sábado, 15 de marzo de 2008

El paseo

Un poema de Ángel González, para SAM que le dure justo dos días. Dos días en los que me he ido más allá del límite radiante de su mundo.

Me basta así

Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.

*Marc Chagall. El paseo, 1917

viernes, 14 de marzo de 2008

Ójala fueramos niños

Ojalá fuéramos niños, niños pequeños de incólumes almas. Siempre tendríamos tiempo de ser mayores, y pensar en los recuerdos cuando el dolor ampute… Ojalá pudiéramos acercarnos a aquellos caminos antiguos sin límites. Campos infinitos llenos de tierra en el que uno se podía imaginar el camino aun cuando no existía. Ojalá volviéremos a ser aquellos niños en aquellos parques donde se secaba con el viento la lluvia que desde el pasado hoy traen nuestros ojos. Allí donde nos confesábamos mientras la tierra se iba creando a cada andadura nuestra, y donde las flores se alargaban en el borde del camino. Yo podría mientras tanto, ir buscando palabras, palabras en las que pudieran columpiarse, aquellas queridas nuestras que tanto consolaban. Podría construir una torre a base de esas palabras redondas, sin ángulos ni aristas, como si fuera un lego, palabras planas que sujeten todos los pequeños cuerpos y planeen. Podría dibujarles una ráfaga de viento que deje suspendido el maldito dolor en el espacio. Llevar en el hombro un hatillo de sus sueños. Escribirles desde las alturas, desde el porvenir. Sí, la vida cuando uno deja de ser niño es morirse un poco a cada instante, pero lo bonito es que entre un instante y otro hay un mar de dudas, de sentimientos, de deseos, de vida en definitiva, que va conformando nuestro yo más íntimo. A veces pienso que lloramos a los muertos como si ellos sintieran la muerte, pero los muertos están en paz. La muerte es la intimidad que camina hacia atrás derramando nuestras lágrimas, es apariencia, es como esos colores que centellean en nuestros ojos cuando hemos mirado mucho tiempo al sol. Ojalá fuéramos niños pequeños, siempre tendríamos tiempo de cometer locuras al borde del camino, un camino donde la muerte no existía y ser el resto pura condescendencia. Me gustaría tanto tanto escribir algo así, dirigido con una exclusividad latente a ese particular público, a aquellos "locos bajitos", como decía Aute… Poblaríamos el vientre del mundo nuevo con sus latidos. La emoción volvería a mis venas. Siempre me acuerdo de ellos cuando se acerca algún viaje al trocito de tierra de S., hay rostros de niños muy queridos que una añora y que me traen a la memoria esas ganas mías tan antiguas ya, esa otra directriz de las palabras que a veces necesitaría escribir. Qué novedad habría en mí, escribiría como si fuera un extraño rito... para otro oído...
*foto de internet

jueves, 13 de marzo de 2008

Suspendida en el aire

Hace muchos años volé en parapente. Hace muchos años hubiera echo hasta puenting. Hoy esto último no entra en mi cabeza ni en mi corazón tampoco. No lo resistiría. Pero volar en parapente me parecía algo tan natural, tan conmigo... Aún me es perfectamente posible recordar el cúmulo de sensaciones tan maravillosas que subía por mis tobillos en ese estado, tan alejada del suelo, tan conmigo misma. La primera vez que lo hice fue en un pueblo del interior, tierras castellanas y secas. Evidentemente, allí no hay brisa, el viento está tan quieto como los pájaros, por lo que a pesar de la rapidez en la que se sucedió el viaje, yo me sucedí a mí misma, me sentí sencillamente otra. Volví a repetir varias veces la experiencia en tierras alicantinas y esta vez el mar se iba creando bajo mis tobillos tan sueltos, tan desarraigados. El viaje en este caso se iniciaba en un faro con cierta altura, jamás he vuelto a sentir lo que sintieron mis pies tan indenpendientes y autónomos de la tierra. Yo iba con una cámara fotográfica, la cual siempre podía seguir sosteniendo durante el viaje. Me vistió de arneses en el biplaza, yo delante y mi instructor detrás. Una ligerísima silla de tela sostenía mi cuerpo y todo lo que había de pierna en mí, iba al aire, tan suelto como se sueltan las nubes. Y tras unas nociones básicas sólo me dijo que lo único que tenía que hacer era correr hacia delante, no dejar de correr, correr y correr con fuerza y seguir corriendo incluso cuando dejara de sentir la tierra bajo mis pies, batallear entonces contra el aire que entraba con fuerza en los pulmones del parapente. Entonces corrí y corrí y cuando sentí que nada debajo de mis pies latía, seguí corriendo hasta que la brisa lenta pero rotundamente nos izaba. La primera vez que yo sentí esto, que mis pies se separaban de la tierra fue orgásmico, era como dejar un vicio, como ir en la misma corriente de mis ideas, todo parecía tan sencillo allí arriba... tan posible... Yo continuaba moviéndolos como si siguieran es esa posición, corriendo, incluso cuando dejaron de ser en tierra. Me alcé entonces junto a ese movimiento y un golpe suavísimo de viento permanente me iba izando más y más arriba. Nos iba izando a ambos, creo que lloré de la emoción, yo no podía dejar de mirar mis pies, mientras los movía como entretenidos e incrédulos de estar tan colgados en el cielo. No podía creerlo. ¡Qué sensación más maravillosa! Han pasado muchos años y no he vuelto a repetirlo. Me pregunto si hoy día sería capaz. Este es otro de mis rascacielos, el otro es el cielo del paladar, por supuesto.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Coincidencias

Hoy he vuelto a comer en el parque. Y allí, bajo un extenso campo de almendros en flor y con una hierba de alfombra, el olor de la tierra me llegaba como el tararear de aquellos pasos olvidados de la infancia que se entrecruzan con esta madurez dentada en unas calles distintas, con unas sombras y unos árboles también distintos y unas fachadas distintas… Gracias a este cielo, el viento se lleva las ideas raras, las preguntas, nuestras búsquedas, y va barriendo posos en la escuadra de nuestra mente, dejando en la superficie lo realmente importante. A veces hay que hundir las manos en esos pequeños oasis de tiempo para recordarnos a nosotros mismos. Ya lo decía Samuel Beckett, que había que pensar en ciertas cosas, cosas que nos habitan por dentro, que había que pensar en ellas porque si no lo hacíamos, correríamos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la memoria. Decía también que había que pensar durante un momento, un buen rato, todos los días, incluso varias veces al día, hasta que el fango las recubriera, con una costra infranqueable… Por eso, en ese intervalo de comida, salgo al exterior para equilibrarme con el mundo. Y así, hoy pongo la suerte de mis palabras en los almendros de este jardín de clausura, para que el mundo pueda vagar, exótico, por sus acentos.
COINCIDENDIA: * la foto es de internet, acabo de encontrarla en la página http://antoine.blogia.com/2006/agosto.php
La pongo porque la imagen primera que sale es mi ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡puckyyyyyy!!!!!!!!!!!, es clavado, vaya susto me he llevado, siento enormemente su pérdida pero en cuanto llegue a casa voy a abrazarlo como una niña abraza desmedida a su mascota del alma.

martes, 11 de marzo de 2008

El parque-bosque de la Barnes

Djuna Barnes decía que amamos por tamaños, que probablemente si nuestro corazón tuviera un metro de díámetro no lo destrozaríamos por otro que no fuera mayor que una cagadita de ratón. Decía que nunca nos arrojaríamos a un lago por una mujer a la que tuviéramos que buscar con lupa. En fin que viene a decir que amamos por tamaños y que a medida que envejecemos, gritamos con una vocecita cada vez más pequeña a ese Dios tan particular que cada uno llevamos dentro. Decía que envejecer no es sino echarse vida a la espalda hasta que casi sin idearlo y de manera repentina llega el día en el que perdonas incluso a aquellos a los que no has empezado a olvidar. Y para mí ese tamaño también es el tamaño de los sentimentos, y entonces pienso en S. Hoy descansaba y ha venido a un parque cerca del trabajo para comer conmigo. Me sienta tan bien verla venir como de lejos... Venía vestida con una cámara fotográfica para darle su tamaño particular a todo aquello que pasara ante sus ojos, una florecilla, una brizna de aire, una rama seca abierta en dos, apoyada en la palma de su mano y buscando la foto perfecta... o a veces en nuestros perfiles recortados por un sol de viento justo detrás de los ojos. Es minuciosa con todo aquello que quiere. Es minuciosa conmigo, no es que yo lo sea, pequeña quiero decir, pero yo me entiendo y cuanto más pequeña es una cosa, más minuciosa se muestra. Es de esa clase de personas que contrariamente a lo que diría Barnes, claro que se arrojaría a un lago para buscar algo con lupa, algo importante, porque todo para ella es en potencia una explosión a los sentidos. Me pregunto si acaso alguna vez amamos por ese otro tamaño, por el amor que medimos en los otros, el tamaño del amor que nos llega de las otras personas, nuestros fieles acompañantes en el viaje, por lo mucho o lo poco que nos sentimos queridos... que ecuación tan excéntrica, ¿no? El mundo es un rectángulo con aristas que nos va encontrando con los demás y yo también soy un rectángulo. Y todo esto me lleva a recordar y por ello a recomendar el libro El bosque de la noche, donde el bosque es cualquier parque a plena luz del sol, un parque que irrumpe siempre en el reposo, y nos revuelve, felizmente, nos desordena, nos descubre, descubriendo también relaciones escondidas para hacer ver que nunca sabemos nada, que no sabemos en verdad aquello que siempre creímos saber, que siempre conocemos algo más de nosotros mismos...

lunes, 10 de marzo de 2008

La bañera particular

El mar es nuestra bañera de casa y nuestra bañera es el espejo del mundo donde nos miramos. Pero lo que nos corta y coarta dejando escapar la sangre es nuestra propia cuchilla de acero. Porque el mar fuera de los límites de ese mármol es dolor. Porque bregar en ese mar tan en los confines de nuestra bañera particular es a veces imposible, a veces es un sueño, un sueño inesperado. El sueño de sacar a navegar nuestro onírico barco de ideas en las aguas turbias de nuestra bañera. Mientras, la vida ausente, que no es más que nuestra muerte escapándose hacia nosotros, gota a gota, dejando la oscuridad a babor de los vencidos, mientras la lengua del barco respira y deja escapar el agua... Entonces, los huesos mojados escuchan bajo las aguas grises sus vientos de agua. Paisajes perfectos en una bañera.
Esta foto me trae a la memoria el cuadro de David, la Muerte de Marat, donde David pinta a Marat en el momento exacto de la muerte, aún sin ningún vestigio de sangre en su bañera. El brazo con el que estaba escribiendo cae pesadamente al suelo y la cabeza se desplaza hacia atrás por la inercia. Los labios entreabiertos expiran el último suspiro mientras su rostro pasa suavemente del dolor a la paz.
*foto sacada de la página www.caborian.com

domingo, 9 de marzo de 2008

Los 7 extraídos

Recupero estos 7 preferidos del libro Ahora que el amor se instala, Celya, Salamanca, 2004.
I

AHORA que el amor se me instala
Puedo dormir en paz y mirarte a los ojos
Aunque me diluya y tiemble mi cuerpo bajo tu mano
Como un perro aterido y hambriento
Ahora que el amor se me instala
Quiero articular palabras
Aunque me derrita si estoy en tus bocas
Deshaciéndome en miles de pieles
Ahora que el amor se me instala
Me disperso como el polvo en el viento
Se disipan mis neuronas
Ahora que el amor se me instala
No quiero volver a hilar
Ni un solo pensamiento cuerdo
Me pregunto quién te ha dado esa fuerza de pájaro
Ahora que el amor se me instala

II

¿SABÉIS lo que es la pena?
Es un bicho asqueroso que trepa por tu cuerpo
Nace en los pies y sube sin tregua ni descanso
Hasta la parte más alta de tu garganta
Allí, anida por más tiempo impidiendo respirar
Sólo cuando se desliza en un despiste a tus ojos
Y la tapa de tus sesos está abierta
La pena sale y muere en atmósferas nuevas

III

DENTRO
En los jardines arañados por la lluvia
–Mujer que tiritas la edad de tu ternura–
Me lanzaré al abismo de tu escote
Para estrellar allí mi garganta encendida
Que la lluvia ha llegado
Ya nos lo dijeron las flores secas
Ahora es tiempo de ternuras

IV

LA desconfianza en uno mismo
Es un perro muerto incrustado en tu pecho
Un animal mojado por aguas negras
Que va lamiendo lentamente tus despistados huesos
Mientras deja su saliva en las ramas de tus tendones
A veces escucho en la noche voces en mis huesos
Y en sus huesos caninos
Aullidos

V

VAMOS a embarcar
En aquella nube blanca
La barca está esperando
Iremos a ese otro mar más azul
Aún más azul que todo el azul del Mundo
Allí donde nuestras palabras
Suban más libres aún que las olas
Allí donde los leves cuerpos nuestros
Nunca anden sin el alma
Allí
Donde nunca se grita Tierra

VI

EN la longitud del cuello de mi útero
Se esconde el verso más sucio
El verso de la sin razón y el vicio
El vicio de atragantarme
Con tu semen de adolescente

VII

YO te di trozos de huesos de palomas grises
Estúpidos cuerpos sin vida quemados por el viento
Yo sólo quería dormir
Como duerme el pájaro degollado por el cosmos
Y estrangulado por el tiempo
Mis alas grises fueron entonces
Dos impuros pétalos podridos
Yo sólo quería saber las miles de veces
Que vences o gimes o lloras o ríes...
¡Oh, lluvia inaudita!
Habría que salvar al viento
Antes de que se suiciden los días

*La foto es de Félix Fradejas y fue finalmente la cubierta del libro

sábado, 8 de marzo de 2008

El tendal









Pájaros de colores en el tendal
desde su cintura
-fiel cordel de tendal
en este ecuador de cielo-
se despliega la libertad de imprimir hojas secas
en una desparramada falda
allá donde un nuevo mapa de tinta
florece en su baile
porque sin ropa tendida
sin cuerdas a un tendal
solo hay pájaros muertos
pájaros aplastados por el gris
que destila el acero del viento
pero en la casa de todo cuerpo
es síntoma de que hay alguien
en todas las cinturas hay síntomas de vida
y los pájaros recuperan la seda
mecidos entre versos
mientras flotan como banderas
y se elevan con el color del látigo
que trae esta danza del viento

Una curiosidad
Justo después de terminar este poema, que está inacabado, me doy cuenta de que he ido a encontrar una foto que guarda cierta similitud con la bandera del arco iris, y en un día como hoy, día de la mujer, un día de libertad... Podría cambiar el título. El tendal del arco iris.
*la foto es de internet