sábado, 8 de marzo de 2008

Arte en Madrid

Ayer estuvimos en la exposición de Modigliani en el Thyssen. Me encanta la manera perfecta en que S. dice ese nombre, Modigliani, donde la gl casi debería sonar como una doble l. Como si hubiera mencionado ese nombre todos los días. Fue maravilloso tener a la altura de mi brazo extendido los retratos de Modigliani y sus desnudos. Modigliani solía pintar a Jeanne Hébuterne sin ojos, en cierta ocasión ésta le preguntó cuándo podría ver sus ojos reflejados en un cuadro suyo y el pintor le contestó que hasta que comprendiera toda su alma no podría pintar sus ojos, hasta el último que pintó, momento exacto en el que vio su alma y momento que coincidió con la muerte del pintor por tubercolosis. Dos días después, la alumna, ya en casa de sus padres, se suicida tirándose de un quinto piso. Uno podría preguntarse si se suicidió por haber visto su alma o por la deseseperación de la muerte de su amante.
*La foto fue tomada por mí, es de la entrada a la exposición, justo debajo está S.

Después de salir emocionadas de tanto Modigliani y tan cerca, nos acercamos al Caixaforum, un poco más adelante. El paseo del prado se llenaba de rostros de mitos perdidos. Todo un adelanto de la exposición del creador polaco Igor Mitoraj. La escultura de la foto es el particular torso de Ikaro.
*La foto fue tomada por S. y es la entrada del Caixa Forum de Madrid




Este detalle de Klimt lo recupero en homenaja a G.I. por leerlo antes de suicidarlo. Justo debajo de este detalle, que fue sacado en una tienda del Paseo del Prado, creo que recién inaugurada, también estaba S. y estaba dedicada exclusivamente a Klimt.

jueves, 6 de marzo de 2008

Mi vida en Sofía

Siempre habrá versos que la busquen a usted, porque ello me otorga especialmente vida y me gusta pensar que también a usted le regenera por dentro; siempre habrá relojes imaginarios que esperan el minuto ideal pero eterno para seguir viviendo a su lado conjugando poemas y pasteles. Así que yo sigo queriendo convivirla, robarle cada tarde ese olor tan dulce que rezuma de sus lóbulos encerrados cada mañana en su gorro pastelero, perderme en el sur de su vestido, donde el chocolate me dibuja mapas, escuchar el rumor delicioso que hay en la cocina y conocer sus extremidades -en las que usted tanto confía- y que me salvan de un inesperado naufragio (alimenticio). Que sigo con el encanto de pegarme a su apariencia, a ese vestido, porque es eminentemente blanco. Con su presencia ya no vivo aquellos amaneceres anoréxicos en los que las vitaminas no existían. Su nombre siempre es pronunciado por la boca de mis manos, pero reconociendo el haz de luz que desemboca en las palabras que yo veo en su finísima figura, figura a la que le ciñe un delantal cada mitad del día. Es usted tan visible entre mis ideas.. Yo le doy por tan querida que la encuentro a cada instante. Cuántas veces le nombra la saliva fluorescente de mi mano, amarillo resorte de su bilis, tantas como mi hígado se hincha de ilusión al saberme por usted querida. Cuando la miro, a veces me siento con la misma alegría que tiene una ropa limpia, como sus delantales… de lejos, allá, intensamente blancos pero que caducan en su cintura al instante. Un paño blanco que adora a sus caderas a través de un largo cordel pero que se va llenando de nuevos mapas cambiando su geografía sin lógicas a las que agarrarse. Su materia blanca. En definitiva, que conviviendo con usted, ya no hago hambre de cafés, sin alimento, sin sed, sin vocación.

lunes, 3 de marzo de 2008

Un día cualquiera

Ayer estuvimos en el parque de la Fuente del Berro. El día era maravilloso y quisimos aprovechar la primera hora de la tarde para calentar una piel que arrastrabla la palidaez del invierno. Nos armamos con un bolso lleno de una veloz toalla, dos acuarios, no de peces sino de refrescos, y dos libros para S. y para mí. Tan sólo llevábamos una cazadora corta confiadas de que ese sol que vigilaba allá arriba persistiera hasta la vuelta. Cuando llegamos, estamos a unos seis o siete minutos andando, nos llamó la atención un grupo grande de peruanos que danzaban un baile sobre una pista de arena que parecía haber sido peinada para dicha danza. Al momento pensé que la música y la danza nos ennoblece. Que saca lo mejor que hay en cada uno de nosotros. Que es una realidad bien palpable. Después de observar los movimientos de los pies de estos bailes seguimos caminando en busca de un hallazgo de hierba para soltar la libertad que había en nuestra toalla y sentarnos a contemplar los libros. S. estaba leyendo El niño del pijama de rayas, que por cierto, lo terminó ayer y quedó totalmente estupefacta. Yo compré el viernes, a instancias de un compañero de trabajo El secreto, un libro muy cuidado estéticamente que habla del poder que hay en cada uno de nosotros.
En cuanto comencé a leerlo supe que no podría soltarlo hasta que el grosor de las páginas impares que descansan en el lado derecho de la orilla, disminuyera hasta desaparecer. No soy escéptica en este campo aunque tampoco lo contrario, supongo que en el equilibrio está la medida, pero prometo que no había ni una sola frase que no asentara grandes verdades. Pero bueno, ya hablaré de ese libro en otro momento. En fin, que el sol se metió y nosotras no nos dimos cuenta a pesar de la sombra de nuestras cabezas reflejadas en las páginas. Volvimos a casa renovadas, llenas de sol y de hambre. Llenas de ideas claras, de risas, de un inesperado pero feliz frío que se descolgaba de nuestra escasa ropa. Cuando llegamos a casa S. terminó las escasas 10 páginas que la distanciaban del final de su niño de pijama y destinó toda su energía en hacer un pan realmente precioso y riquísimo mientras yo terminaba mis otras páginas. Fue un día cualquiera, un día perfecto, y largo y más perfecto de nuevo.

sábado, 1 de marzo de 2008

Los zapatos habitados

Otro descubrimento, Gracia Iglesias
Un poema que subtitulo Los zapatos habitados

ZAPATOS
Estos zapatos tienen hipo
y me hacen tropezar a cada instante.

Caigo de cara contra el tiempo
y ruedo horas abajo hasta que me hundo
en un charco de días estancados.

La hierba crece entorno a mis tobillos.

Ahora
el suelo abre sus fauces
y engulle la pisada.
No puedo liberarme aunque lo intento;
los guantes de mis pies se aferran a su huésped,
creo que es un complot de las hebillas.

Al fin,
después de siglos
o meses
o segundos,
logro elevar mi pierna y dar un paso.

Camino.
La resaca me aprieta el dedo gordo.

Sopecho que al tacón le duele la cabeza.
Mejor será que ahora
permita que descansen unos días
debajo de mi cama.

Pur mucho que lo pienso no llego a comprender
porqué se emborracharon mis zapatos.


Gracia Iglesias, del libro Sospecho que soy humo, Ed. Torremozas, 2002

sábado, 23 de febrero de 2008

Agua en las nieves

Son curiosas las casualidades. Ayer mismo le comentaba a S. que me gustaría escribir algo sobre la última tormenta de agua que resbalaba por nuestros hombros -eran aquéllas, tormentas que duraban días-. Escribir si aún alguien hoy recuerda el último trueno que aturdió nuestros limitados oídos y asustó a algún que otro niño en su cama, escribir sobre aquellas nubes negras que a veces parecías las cejas de algún dios, allá arriba, tan lejos, tan fuertes, tan densas y que ensombrecían este suelo hoy tan seco que pisamos y que nunca se convierte en barro. Suelo con mucha sed pero que espolvoreamos cuando lo pisamos. En fin, después de este comentario, hoy, unas horas después, una amiga poeta me pide una colaboración para una exposición y me solicita un poema de agua. De agua, precisamente de agua. Hay tantas cosas sobre las que escribir… que me pareció mágico que ayer sintiera la necesidad de escribir sobre el agua convertida en lluvia y hoy hasta sea un deber hacerlo.
Gracias N.

jueves, 21 de febrero de 2008

Los mundos paralelos de Magritte


Cuando Magritte tenía catorce años, su madre se suicidó tirándese al río, al sacarla del agua, quince días después, tenía el rostro cubierto con su camisón. Yo supongo que después de un acto así, hay un antes y después en el artista, él, que parecía no interesarse por nada, en el mundo de la consciencia, pintó muchísimos cuadros con personajes sin rostro, o con el rostro deformado, hueco o cubierto con una sábana, a modo de camisón antiguo. También pintaba a sus personajes de espaldas.
El otro día tuve que coger el Ave para ir a Valladolid. A las siete de la mañana me enterraba en el metro para ir a Chamartín. En el vagón, -los vagones de metro son verdaderos tesoros enterrados-, mis ojos se toparon con un rostro así. Era un chico extremadamente joven, guapo, a juzgar por su tersa piel y lo poco que una descubría en su rostro. Iba vestido con un pantalón de cuadros cosido a su piel, ciñéndola y una americana ya no recuerdo si de cuadros o de rayas, quizá una talla más grande que lo que ocupaba el diámetro de sus espalda. La peculiaridad de este personaje, que llevaba un pelo artísticamente peinado, rotundamente liso, a no ser por unas ligeras pero perfectas ondulaciones que hacían de su caída que la gravedad fuera la única realidad. La longuitud de su flequillo perseguía sin tregua el lado más largo de su cabello, no consintiendo al mundo que descubriera sus ojos. Le llegaba, prometo, que hasta la boca, perfectamente cerrado, como el que cierra una puerta oscura tras de sí. No dejaba entrar ni un haz de luz. Realmente no era flequillo, porque no era un porción de cabello recortado a una manera de fleco , era más y más cabello suicidándose hacia su boca, en toda su densidad. Yo me detuve en él, fue imposible dejar de mirarle, estaba estupefacta, era como si el chico estuviera siempre de espaldas, con el cabello cayendo hacia su espalda, otro rasgo que me llevó a Magritte, sí, me recordaba tanto a un lienzo de Magritte, con el rostro perfectmente ocultado tras esa cortina de humo... tan ambiguo que a veces una no sabía si estaba clavado en un lienzo o realmente estaba vivo y era de carne y hueso, como yo. Quizá poor eso me atreví a mirarle durante tanto tiempo, porque mi subsconsciencia me decía que estaba de espaldas., ajeno a mis ojos. Me costó descubrir que era real y que su figura estaba de frente, sentada frente a mí, hubiera jurado que era un chorro de pintura, tuve la necesidad de tocarle, de saber si al hacerlo, mis dedos se iban a hundir en pintura, pero se movía, movía sus manos alargadas de uñas cuadradas a la manera de una mujer. Fue todo un sobresalto estético... qué incitación. A veces, se acicalaba el pelo con movimientos amanerados y dejaba entrever sus ojos, recuerdo que tenía, curiosamente, los ojos más bonitos que jamás he visto en alguien que los oculta. Me percaté que en esos momentos en que se destababa, en que destapaba su verguenza, su joven edad, su tersura en el iris, me observaba. Supongo que también pensaría que había conseguido llamar la atención de otra persona, mi atención. Entonces, cuando me miró, cuando mró que le miraba, me percaté de que era real.
Si él pudiera leer esto, probablemente, digo sólo probablemetne se reconocería.

sábado, 16 de febrero de 2008

Para S.A.M.

Eres mi amor, Paula, mi amor, Paula. Clara quise decir. Y cuánto tiempo Paula, digo Clara,
sin ti y sin mí. Las diligencias parten sin tí y sin mí. O a ti te llevan hacia el norte, hacia el pobre Roberto. a mí, hacia el sur, contigo, hacia el sur, donde ya no estabas, donde nunca estarías. Ahora he tomado el tren para decirte adiós. Y sueño, sueño mío. Cerré los ojos, deslumbrado por la memoria. Apreté la cintura del paisaje, recorrí sus caderas,miré sus ojos verdes, ceniza con sentido. Tendía el cielo su metal hermético. Y se superpusieron mediterráneos y cantábricos, cipreses respirados desde un sótano, casi a vista de muerto, y jazmineros. Después, las cosas y sus nombres perdieron sus contornos, sus significación y fueron nada más que ritmo, aronía viajera liberada de los instrumentos que le dieron su carne. No queda nadie ya que pueda perdonarte, que pueda perdonarme, perdonarnos. Nadie que pueda rescatar los besos que se pudrensobre Roberto y su locura piadosa. Ahora que voy a ti, a encontrarte en la aduana de la muerte,piensos, Clara, amor mío, que cuando nos besábamosera a Roberto a quien besábamos, al engañado hijo de nuestro amor. Él murió un día. Su esposa, tú, amor mío, Clara, tambien has muerto ahora. Yo tomé el tren para encontrarme en la fronterapara decirte adiós desde el lado de acá de la muerte, amor de mi vida. Pero nunca llegaré a ti. El viejo Brahms es viejo, y está gordo. Me he quedado dormido y me he pasado de estación. ¿Comprendes, amor mío, que nunca llegaré a tu lado por culpa de este sueño, que es mi bálsamo y mi enemigo? nunca llegaré a tu lado. Puede ser, amor mío, que no te amara ya,que no te hubiese amado nunca, que sólo hubiese amado a mi propio amor,al amor que te tuve, Clara, amor mío.
© José Hierro, de Agenda, 1994

escuchar mientras se lee Allegro ma non troppo, Brahms

domingo, 10 de febrero de 2008

El paso perdido de los niños

El otro día S. me decía: ¿Sabes en qué momento de nuestras vidas perdemos ese paso que hacíamos de niños, cuando íbamos con los amigos a conquistar la tierra o de la mano de nuestras madres camino de un supermercado, y ella siempre hacia delante? ¿Esa especie de saltito, de juego de niños, que dábamos sin razón aparente, porque no por ello adelantábamos camino, pero que se convertía en un paso doble con uno de los pies solamente? ¿Ese paso añadido, corto, inexplicable, que hacíamos quizá para coger el otro paso acompañado, ya que los nuestros, antaño eran de distancia corta, ese movimiento convulso que hacían nuestros pies para sincronizar la marcha de aquel que nos llevaba de la mano. Me parece un movimiento tan generoso... dar dos pasos en uno para sincronizar la vida, el latido de la vida. No sé qué especie de resorte sentíamos entonces en los tobillos o en las rodillas, desconozco de dónde llegaba la orden a nuestros pies de dar ese dos pasos en uno… pero es cierto que no ha habido ni un solo niño que no lo haya experimentado.
Ese interrogante tan rotundo rondó entonces por mi cabeza los días posteriores y recordé las miles de veces que tanto mis hermanas como yo dábamos ese doble paso hacia delante. Es cierto. En algún momento de nuestro transcurrir lo hemos perdido, y si no, piénsenlo, ¿han visto alguna vez a alguien que pase de los 10 años dando ese paso? Yo no, y es tan curioso. Me pregunto si hemos perdido con él la inocencia de aquellos pasos perdidos, la pureza de nuestros pies que iban sin rumbo ni interés alguno hacia delante, siempre hacia delante.
¿Acaso perdemos costumbres antiguas para dar cabida a otras nuevas? Qué limitación…