martes, 8 de abril de 2008

La voz alta

Gracias a Hugo Izarra -de nuevo le nombra este rascacielos-, he descubierto una versión del aria The Cold Song, de la ópera de Purcell, King Arthur. Mis oídos están acostumbrados a esta aria, la conocen y la adoran, pero hoy he descubierto al grandioso Klaus Nomi en esta magnífica versión. A él le había escuchado pero no así. Hay que escuchar su voz, alta. Su The Cold Song es imprescindible, maravillosamente dolorosa, oscura, deslumbrante.
He leído más acerca de este aria que tan alto llevó la voz de Klaus. He leído que aunque cantaba como tenor, podía además cantar en falsetto, como una soprano. Su voz era asombrosa, y pese a que su maestro de canto le recomendó olvidarse de las notas altas, afortunadamente Klaus desatendió estas advertencias.
También desconocía que el polémico Klaus, con un evidente deterioro físico, interpretó este Purcell, The Cold Song y que en enero de 1983, Nomi, muy enfermo, sufría de una raro cáncer de piel. Su enfermedad todavía no era conocida como el SIDA de hoy. Fue una de las primeras figuras públicas en morir de esa nueva enfermedad, hoy tan antigua. Murió 6 meses después de cantar este Cold Song a la edad de 39 años.
Supo combinar con sumo gusto la música pop y la ópera, entendiendo y conociendo los dos estilos y haciéndolos trabajar juntos.
Nomi, un pequeño destello en medio de penumbras.
Grandioso Klaus Nomi... Es difícil ser un payaso con personalidad robótica y apariencia triste, alemán, homosexual, drag queen, y con una voz tan poderosa que dañaba dulcemente. Realmente llegó a ser el hombre que dijo venir del espacio.




La letra es ésta. Aquí os la dejo. Yo no puedo dejarla ir.

What Power art thou,
Who from below,
Hast made me rise,
Unwillingly and slow,
From beds of everlasting snow!

See'st thou not how stiff,
And wondrous old,
Far unfit to bear the bitter cold.

I can scarcely move,
Or draw my breath,
I can scarcely move,
Or draw my breath.

Let me, let me,
Let me, let me,
Freeze again...
Let me, let me,
Freeze again to death!

Hermandad enfrentada

A mí me encanta volar. Orgánica y mentalmente. He experimentado mil veces ambos viajes. Soy de viento, y de lluvia, aunque digan que soy de fuego. A mí me encanta volar. Porque sólo así no sientes el peso de ese mismo cielo, que cuando adquiere altura, te quiebra, te arquea desde arriba. Me gusta volar, con alas, sin ellas, con gafas, sin gafas ni zapatos. Desnuda de ojos. Me gusta hacerlo con esos que imaginan. Porque no sientes tampoco a su querida hermana, la Tierra, siempre enfrentada y cubierta de sangre que nace y sube por tus tobillos desvirtuándote venas. Mientras, la lluvia del cielo la va lavando. Por todo eso soy de viento, de agua. Ni siquiera estos dos hermanos son espejo donde reflejarse, son tan diferentes como la densidad que hay en ese agua, como la densidad que hay en esa sangre. Cuando uno vuela se acerca más a esa techumbre y los pies adquieren la autonomía para la que debieron ser creados. A mí me gusta volar, no sentir nada bajo los talones, ni nada sobre las cabezas, sólo aire. No tocarte, Tierra, para poder así contradecirte -aunque sólo sea por esta vez-. Para que no creas que siempre y por una traviesa ley grávida, todo cuerpo que no te pisa cae a ti desde su altura. Y así, permanecer, etérea, nivelando rivalidades entre Cielo y Tierra, hermanándolos. A mí me gusta volar, sí, pero a la vez me asustan tanto los aviones... Qué contradicción, pensaréis. Bueno, más que los aviones, me asustan los latidos con rostro y ojos que va engullendo ese ave convertido en titán -como aquella legendaria ballena engulló a su Jonás-, a medida que sus dimunitos cuerpos la van embarcando.
S. ahora mismo está surcando el cielo. Camino de París acorta distancias en un vuelo. París es hermosísima, sí, pero yo hoy sólo le pido a ese pájaro inmenso, que en su vuelo corte con el filo de sus alas, veloces, a esas descencientes de luto, sus nubes negras hoy amanecidas. Aquellas infantiles con las que jugábamos a dibujar dinosaurios. Y espero que con el corte se abra el cielo a todo paso, más abierto, que se abra azul, más azul que todo el azul del mundo, y sea ensenada, bahía de pájaros, nido. Hoy sólo puedo mirar al cielo, y esta mirada me durará hasta que el pájaro llegue a tierra. Por eso, en momentos así, tan de espera, me predispongo hacia ti, Tierra. Porque el cielo, sin mí, me aterra.

lunes, 7 de abril de 2008

Lecturas y caballos

Acabo de recibir unas fotos de la amabilísima mano de José Naveiras, con el que compartí el lunes espacio y versos y con el que ahora quiero compartir caballos. Y digo amabilísima porque no lo esperaba.
En fin, las fotos pertenecen a la presentación de la Antología de Poesía Hispanoamericana, que tuvo lugar el pasado lunes en el café Bandido Doblemente armado. Le conocí particularmente ese mismo día y me alegra y me gusta lo que él dice de sí.

Él mismo dice de sí
Me gustan las cerezas y subir a las nubes y desde allí poder observar sus sueños. Me gustan las flores cuando me marcan el camino a seguir y también su pelo cuando huele a besos. Me gustan las noches en las que su recuerdo no deja que me duerma. Me gusta si me sueña o si me nombra. Me gustan los abrazos con sabor a ducha, las caricias con olor a champú, los besos que suenan a agua. Me gustan las canciones que nos dicen lo importante que es el amor. Me gusta la droga de su piel, sentir que aunque no esté, la tengo a mi lado. Me gusta entrar cuando aún no se ha despertado y salir sin que tenga que pedírmelo. Me gusta plantar flores en sus pensamientos. Me gusta verla escuchar mi voz, aunque a veces yo no sepa lo que digo.
Ah, también me gusta el chocolate.
Pero nunca me han de gustar sus atardeceres, ni sus tormentas. No me gustan ni gustarán, los celos, ni los miedos. No me gusta haber desaparecido sin haber estado. Desprecio los ratos tontos en los que sin querer, hago daño. Detesto las caricias frías, los abrazos lánguidos y los besos trasnochados. Odio hacerla daño si salgo, odio si le duele porque no entro. No me gusta, no, pensar que ya no está o que no estará. No quiero olvidar abrazos. No me gustan las patatas.
Y yo le agradezco que me haya recordado aquel día. Le dedico este poema de María Antonia Ortega. Para mí es especial.

El caballo
La luz es
una ciega desnuda.

Por qué razón habrá el caballo
de parecernos siempre desnudo,
y no el ganado vacuno.
Pues hay una desnudez
que también nos cubre
como un vestido
con las manos de dios
sobre nuestra piel,
nuestra boca,
nuestro sexo.
Es la luz
donde la luz es lo único
al manifestarse en cada ser
fiel a sí mismo
en la forma pura de las cosas.
Y es el caballo
uno de los seres
más idénticos a sí mismos.
La mirada es una danza con los pies atados.

sábado, 5 de abril de 2008

La ola

Hoy recupero este artículo de Manuel Vicent, yo lo descubrí un día con forma de página de periódico y sujetando con un imán la puerta de un frigorífico. Deberíamos recurrir siempre a él cuando la pena nos tira al suelo y el mamífero de la tristeza se instala en el país de nuestros cuerpos. Me gusta mucho, porque creo fervientemente en él y lo he reescrito a veces para que vuele cíclico por el mundo y se vuelva lluvia haciendo más sabio al mundo. Y esta vez recurro a él, o mejor dicho, él me recurre a mí para todos los que vean venir ese gran lamento de ola hacia su cuerpo en estos instantes y les sirva en cierta manera de ayuda, y muy en particular para A.L. por este momento raro que ya le dura casi tres días, aunque en fin, no creo que llegue a leerlo. Quizá si el resto lo leemos, las energías del agua se aúnen a su favor.

El mar sólo es un conjunto de olas sucesivas, igual que la vida se compone de días y horas, que fluyen una detrás de otra. Parece una división muy sencilla, pero esta operación, incorporada a la mente, ha salvado del naufragio a innumerables marineros y ha ayudado a superar en tierra muchas tragedias humanas. Recuerdo haberlo leído, tal vez, en alguna novela de Conrad. Si en medio de un gran temporal el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concreta que se acerca y dedica todo el esfuerzo a esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero. Como las olas del mar, los días y las horas baten nuestro espíritu llevando en su seno un dolor o un placer determinado que siempre acaba por pasar de largo. Cuando éramos niños desnudos en la playa no teníamos conciencia del mar abstracto sino del oleaje que invadía la arena y contra él se establecía el desafío. Cada ola era un combate. Había olas muy tendidas que apenas mojaban nuestros pies y otras más alzadas que hacían flotar nuestro cuerpo; algunas llegaban a inundarnos por completo con cierto amor apacible, pero, de pronto, a media distancia de nuestro pequeño horizonte marino aparecía una gran ola muy cóncava adornada con una furiosa cresta de espuma que era recibida con gritos sumamente excitados. Los niños nos reparábamos para afrontarla: los más audaces preferían atravesarla clavándose en ella de cabeza, otros conseguían coronarla acomodando el ritmo corporal a su embestida y quienes no veían en ella una lucha concreta sino un peligro insalvable quedaban abatidos y arrollados. Con cuanto placer dormía uno esa noche con los labios salados y el cuerpo cansado, abrasado de sol pero no vencido. La práctica de aquellos baños inocentes en la orilla del mar es la mejor filosofía para sobrevivir a las adversidades. El infinito no existe, el abismo sólo es un concepto. Las pequeñas tragedias de cada día se componen de olas que baten el costado de nuestro navío. La única sabiduría consiste en dividir la vida en días y horas para extraer de cada una de ellas una victoria concreta sobre el dolor y una culminación del placer que te regale. Una sola ola es la que te hace naufragar. De esa hay que salvarse.

viernes, 4 de abril de 2008

El dibujo de la musica

Ayer S. y yo estuvimos en el Auditorio escuchando el Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov y la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Lo dirigía magistralmente Dimitar Panov. Sacar entradas a escondidas del mundo para sorprender a alguien me cuesta tanto como respirar continuadamente bajo el agua. Y llevo una semana que me sangra la boca de morderme continuadamente la lengua para no contarlo. En fin, ya es pasado y lo cuento. El lunes, a las 6.30 de la mañana esperaba el autobús que me llevaría al trabajo. En el banco, aparte de una mujer y justo en su otro extremo descansaban unos recortes de prensa de un periódico. Lo recogí sin preocuparme de qué periódico eran, pues sólo quería distraerme mientras esperaba. Eran de la sección de cultura, arte y espectáculos en Madrid. En cuanto lo coloqué delante de los ojos, un anuncio resaltaba del resto. Concierto nº 2 de Rachmaninov. Me puse hasta nerviosa, mis manos temblaban y sus dedos no acertaban a sostener estas páginas contra un viento amanecido. Yo quería leerlo una y otra vez ávida y de pie en aquellas tempranas horas. La mujer que estaba al otro extremo me miraba extrañada. No quise seguir leyendo quién completaba el concierto, pero me decidí a conseguir entradas en cuanto me fuera posible. Luego vi el día. Jueves 3 de abril. Para S. y para mí el número 3 siempre tiene color de aniversario.
El concierto en sí fue maravilloso. En cuanto la pianista rozó las primeras notas de Rachmaninov me sentí un ser privilegiado, por la música descolgada, la compañía, la vista que tenía delante de los ojos, aquellos instrumentos que al compás se movían descargando sus notas. El director parecía ir poco a poco dibujando la música a medida que danzaba su batuta. Era magia. Como si el círculo que formaba la disposición de la orquesta fuera una paleta, la pianista el lienzo y la batuta el pincel con el que poco a poco se iba reflejando en el techo la imagen de la música. El concierto estuvo a cargo de cuatro manos de la pianista Tatiana Liaj, y digo cuatro manos porque llevaba un hijo dentro de ella. Me pareció un detalle tan especial. Le comenté a S. que ese niño, o quizá niña sería un ser especial, sin duda. Rodeado de la música que directa tomaba la trayectoria de las manos de la madre hasta su vientre así como de unos aplausos posteriores que calentaban las paredes de sus entrañas.
Nunca había estado en el Auditorio y yo nunca jamás fui a un concierto de música de Rachmaninov. Quedé, cómo deciros, encantada. S. igualmente quedó encantada. Quedó encantada con la experiencia, quedo encantada con Dvorak. Quedó encantada de ver la cara de imbécil que se me ponía cuando sonaba mi Rachmaninov, diciendo pones la misma cara que la pianista, vamos de traspuesta. En fin, que quedamos sorprendidas. Todo fue maravilloso. S. se acercó a mi oído a los primeros compases de Dvorak y me susurró: Lo siento por tu Rachmaninov pero a mí me gusta más esta pieza.
Respecto a Dvorak, decir que esa sinfonía en concreto creció conmigo desde bien joven, recuerdo que la escuchaba una y otra vez. Pero la tenía tan olvidada que volver a reencontrame con ella me sacudió la cabeza hacia aquella adolescencia. . Así que fue día de aniversario y de estreno. Con S. siempre me llena de color estrenar algo. La música nos transporta.

jueves, 3 de abril de 2008

Manzanas de colores

Ayer por la mañana en el trabajo mi compañero trajo para comer a primerísima hora de la mañana una manzana. Lleva dos días trayendo esta fruta. La primera era una golden verde que brillaba mojada como brilla la esperanza húmeda en la tierra. Descansaba regia y recién mordida sobre su mesa. Como muerta. Condenada a un definido futuro. Esperando algo más de vida en el siguiente asalto dental que dejara su latido a la vista. Su color y su interior se abrían a todos aquellos ojos que espectantes, esperaban verle el corazón. Era tan fresca por dentro, que no pude resistirme a hablarle a ella a través de él. Le dije, D. ¡Qué bonita imagen! Tu manzana, ahí, esperando, recién mordida. Él me ofreció probarla. Es cierto que se ensancharon mis mandíbulas en cuanto me lo dijo, como se le ensanchan a una cuando introduce un trocito de chocolate en su boca, y todo se vuelve agua, pero preferí que quedara consagrada a los mordiscos de una sola boca fiel, la suya. Así que al momento la cogió, me sonrió y le dio un segundo bocado. Entonces, el sonido se esparció por el ambiente hasta llegar alto y claro a mis oídos y acabar desparramado y en eterno eco sobre el horizonte de un suelo seco. Así que yo seguí diciendo en alto pero como para mis adentros: Ay, y ese sonido. Esa música. Qué bonita suena su textura...
El segundo día que trajo esta fruta se decidió por una manzana roja. Su color me traía el ocaso a la retina pero a la vez parecía tan diurna su compostura... A diferencia de aquella golden antigua, su sonido era más hueco, más seco, definitivamente cóncavo. Como si los dientes -aquellos decididos- supieran exactamente dónde establecer el certero golpe. Pensé que si el sonido tuviera color, hubiéramos visto miles y miles de partículas rojas por el aire que se mezclaban con la energía, que también es de colores y que teñía tan artísticamente el ambiente de unas paredes quizá, algo más grises. Imaginé el paisaje y me ensimismé.
Para mí la manzana siempre ha sido especial. He llegado a veces hasta tener sueños en los que la protagonista reveladora era ella. En cierta ocasión, creo que ya lo conté por aquí, soñé que tenía cuatro o cinco en mi bolso y relucían llenas de vida, llamándome. Cuando conté el sueño, me dijeron que las manazans traían ricas tradiciones, el pecado, la fertilidad, el sexo, vaya, y un sinfín de cosas más. Luego leí que soñar con hermosas manzanas -y garantizo su hermosura- era un buen presagio. En fin, que después de este diálogo interior en alto, ahora pienso que no dejan de sorprenderme los destinatarios de mis ojos, algunas veces minúsculos y aparentemente sin vida, como una manzana y otras llenos de la vida que quiero otorgarles. A veces creo que soy más rara que un perro verde, o como esas manzanas golden que encabezan esta historia, pero en fin, a mí me encantan los colores y particularmente el verde -equilibra mi lado negro, el catastrófico-, así que nunca dejo de estar en mi hábitat. Es más ¿que pensaríais si os dijera que en esa misma semana mi compañero trajo una zanahoria preciosa y rabiosamente naranja para comer también a pimerísima hora? ¿Y si os diría que hoy ha traído unas fresas de un rojo orgiástico? Yo pienso que el mundo está lleno de color y de variedad.

Por cierto, un inciso entre manzanas.
Mil gracias al querido Hugo Izarra por querer ampliar el premio Arte y Pico a la creatividad y diseño de su blog que le acaban de otorgar y a su vez nominar con el mismo premio a algunos más y entre ellos este pequeño Rascacielos. Gracias Hugo.

miércoles, 2 de abril de 2008

Oscar Aguado

Recupero un poema del poeta Óscar Aguado, el día que conocí a Óscar todo cambió. Y en cuanto tocó la primera nota de un verso lo entendí. Fue en la presentación de la anterior Antología de poesía hispanoamericana. Me gustó tanto que le dije a S. que necesitaba decírselo. Hacérselo saber. Siempre nos dicen las cosas menos buenas, ¿por qué las buenas, las que te gustan no debieran llevar esa misma dirección, y llegar a su destinatario? Fue imposible no acercarme para decirle, y decirle con toda la sinceridad del mundo: Óscar, me encanta cómo escribes, sólo quería que lo supieras. Era algo tan necesario... Si soñamos con alguien debemos decírselo en cuanto le vemos. Acercarnos a esa persona a la mañana siguiente y tan sólo decirle: Hoy he soñado contigo. Tenía que decírtelo...

En fin, que esto vuelve a confirmar y a reafirmar que debo acercarme más a estos eventos. En sus poemas está todo lo esencial. Este es tan sencillo como maravilloso.

Recuérdame que te arrope los pies
que te compre naranjas
y te achique el agua
que te ahogue con besos y pan
que te prepare pasta
te queme el horno
te pele la fruta
te encienda el gas
que llene las copas de agua de vino de ron
que no se te olvide que mi pie vive rozando tu pie
que los lunares de tu espalda no me dejan pegar ojo
recuérdame así que te haga perder los estribos
y pierdas también la armonía
y alcance tu tecla de jazz
recuérdame Rocío
que ponga al sol la mañana
que se limpie tu vientre de los pozales de la noche
que te bese los labios
y te prepare el café
que te dé los buenos días.

martes, 1 de abril de 2008

La voz rota

Ayer fue un día de encuentros. Ayer fue noche de reencuentros. Se presentaba la vigésima primera edición de la antología Nueva Poesía Hispanoamericana en el Bandido doblemente armado y tuvimos que ir S, y yo para leer unos poemas allí antologados. No soy nada de acercarme a lecturas o presentaciones, siempre me he sentido un poco ajena a ese círculo de entendimiento, es más, limito estas pequeñas intervenciones a la más mínima expresión. Llamadme insociable, ermitaña o cenobita, llamadme poco consecuente, llamadlo flojedad si queréis, desidia, desgana... de hecho me es más sencillo escribir un libro entero de mil quinientas páginas desde el íntimo rincón de mi casa acompañada de una sombra bien conocida y querida que hacer presentaciones del mismo, pero en fin, que la vida está llena de secuencias. Es una sucesión –unas veces ordenada y otras desordenada– de acontecimientos impulsados por una acción-base. Y hoy más que nunca vivimos en un mundo de consecuencias, de correspondencias –a veces desastrosas, es cierto, lo vemos a diario en televisión– así que todo lo que ocurre es impulsado por otro “todo”. Y una de las consecuencias “lógicas” que hay cuando escribes algo (menos catastrófica por supuesto) es que te lo publiquen, ¡bendita consecuencia! ¿no creéis?… y a su vez, la consecuencia de que te publiquen un libro, un retazo de poema o un amago de versos que conformen finalmente aquel poema, es que tengas como mínimo que leerlo. Pero ayer en esa presentación, además de tener que darle vida a mi voz, una voz rota por la falta de ejercicio, S. y yo nos reencontramos con un ser especial, con alguien familiar. Así que me alegro enormemente de haber ejercitado mis piernas acompañada de S. hacia esa dirección, haber ejercitado ligeramente mi voz en aquellos retazos de poemas y finalmente de compartir una terturlia que renacería más tarde. Al final, siempre vuelvo de estos actos renovada, feliz y con algún amigo más, de esos de los de verdad, de esos que sientes que son de verdad y que a veces sólo se cuentan con los dedos de las manos. Quizá debiera ejercitar más a menudo mi voz para ampliar mis dedos, aunque me basten los que tengo.
En fin, un hallazgo de noche.