Perfil de un suicida con alas
Enterrado en el inédito asfalto
Su sangre densa
Fue como la soledad que hay
En un vagón de metro
Repleto de gente sin ojos
Con ese grafitti en fondo naranja
Que rezaba algo así como:
“Ya no me importas
No me alcanzas ni a la punta de los zapatos
Acéptalo”
Con ese cura que me dormita enfrente
Con calcetines
Rombo gris rombo negro
Y que rezaba con creyente boca
Oraciones grises
De manos negras más escépticas
Con esas muecas de un desconocido
Que arrancaba la sonrisa de un niño
Con esa sonrisa de niño
Que se ocupaba del resto
Con ese frío en las manos
Con ese hielo en los rostros
Como ese vagón de metro
sábado, 15 de diciembre de 2007
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Lógica
A SAM, mi raciocinio,
mi lógica ecuación,
mi lucha.
Una vez tu lógica me dijo
Que la clave de la vida
Era la lucha constante
Que no debemos arquearnos
Ante tempestades psicológicas
Ni enterrar jamás el arma
Por si esta vez nos sorprendiera
Otro guerra, quizás, algo más física
Tú estabas frente a mí
Y extendiste tus manos
Con las palmas hacia arriba
-Unos llevan rifles
Otros sólo manos-
Y señalándolas, tú seguías tu discurso
Hay que luchar siempre, amor mío
Con las armas que tenemos
Y si son manos como éstas
Lucharemos sólo con ellas
Porque son nuestras y son armas
Entonces, con ojos renovados
Y ante el evidente raciocinio
Continué mi vida contigo
Y en la mañana comprendí que yo luchaba
Con palabras que a veces dan salud
Pero que otras tantas matan
Porque son mías y son armas
Al momento pensé
¡Con qué natural cordura
Discurres, mi amor, en la vida
Ausente de científicas ecuaciones
Y al final, con tal acierto!
mi lógica ecuación,
mi lucha.
Una vez tu lógica me dijo
Que la clave de la vida
Era la lucha constante
Que no debemos arquearnos
Ante tempestades psicológicas
Ni enterrar jamás el arma
Por si esta vez nos sorprendiera
Otro guerra, quizás, algo más física
Tú estabas frente a mí
Y extendiste tus manos
Con las palmas hacia arriba
-Unos llevan rifles
Otros sólo manos-
Y señalándolas, tú seguías tu discurso
Hay que luchar siempre, amor mío
Con las armas que tenemos
Y si son manos como éstas
Lucharemos sólo con ellas
Porque son nuestras y son armas
Entonces, con ojos renovados
Y ante el evidente raciocinio
Continué mi vida contigo
Y en la mañana comprendí que yo luchaba
Con palabras que a veces dan salud
Pero que otras tantas matan
Porque son mías y son armas
Al momento pensé
¡Con qué natural cordura
Discurres, mi amor, en la vida
Ausente de científicas ecuaciones
Y al final, con tal acierto!
martes, 11 de diciembre de 2007
El espejo tatuado
I
A veces me rompo
Como se rompre un cristal
En equilibrio
Me rompo como se rompen las piedras
Con sonidos huecos que se parten
Como se rompe el silencio
O ese otro vacío
Que dista hasta este suelo roto
A veces se rompen mis manos
Mi lengua
Los lazos
Se rompe la sangre
Mi cráneo de ideas lleno
Que va inflamando estas sienes
Con su tic tac infalible
Qué sencillo sería atornillar mis sienes
Con una red de acero que amortigue
Este incoherente suicidio de ideas
Que nadan tan solas pero tan firmes
En la materia gris
Casi negra
De mi cerebro
A veces
Sencillamente
La vida me rompe la vida
Y siempre viceversa
II
Pero entonces llegas a casa
Y ves tu imagen reflejada
En un artístico espejo
Y en el marco
Tatuado
Las palabras de tu amada
Y te entierras en lágrimas
Y te quedas sin sangre
Al borde de ese espejo
Porque ves en sus ojos
Que todo es más sencillo
A veces me rompo
Como se rompre un cristal
En equilibrio
Me rompo como se rompen las piedras
Con sonidos huecos que se parten
Como se rompe el silencio
O ese otro vacío
Que dista hasta este suelo roto
A veces se rompen mis manos
Mi lengua
Los lazos
Se rompe la sangre
Mi cráneo de ideas lleno
Que va inflamando estas sienes
Con su tic tac infalible
Qué sencillo sería atornillar mis sienes
Con una red de acero que amortigue
Este incoherente suicidio de ideas
Que nadan tan solas pero tan firmes
En la materia gris
Casi negra
De mi cerebro
A veces
Sencillamente
La vida me rompe la vida
Y siempre viceversa
II
Pero entonces llegas a casa
Y ves tu imagen reflejada
En un artístico espejo
Y en el marco
Tatuado
Las palabras de tu amada
Y te entierras en lágrimas
Y te quedas sin sangre
Al borde de ese espejo
Porque ves en sus ojos
Que todo es más sencillo
martes, 4 de diciembre de 2007
¿Bálsamo?
Hoy operan a mi madre. Sé que este no es lugar ideal para contarlo pero supongo que me lo cuento a mí misma. Ayer resbaló en una sábana de aceite, ya veis, para que luego digan que el aceite es bálsamo de vida... ¿o era la vida la que era un bálsamo de aceite?, al final ni lo uno ni lo otro, y hoy ella, por un movimiento sísmico de su cuerpo se ha roto como se rompen las piedras. La cadera. Una palabra a la que recurro recalcitrante en mi poesía y que hoy me hablo de otra más amada, aquella que es hueso de mis huesos. En fin, que quiero escribir en alto mi pánico para espantarle, para ahuyentarle y que así, cuando me vea, no pueda ver en sus ojos mi miedo reflejado, si acaso disfrazado.
martes, 20 de noviembre de 2007
El octogenario
Claro que vivir sin amar es posible pero resulta tan poco recomendable, yo recuerdo que nunca tenía prisa por llegar a la casa vacía donde las paredes se burlaban de mí hasta quedar exhausta por un sueño, hasta que una arruga crecía hacia los adentros de mi piel. Ahora, ahora es diferente y me descubro con rápidos pies en el camino a casa, porque la casa no está vacía. Tampoco me cuesta amanecer, mi humor es estupendo, y la risa nos baila antes de que el día se amanezca. Hoy, de camino a esa casa más llena, en el autobús -donde´tardo sólo quince minutos- me he topado con uno de esos hombres mayores, tan mayores que ni se acuerdan de si la ropa que llevan está limpia o roída, más esto segundo, pero sarcásticamente con otra memoria prodigiosa. En una calle estrecha el autobús se ha visto obligado a bajar y a reclinar el retrovisor de una furgoneta, con él extendido no permitía el paso del autobús. El caso es que después de este simple hecho el hombre octogenario enjuto de hambre y llamado loco, no ha dejado de farfullar palabras. El resto de la gente le miraba asombrado como diciendo, pobre hombre, está loco, pero yo me he detenido en sus palabras y en fin, me han hecho pensar. Decía algo así como: "No hemos avanzado nada, nunca se avanza. Hemos olvidado nuestro pasado, no recordamos de donde venimos, seguimos haciendo lo mismo que hace años, -seguía diciendo- cuando los hombres entraban a caballo hasta las iglesias, llegaban montados hasta el altar, con una prisa en la grupa y una mala mirada ¿por qué no dejas la furgoneta en una nave y llevas la mercancía en una carretilla hasta donde necesites? ¿Es que no nos acordamos de las carretillas? ¿Qué es eso de aparcar en doble fila justo enfrente de donde necesitas descargar. Decía que él de joven, se tuvo que comprar una carretilla y que mil veces al año tenía que llevar sobre ella enormes garrafas de agua desde la calle Quevedo hasta Alcalá. Y mientras, continuaba recordando a aquellos hombres montados a caballo que entraban hasta el altar -eso me había llamado tanto la atención que seguí sus palabras. Me preguntaba si la casa de este octogenario estaba tan vacía como lo estaba la mía antaño. Yo creo que sí, por su desaliño, su lento paso, su desidia, y como no, su memoria.
Me he empavorecido, me he engrisado,
me he atardecido,
mi lengua no sabe.
A. Pizarnik
Me he empavorecido, me he engrisado,
me he atardecido,
mi lengua no sabe.
A. Pizarnik
viernes, 16 de noviembre de 2007
Video Book de Marta Ruiz de Viñaspre © Celia R. Ripa y Neil. R. Roberts (Música: Marceo Parker-Rabbits in a pea patch
Y este es el trabajo que hizo Celia condensando en unos pocos minutos la experiencia de la actriz Marta Ruiz de Viñaspre, sí, mi otra hermana, actriz de teatro, lectora de mis poemas, y sangre mía.
http://illa-interpretation.blogspot.com/
sábado, 10 de noviembre de 2007
Dibujos interiores del libro La geometría del vientre © Celia R. Ripa


© Celia R. Ripa
Estos dibujos cuya autoría pertenecen a mi hermana Celia R. Ripa (ilustradora y diseñadora gráfica) son los que apoyan los poemas de mi último libro "La geometría del vientre". Explican bien la historia, realmente.
http://www.e-factory.es/
http://www.geocities.com/SoHo/Gallery/6893/servok.htm
domingo, 28 de octubre de 2007
Felicidad clandestina
Debería estar prohibido no leer a Clarice Lispector. Tarde o temprano una llega a ella. Y cuando esto ocurre, todo se precipita. Sus letras, sus sentencias, sus libros, sobre todo sus libros. Cada uno de sus libros parece decir eso: "Ven, ven pronto. Te espero.El viernes estuvimos en la fnac, cargué entre los brazos seis libros, uno de ellos, saltó inesperadamente de la estantería cuando por allí pasé y lo sumé a los que ya tenía en las manos. No podía comprar tantos, llevaba algunos títulos de Auster y de Millás. Así que, a medida que me iba acercando a la caja yo le decía a S., ¿cuál me cojo? no puedo con tantos... Mientras mi cabeza decidía, el nombre de Clarice Lispector y su lámpara emergía de entre todos como si tuviera vida. Fui poniendo excusas y excusas descartando el resto hasta que finalmente me llevé exclusivamente el título de La lámpara de Lispector, Cuando lees a Lispector no debes tener ningún otro título entre manos.
Un cuento que se titula Felicidad clandestina, que es delicioso. Que lo disfruten los fieles a Lispector y que se acerque a los desconocidos.
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diábolico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Felicidad clandestina de Clarice Lispector
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