casa se llenó de extraños porque después de casi un año es inevitable, tienen que sanear no sé qué cosas enterradas en el submundo que no vemos, un mundo oscuro lleno de tierra y agua. La casa en sí está toda nueva, 60 metros -que llaman paradojamente loft, porque no tiene muros que separen- con un moderno diseño y unas instalaciones nuevas, y ahora tienen que escarbar su suelo entarimado de arriba a abajo para sanear ese submundo que con toda certeza estará lleno de animales legendarios. Desenterrar el pasado de esta casa. Desenterrar los antepasados que nos antecedieron ¿El problema? que durante 20 días tendrán que realojarnos, madre mía, cómo suena esto, realojarnos, cuántas veces he escuchado esa palabra en el telediario y que tanto me ha asustado siempre... y luego las cosas de casa, todas mías más otras cuantas de S., pues la casa cuando la cogimos estaba completamente vacía. Odio las mudanzas, he hecho muchas en mi vida y en ellas es cierto que he adquirido una gran destreza para hacer y deshacer sobre todo cajas de libros, que son mi historia. Soy rápida en esto. Pero una mudanza, aunque sea temporal, también te obliga a seleccionar de nuevo lo útil -que no lo necesario-, de lo inútil -que a veces es justo lo necesario. Meter tu vida en una caja desencaja y no es un juego de palabras. Volver a embolsar nuestras vidas en cajas, desencaja. Precintar nuestra vida que hoy se encuentra en un punto tan tranquilo, desencaja. Es un ir y venir a no sé dónde. Y todo esto sumado a un realojo -detesto esa palabra- qué no es más que incertidumbre. ¿Será un hotel o uno de esos apartamentos sin carácter que se alquilan por días? ¿Quién realoja a nuestro P.? Y encima todo esto ajustado al paisaje que más amamos, las vacaciones, donde una sólo quiere vestirse de viaje para perder todo el montaje que arrastra de meses y meses de un trabajo que cada día es más denso. En fin, que ayer S. llegaba del trabajo con la ilusión de llevarme a la agencia de viajes a que ajustaran a nuestra cintura un viaje perfecto. Y lo que iba a ser una tarde llena de palabras como playa, sol, monumentos, románticas cenas, viajes en coche o en avión, destapados cuerpos al sol, museos desconocidos, confines y fronteras, se convirtió en una tarde llena de palabras como encofrados, muros de contención, pilastres, cimentaciones, pocería, saneamientos, muros de carga y enyesados.
Entre medias, entre esa mañana llena de horas y la tarde que se avecinaba con esas malsonantes, recibí un relato de una gran amiga que imprimí para leer de vuelta a casa en el autobús, justo antes de que aquellos extraños inundaran con sus enormes y mugrientas pisadas mi casa. Se llamaba Sandalias. Y aquellos maravillosos zapatos descapotables cubiendo tobillos puros y estilizados equilibraron y aliviaron aquellos que no tardarían en llegar como guerreros marchitados, envejecidos y rotos, tan dispuestos a batallar en nuestra tierra particular.
Siempre hay algo que me salva de la hoguera. La vida está llena de curiosidades como ésta.
*foto de internet
Entre medias, entre esa mañana llena de horas y la tarde que se avecinaba con esas malsonantes, recibí un relato de una gran amiga que imprimí para leer de vuelta a casa en el autobús, justo antes de que aquellos extraños inundaran con sus enormes y mugrientas pisadas mi casa. Se llamaba Sandalias. Y aquellos maravillosos zapatos descapotables cubiendo tobillos puros y estilizados equilibraron y aliviaron aquellos que no tardarían en llegar como guerreros marchitados, envejecidos y rotos, tan dispuestos a batallar en nuestra tierra particular.Siempre hay algo que me salva de la hoguera. La vida está llena de curiosidades como ésta.
*foto de internet
lunes, 9 de junio de 2008
Dos mujeres y un destino
Hay tantos caracteres en un solo vagón de metro... Los hay ruidosos, charlatanes. Los hay con un tono excesivo de voz que acaban siendo todo un reclamo en un viaje corto. Los hay descarados que disfrutan atemorizando a los más tranquilos. Los hay exhibicionistas o con una música que molesta al resto. Los hay extraños y atípicos, estos últimos abundan mucho y son posilbilidades infinitas. Los hay lectores de convicción y apasionados pero también lectores que sólo sujetan un libro en las manos que no es más que parapeto a lo que realmente hacen, vigilan. Yo soy un ser muy silencioso cuando viajo en metro. A veces me molesta mi propia música en mis oídos, las lecturas en mis manos porque descubro que disfruto más observando vidas ajenas. Y pienso que podría tirarme horas y horas observando a la gente. Sí, soy toda una vougeur. Soy silenciosa aún cuando voy acompañada de S. ambas nos ensimismamos en la misma historia. Ayer volvía sola a casa y en el vagón en que me encontraba mis ojos se detuvieron, como siempre, en la vida del que se sienta enfrente. Era una chica joven. No era especialmente hermosa, ni mucho menos, pero me pareció especial. Su rostro desmaquillado dejaba entrever sus treinta y muchos años. Escuchaba a una anciana con la que iba, que dí debió de ser hermosa en su madurez, aunque no tardé en descubrir que eran desconocidas fuera de ese vagón. Y mantengo que no se conocían por el lenguaje corporal de la más joven. La anciana le contaba no sé qué cosas mientras ella, que la miraba con toda la ternura que una desconocida mira a una anciana afable, no dejaba de asentir con la cabeza. Me pareció curioso que respondiera con un gesto esperado a la conversación de la anciana. Quiero decir que si la mujer le hablaba de algo divertido, la más joven sonreía tiernamente, pero si le relataba alguna historia más grotesca, ella respondía llevándose la mano a la boca como espeluznada ante una noticia desagradable.
En cierta ocasión, la anciana calló y su mirada se ensimismó en un punto fijo. La joven, ante tal silencio se limitó a girar la cabeza y observar a aquella mujer sentada a su derecha, con una mezcla de extrañeza y de ternura. Como imaginando la vida que pudo llevar aquella inesperada acompañante. Me pareció especial aquella mirada. Yo por mi parte, tampoco podía dejar de mirar a aquella anciana, me recordaba tanto a mi abuela... Toda mujer mayor con flores blancas plantadas en su cabeza y un gesto afable me recuerda a ella y podría hasta llorar de emoción. Pero tampoco dejé en ese corto viaje de observar a la más joven. Se atusaba el pelo tímidamente, con la inseguridad en el gesto ante alguien que no conoce del todo.
Llegaba mi parada, Alonso Martínez, y un cruce de sentimientos contradictorios sitió mi mente. Por un lado no me hubiera bajado nunca para conocer el final de aquel encuentro pero por otro mi prisa por llegar a casa y besar a S. me izaba los pies hacia la puerta.
Mi mirada seguía el curso de aquella historia mientras mis pies se dirigían tercos a la puerta. Mi sopresa llegó cuando la más joven se levantó y la anciana le dijo: Vaya viaje que te he dado, eh? con todas estas historias... La respuesta de la joven, ya levantada y casi junto a mí, confirmó mi teoría de que efectivamente no se conocían. Dijo: Ha sido usted muy amable y ha conseguido que el viaje fuera más ameno. Se despidieron con una mirada no sé si nostálgica, pero con la triste convicción de que jamás, jamás volverían a encontrarse en ningún vagón de metro. Yo caminada justo detrás de aquella mujer y pensaba si en ese momento ella estaría recordando ese encuentro, si pasaría por su cabeza lo que pasaba por la mía, esa tristeza de saber que con toda seguridad jamás se volverían a encontrar. La incertidumbre. La historia terminó cuando los pasos de la muchacha se torcieron a la derecha y los míos a la izquierda. Y como un boomerang, pensé que yo tampoco volvería a cruzarme con ninguno de estos dos rostros.
El metro por todo esto, me parece un lugar de encuentros sorprendentes. Un encuentro con fecha de caducidad pero no por ello menos intenso. Una podría mantener conversaciones o miradas intensas con perfectos desconocidos y con toda la consciencia de que una vez llegado su destino sus pasos se dividirán y no volverán a confluir jamás. Con la convicción de que nunca volverá a ver aquel rostro. Y no entristecenos por ello. Me parece tan mágico.
En cierta ocasión, la anciana calló y su mirada se ensimismó en un punto fijo. La joven, ante tal silencio se limitó a girar la cabeza y observar a aquella mujer sentada a su derecha, con una mezcla de extrañeza y de ternura. Como imaginando la vida que pudo llevar aquella inesperada acompañante. Me pareció especial aquella mirada. Yo por mi parte, tampoco podía dejar de mirar a aquella anciana, me recordaba tanto a mi abuela... Toda mujer mayor con flores blancas plantadas en su cabeza y un gesto afable me recuerda a ella y podría hasta llorar de emoción. Pero tampoco dejé en ese corto viaje de observar a la más joven. Se atusaba el pelo tímidamente, con la inseguridad en el gesto ante alguien que no conoce del todo.
Llegaba mi parada, Alonso Martínez, y un cruce de sentimientos contradictorios sitió mi mente. Por un lado no me hubiera bajado nunca para conocer el final de aquel encuentro pero por otro mi prisa por llegar a casa y besar a S. me izaba los pies hacia la puerta.
Mi mirada seguía el curso de aquella historia mientras mis pies se dirigían tercos a la puerta. Mi sopresa llegó cuando la más joven se levantó y la anciana le dijo: Vaya viaje que te he dado, eh? con todas estas historias... La respuesta de la joven, ya levantada y casi junto a mí, confirmó mi teoría de que efectivamente no se conocían. Dijo: Ha sido usted muy amable y ha conseguido que el viaje fuera más ameno. Se despidieron con una mirada no sé si nostálgica, pero con la triste convicción de que jamás, jamás volverían a encontrarse en ningún vagón de metro. Yo caminada justo detrás de aquella mujer y pensaba si en ese momento ella estaría recordando ese encuentro, si pasaría por su cabeza lo que pasaba por la mía, esa tristeza de saber que con toda seguridad jamás se volverían a encontrar. La incertidumbre. La historia terminó cuando los pasos de la muchacha se torcieron a la derecha y los míos a la izquierda. Y como un boomerang, pensé que yo tampoco volvería a cruzarme con ninguno de estos dos rostros.
El metro por todo esto, me parece un lugar de encuentros sorprendentes. Un encuentro con fecha de caducidad pero no por ello menos intenso. Una podría mantener conversaciones o miradas intensas con perfectos desconocidos y con toda la consciencia de que una vez llegado su destino sus pasos se dividirán y no volverán a confluir jamás. Con la convicción de que nunca volverá a ver aquel rostro. Y no entristecenos por ello. Me parece tan mágico.
sábado, 7 de junio de 2008
De dónde viene el amor
Soy hija de padres separados. Voy a cumplir 39 años y me considero una mujer completa, con todo lo que conforma esa palabra. Amo y me siento amada, no sólo personalmente sino humanamente. Y a pesar de que no existe algo tan duro y triste para unos niños ni por supuesto para los protagonistas de esa historia que una separación, jamás me ha faltado cariño ni amor, ni tampoco me han faltado castigos o regañinas, eso sí, todo esto que digo ha confluido en un solo ser, una madre que hizo las veces de guardián, de madre, de amiga, de hermana, de padre, de policía, de pilar, de tronco, de cuidadora, de loba que defiende a sus cachorros, de educadora, de instruidora, de lectora, de confesora, de enfermera, de consejera... Y lo mismo con mis dos hermanas restantes, a las que adoro con toda la fuerza de la que soy capaz. Somos un solo pino de piña perfecta de cuatro piñones leñosos, claro que a veces se desgrana, pero no tarda en fundirse una y otra vez. Ella ha hecho lo mejor de nosotras mismas, ha conseguido sacar lo mejor de nosotras mismas y hacer de ello nuestro modo de vida. Nos ha moldeado sin ella darse cuenta, hasta estar ahora en este punto. Tampoco añoré nunca en mi infancia el amor de un padre, porque lo tenía en una madre, un niño no sabe de dónde viene el amor, si viene de un hombre al que le llaman padre o de una mujer a la que llaman madre. A un niño sin más, le viene el amor. Claro que hoy en día hay comunicación con mi padre, pero mera comunicación que no transciende. El roce hace el cariño, eso es un hecho. Y si no te rozas, el cariño se ausenta. Y vengo a decir todo esto porque a pesar de reconocer y ser consciente de no haber sentido jamás ninguna falta en mi corazón, sí es cierto que me emociona profunda, muy profundamente ver unos padres, en toda su completitud amando a unas hijas o sencillamente amándose a ellos mismos. Ayer conocí este conjunto matemático del que hablo. Una especie de escalofrío dulce, muy dulce, me recorría las venas, y después de comentarlo con S. puede que me quedara con la desconfianza de si realmente necesité antaño tener esa imagen en mi cabeza. En fin, hoy por hoy estoy muy orgullosa de mí misma, de cómo soy, de cómo siento, de mi manera de ver las cosas, con unos ojos que incluso cerrados pueden intuir dónde están los buenos sentimientos y la belleza. Todo en sí es hermoso, sólo hay que encontrarlo. A veces está un poco más escondido de la superficie pero si escarbas lo encuentras. Todo es completo. A veces me pregunto si mi vida hubiera sido otra, si no hubiera sufrido aquella experiencia quizá yo también habría sido otra y en fin, a pesar del sacrificio, siempre necesario, yo me encuentro feliz de conocerme y de quererme.
Vaya, que yo quería hablar del viaje de ayer. Y cómo no sé de qué manera enlazar las primeras frases con estas restantes, aunque prometo que tienen muchísima relación, sin más contaré que ayer, de nuevo S. y yo volvimos a viajar. Volvimos a ese país de libros en aquella raya del horizonte de un retiro cuyo nombre invita a eso y no a otra cosa, a retirarse. No hay año que no me acerque a ese retiro a bucearme entre olas y olas de páginas, pero este año lo estoy viviendo de manera más intensa. Rostros y nombres nuevos que nos llegan al corazón exaltante, nuevos títulos, más pliegues en mi cara pero que no son más que testigos fieles de lo vivido, unas manos más maduras que buscan ahora la síntesis, a pesar de estas parrafadas o garabateos de cháchara, en definitiva, la vida que marcha... En fin, que llegamos pronto, así que nos tumbamos con el corazón mirando a un sol inmenso que cortaba nuestras miradas en los árboles, más arriba. La recorrimos de arriba a abajo. Por supuesto nuestros pasos volvieron a dirigirnos hacia la caseta 178. De nuevo la noticia. Un nombre importante. Un nuevo libro esta vez infantil de la cuentista Gracia Iglesias, con ilustraciones de María Espejo, reposaba a modo de siesta sobre el stand de Amargord. Hoy salgo de viaje y lo llevaré en mi bolso, no querría leerlo nunca para no terminarlo nunca y alejarlo de las leyes físicas aquellas que dicen que todo lo que empieza se acaba, así que puede que de momento sólo me acompañe en un fugaz viaje.
miércoles, 4 de junio de 2008
Una cascada de muerte
Ayer S. llegó del trabajo y después de besarme se fue directa al ordenador a constatar alguna información que habrían batallado esa misma mañana en el trabajo. Tiene mucha constumbre de hacer esto. Si en el trabajo sale un tema particular y ella, segura del mismo asevera algo pero algún compañero la porfía, ella defiende a muerte su criterio -que suele acertar siempre-, pero no es hasta la mañana siguiente cuando lo aclaran en el trabajo. Así que, son muchas las veces que en cuanto llega deltrabajo me dispara alguna pregunta para mí aparentemente ilógica, no venida a cuento, dada esa hora de las 6 de la tarde, pero sumamente importante a sus ojos, por lo que no tardamos en encontrar lo que buscamos. En fin, como venía diciendo, ayer el tema en su trabajo fue por qué Enola Gay se llamaba así. De dónde provenía ese nombre. Por supuesto la teoría de S. era la acertada. Pocas veces se equivoca, aunque en el trabajo algún que otro pequeño energúmeno le contraríe. Eso sí, la mañana siguiente S. llega triunfante -si se puede llamar triunfante a esa verdad que ocurrió hace más de 50 años- y encara al personaje dándole la buena nueva, que ni es buena ni es nueva. Bueno, después de investigar en una y otra página y finalmente comprobar que su teoría defendida ante el compañero era la correcta, ya nos habían secuestrado aquellas imágenes que espeluznaban. Nos ensimismamos, mejor dicho, nos horrorizamos al descubrir esas ciudades desoladas que son un recuerdo para el mundo y una realidad presente para los que vivieron su historia. Lo uno nos llevó a lo otro, una página abría posibilidades horripilantes en otra, toda una cascada de muerte... Dos palabras, tan sólo dos palabras pero tan llenas de horror y muerte: Hiroshima y Nagasaki. Y lo que comenzó como un juego para descubrir quién de todos tenía razón acabó electrizando nuestra piel dejándonos sencillamente sin palabras.
El video asusta. Te muerde. Te encoge el aliento. A medida que se van haciendo los preparativos, a medida que va cayendo Little Boy descolgándose como un pájaro muerto en el aire, las gentes de más abajo, del mundo, siguen con sus aparentemente sencillas vidas sin ser conscientes de ese pájaro de fuego que se les avecina. Luz cegadora que mata. La velocidad de la muerte asolándolo todo, sin posibilidad de marcha atrás. Un entierro veloz de aquel rincón del mundo. Es una simulación con alguna que otra imagen real, supongo, no sé, eso supongo que es lo de menos, lo de más es el final. Que algo así haya ocurrido hace tan sólo 50 años, me convierte en una verdadera atea del ser humano.
A las 8.15, el bombardero Enola Gay, lanzó sobre Hiroshima a Little Boy, nombre en clave de la bomba de uranio. Un ruido ensordecedor marcó el instante de la explosión, seguido de un resplandor que iluminó el cielo. En minutos, una columna de humo color gris-morado con un corazón de fuego (a una temperatura de 4000 grados) se convirtió en un gigantesco “hongo atómico” de poco más de un kilómetro de altura. Uno de los tripulantes de lo describió así: “parecía como si la lava cubriera toda la ciudad”.
El 9 de agosto, a las 11.02 de la mañana, el espectáculo de la aniquilación nuclear se repitió en Nagasaki. El bombardero lanzó sobre esa ciudad a Fat Boy, una bomba de plutonio, con la capacidad de liberar el doble de energía que la bomba de uranio.
La catástrofe fue absoluta: el fuego y el calor mataron instantáneamente a todos los seres humanos, plantas y animales. En esta zona no permaneció en pie ni una sola edificación y se quemaron además las estructuras de acero de los edificios de concreto. Los árboles fueron arrancados desde la raíz y quemados por el calor. En algunas superficies, como los muros de algunos edificios, quedaron plasmadas las “sombras” de carbón de las personas que fueron desintegradas repentinamente por la explosión.
El efecto psicológico inmediato a la destrucción fue la parálisis. La población entró en una especie de inacción. El terror constante fue el vecino perpetuo de estas gentes. La incursión de un sólo avión en el cielo provocaba el pánico que inmovilizaba. Una cicatriz imborrable.
(http://sepiensa.org.mx/contenidos/historia_mundo/siglo_xx/guerra_mundial2/bombatomica/hiroynaga.htm)
Hiroshima antes y después


Enola Gay, tendrías que haberte quedado ayer en casa... (OMD)
Por todo esto tenemos el deber de seguir escribiendo. Escribir lo que sea, pero seguir escribiendo para ser cronistas de esta historia. Para olvidar en ese intento.
El video asusta. Te muerde. Te encoge el aliento. A medida que se van haciendo los preparativos, a medida que va cayendo Little Boy descolgándose como un pájaro muerto en el aire, las gentes de más abajo, del mundo, siguen con sus aparentemente sencillas vidas sin ser conscientes de ese pájaro de fuego que se les avecina. Luz cegadora que mata. La velocidad de la muerte asolándolo todo, sin posibilidad de marcha atrás. Un entierro veloz de aquel rincón del mundo. Es una simulación con alguna que otra imagen real, supongo, no sé, eso supongo que es lo de menos, lo de más es el final. Que algo así haya ocurrido hace tan sólo 50 años, me convierte en una verdadera atea del ser humano.
A las 8.15, el bombardero Enola Gay, lanzó sobre Hiroshima a Little Boy, nombre en clave de la bomba de uranio. Un ruido ensordecedor marcó el instante de la explosión, seguido de un resplandor que iluminó el cielo. En minutos, una columna de humo color gris-morado con un corazón de fuego (a una temperatura de 4000 grados) se convirtió en un gigantesco “hongo atómico” de poco más de un kilómetro de altura. Uno de los tripulantes de lo describió así: “parecía como si la lava cubriera toda la ciudad”.
El 9 de agosto, a las 11.02 de la mañana, el espectáculo de la aniquilación nuclear se repitió en Nagasaki. El bombardero lanzó sobre esa ciudad a Fat Boy, una bomba de plutonio, con la capacidad de liberar el doble de energía que la bomba de uranio.
La catástrofe fue absoluta: el fuego y el calor mataron instantáneamente a todos los seres humanos, plantas y animales. En esta zona no permaneció en pie ni una sola edificación y se quemaron además las estructuras de acero de los edificios de concreto. Los árboles fueron arrancados desde la raíz y quemados por el calor. En algunas superficies, como los muros de algunos edificios, quedaron plasmadas las “sombras” de carbón de las personas que fueron desintegradas repentinamente por la explosión.
El efecto psicológico inmediato a la destrucción fue la parálisis. La población entró en una especie de inacción. El terror constante fue el vecino perpetuo de estas gentes. La incursión de un sólo avión en el cielo provocaba el pánico que inmovilizaba. Una cicatriz imborrable.
(http://sepiensa.org.mx/contenidos/historia_mundo/siglo_xx/guerra_mundial2/bombatomica/hiroynaga.htm)
Hiroshima antes y después


Enola Gay, tendrías que haberte quedado ayer en casa... (OMD)
Por todo esto tenemos el deber de seguir escribiendo. Escribir lo que sea, pero seguir escribiendo para ser cronistas de esta historia. Para olvidar en ese intento.
martes, 3 de junio de 2008
Cuando apriete la sed
El domingo S. y yo estuvimos en la Feria del Libro, bueno más que en la Feria estuvimos exclusivamente en un rectángulo de desierto de animales exóticos. Deambulamos por la sabana de la charca 178 de la Editorial Amargord. La mujer-elefante y amiga Gracia Iglesias firmaba ejemplares en el oasis de sus “Distintos métodos para hacer elefantes”. Yo no me llevé ni libro ni firma, porque tengo todo eso condensado en las primeras páginas de su libro, devorado hace ya tiempo y que recomiendo sin ninguna duda. Pero eso sí, nos embriagamos bebiendo rayos de sol, vocablos y risas entre juglares recién afeitados y desplegados elefantes naranjas.Una domadora de elefantes-palabras, una planta vivaz de largo tallo con mucha agua contenida a la que todos deberíamos recurrir para beber de sus orillas cuando la sed más apriete, que apretará en este junio donde el mundo se irá agregando.
Poseída eternamente por el elefante que todos llevamos dentro, -el lenguaje- desplegaba sus alas que eran orejas a medida que el público se acercaba a este exótico oasis. Recitaba poemas con su trompa de penacho y en su voz el peso de la sabiduría que arrastran estos seres bondadosos.
En tus manosEl don aterrador de la Belleza
Dormida
Toda la luz
Un látigo de sombra débil
Repta sobre nosotros
Parecido a una planta
Que quisiera brotar de entre la roca
Resucitada al fin
Por este aliento
En la foto con Daniela Guglielmetti y Gabriela Lovera de Sabia Vida Savia.Probablemente a este indómito elefante se le vuelva a ver por la Feria, está a la espera de la presentación de su último trabajo, un cuento infantil ilustrado magistralmente por la mano de María Espejo y también de la mano de Amargord.
*poema de Gracia Iglesias De Distintos métodos para hacer elefantes.
*fotos de Sam
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